Problemas Técnicos en Madrid


Llegué a Madrid luego de pasar varios días sola en París. Al abrazar a mi amiga sentí ternura y amor recorrer todo mi cuerpo. Dejé que su cabello rubio tapara toda mi cara y me picara en los cachetes y que sus brazos delgados se marcaran fuerte en mi espalda. La extrañaba. De repente me volví a sentir segura, con energía y, extrañamente, a salvo. Sentí toda la emoción recorrer mi corazón, pasar por mi garganta y acumularse en mis ojos.  

Pronto hicimos algunas compras de emergencia: para hacer espacio en mi maleta, decidí tirar cada chon después de bañarme, pero no contaba con hacerlo dos veces al día en París. Entonces, la cantidad de ropa interior disponible no hacia match con los días que estaría en Madrid.  Pronto llegamos a PRIMARK, elegí calzones y ¡asunto arreglado!

Al día siguiente, mientras caminaba, noté que me quedaban un poco flojos. Pensé que tal vez era solamente la “libertad de movimiento” de la mezcla de mi ropa interior y el vestido que llevaba puesto. Mientras veíamos bolsas en Bimba y Lola, vi por completo los cuadritos de colores que se asomaban por debajo del estampado melón de mi vestido.
Si yo podía ver mis calzones, los demás también.

Consideré mandarle foto al chico que me gustaba en turno con algún mensajito sexy… Y luego recordé que decidí tomarme un break en los asuntos del amor y dejé pasar la oportunidad (por algo sigo soltera).
Equis, no conozco a nadie… Solo a mi amiga y a su esposo… Llegando al depa me cambio.

Seguimos turisteando y cada cierto número de pasos debía acomodar mi ropa que poco a poco se deslizaban por mis caderas. Pronto llegamos a un restaurante y en el baño lo vi: El elástico, que era perfecto en la mañana, estaba totalmente arruinado.  No había NADA que los sujetara, nada que lo detuviera de deslizarse por mis piernas… Y estaba usando un vestido.

-¿De aquí vamos al depa, verdad? – le pregunté a mi amiga, para asegurarme.
-Sí, vamos al depa, nos cambiamos, pasa mi esposo por nosotras y vamos al partido.
Perfecto. Asunto arreglado. Llegando me cambio.

Me puse feliz y seguí tomando; el sabor de las aceitunas, jamón serrano y el tinto de verano me hicieron considerar mi colitis como un aliado: si se me inflamaba el vientre, me podría ayudar a contener la situación. Entonces decidí que no tomaba por tomar, tomaba con causa.

De regreso, intenté fajar parte del vestido adentro del calzón (obviamente sin enseñar nada) para crear una especie de sostén y evitar el desliz. Puedo reportar con seguridad que mi idea funcionó por casi 3 segundos: Al dar el primer paso, el vestido se volvió a acomodar perfectamente.

Cruzamos el Parque El Retiro a paso veloz porque se hacia tarde. No podía detenerme a acomodarme la ropa, por lo que decidí sostener mi lado izquierdo mientras caminaba. A lo mejor la gente que lo llegara a notar pensaba que tenía algún tipo de dolor y no un problema técnico.
Oh oh….

De mi lado izquierdo, donde sostenía el “problema” todo iba bien, pero mientras seguía caminando, empecé a perder el control sobre el lado derecho… El desliz lento me iba avisando del “nivel” de la situación.
Por favor, que no se me vea el traserito. Por favor, mi traserito no…
-¡Leva! – el grito de mi amiga me sacó de mis pensamientos
¿Se cayeron? ¿Se cayeron?
-Que viene en camino y nos recoge por aquí… – Ella volteó hacia la avenida, una de las principales y más transitadas en Madrid – ¡Mira! ¡Ahí está! Aprovechemos el semáforo en rojo… ¡CORRE!

Empezó a correr, y yo me quedé parada, sosteniendo mi calzón del lado izquierdo y temiendo lo peor del lado derecho. Volteé a ver el semáforo en rojo, a ella corriendo y  los carros.

Consciente de de mi vestido transparentoso, de los cuadritos de colores a la vista y de que probablemente ya había perdido la batalla del lado derecho, volteé a ver de nuevo a los carros, crucé miradas con un barbón que no estoy tan segura de si era guapo o no.
Ni modo.

Frente a los carros y con prisa, me acomodé el calzón por debajo del vestido y tomé con fuerza cada lado de mi cadera. Empecé a cruzar la avenida, corriendo, sin estar segura de si el nivel de mi vestido seguía teniendo un largo aceptable o si ya estaba a la vista de todos lo que todo el día se había transparentado.

Pronto vi a la camioneta. Volteé a ver a su esposo; él -obviamente- la veía a ella. Segura de que no notaría mi forma de correr o si mis chones ya estaban a la vista, corrí más de prisa.

Frené en seco frente a la puerta. Acomodé mi vestido antes de subir, me acomodé el pelo y respiré profundo. Por correr, ahora la situación se encontraba más arriba… Pero prefería eso a que estuviera deslizándose.  

-Hola, ¡Leva! ¿Todo bien? – me preguntó.

La camioneta se empezó a mover. Pronto vi los diferentes carros y camionetas tomar diferentes rumbos y perderse a la distancia. Vi lo relativo de todo: Lo que para mí era importante, probablemente para ellos no lo era. Recordé que es gente que no volvería a ver, que no conocía y que, probablemente, olvidarían en un minuto más a la chica que sostenía sus calzones al correr.

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