La Gula y la Traición

La Gula

Cuando estaba a punto de cumplir 30 años, me empezaron a contar historias acerca de cómo el cutis cambia al llegar al tercer escalón, las canas empiezan a aparecer, la gravedad comienza a alejarse lentamente de tu cuerpo (especialmente de las bubis), de cómo -de un momento a otro- ya todos te empiezan a llamar “señora” y el poder de “m’hijo(a)” llega a ti y, principalmente, empiezan a hablar acerca del cambio en el metabolismo.

La cosa es que cuando estás sentada frente a un platillo delicioso con un jamón serrano en tostas, un plato lleno de patatas bravas, aceitunas verdes ¡gigantes! y vasos llenos de tinto de verano, es bastante probable que olvides que tu metabolismo y tú no están en buenos términos.

De hecho, yo olvidé por completo en París que mi metabolismo ya no es mi mejor amigo. Confié en que mi caminata diaria de kilómetros ¡y a paso veloz! (porque soy de piernas cortas y pues no me fuera a perder del resto del grupo) me ayudaría a contrarrestar los efectos negativos que una crepa de chocolate diaria mientras disfrutaba la vista de la Torre Eiffel y aclaraba mis pensamientos sobre mi vida, escargots como entrada en cada cena y crème brûlée como postre, podrían tener sobre mi cuerpo.

Cuando llegué a Madrid, fue con cierto cansancio y pesadez en mi cuerpo que yo consideraba era porque me la pasaba caminando, levantándome temprano y haciendo otras actividades físicas típicas del turismo.
Pero ¡oh! ¡no! No, no, no. Ingenua Leva. Inocente Leva.

Pronto aprendí en Monterrey que mi cansancio y pesadez y dolor en las rodillas se debía a que en dos semanas -¡dos!- había aumentado 3 kilos. ¡TRES! Uno se mueve de talla arriba o abajo a los 4 kilos… Y yo aumenté 3.

A ver el número en la báscula me sentí traicionada: Ese entrenamiento que tuve en mis veintitantos de convertirme en una mujer del buen comer y evitar la lucha de ser una mujer que “solo pide ensalada y nunca tiene hambre” me había traicionado en Europa. ¡Era una víctima de mi misma!

Pensé que mi cuerpo y yo teníamos un acuerdo: Yo haría cardio todos los días – al correr detrás de todos los piernaslargas del grupo de turistas por Europa- y podría comer lo que se me diera la gana.
Pues no.

Mientras me quitaba el exceso de ropa (menos lo necesario, porque pues soy pudorosa y vengo de un colegio católico), ¡la vi! La cajita de medicamentos cerrada descansaba en mi peinador. Entonces entendí que mi cuerpo había hecho otro trato: Podría comer lo que se me diera la gana y no me daría gastritis, colitis, reflujo, ni “¡córrele! ¡que te alcanzo!”

Mientras me sobaba el abdomen -porque ahora sí tenía colitis- comprendí que los kilos extras que decidieron alojarse estratégicamente en mi vientre (malditos bitches!) no eran más que el error de no leer bien los términos y condiciones del acuerdo entre mi cuerpo y yo.

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