La Tortura del Turismo

PARIS 3

Estaba de pie a las afueras de la Torre Eiffel, esperando junto al grupo, el turno para entrar.

Volteé a mi alrededor y, a pesar de ser muy temprano, la cantidad de gente que ya hacia fila era impresionante. Después de unos minutos, de ver que la cantidad de personas aumentaba y que mi posición en la fila seguía siendo la misma, tomé mi celular para tomarme fotos. Era imposible tomarme una foto sin personas en el fondo. Los que logran hacerlo para Instagram o tienen filtros profesionales o le pagan a alguien para hacerlo.
¿Lo harán en la madrugada?

Decidí disfrutar el momento. Cerré los ojos y respiré profundo.
Ewww. Asco. Asco. Asco.

Desconozco la razón y desconozco si era solamente el día o el momento, pero la mezcla de olores de aceites esenciales, cañería, esmog, loción y sudor era insoportable. Y peor aún cuando eres chaparra porque como todos son más altos es difícil que el oxígeno llegue con facilidad. Todo empeoró cuando empezó a calentar el sol. El calor húmedo hacia que los olores fueran más agudos.

Volteé a mi alrededor y vi a todo tipo de personas esperando. Pensé de repente en la idea del destino, en que tal vez y solo tal vez la persona que conoceré en un futuro ha pasado por aquí también. Sonreí ante la idea; permití que me diera esperanza y encendiera una llamita en mi corazón; luego sonreí más al darme cuenta de que soy una escritora romántica. No tengo remedio.

El llamado de la guía me sacó de mis pensamientos: Era nuestro turno para entrar. Apretada y apurada, con nervio y miedo de perderme del grupo que no avanzaba tan de prisa, empecé a seguir a la fila que avanzaba. Pasamos por seguridad y parecía un aeropuerto: Revisaron a las personas, nuestras pertenencias.

Entramos a un elevador más personas de las que seguramente cabían cómodamente. Sentí que me tocaban el trasero, el abdomen y la espalda. Todo accidental. Sentía la respiración de un desconocido en mi cuello y mis manos que rozaba el trasero de otra persona. En este elevador era imposible cuidar el espacio personal.

No sé si lo sabían, pero los olores se concentran en lugares pequeños.
Aguanté la respiración decidida a no volver a tomar aire antes de bajar del elevador.
¿Por qué las personas consideran que es prudente no bañarse antes de ir a lugares como este?

“Cuiden sus pertenencias”, gritó la guía, “este es la oportunidad perfecta para los carteristas”.
Evitando pensar en el olor fétido del elevador, abracé con fuerza mi bolsa cerrada, pegándomela al pecho. Aprendí que hay muchos confiados en este mundo: muchos en el elevador tenían sus mochilas semiabiertas con cámaras, billeteras y demás objetos de valor a la vista. Apreté con más fuerza mi bolsa.
Soy hija de mi madre, pensé al recordar y escuchar claramente a mi mamá pidiéndome que cuidara mis cosas.

Bajé del elevador, y esperé que la guía diera instrucciones. Vi que las personas comenzaban a señalar el piso. ¡Era de vidrio y estaba parada en él! Jamás había brincado tan alto y tan rápido en mi vida. Había logrado estar parada, por completo, en medio de un piso de vidrio, en las alturas (2 o 3 pisos, no es mucho, pero es algo) y no había nadie ahí conmigo para ser testigo.

Pasé la siguiente hora de mi vida intentándolo de nuevo. Necesitaba una selfie. Tenía una misión. Me di por vencida después de un rato, y al darme cuenta de que estaba evitando ver lo demás por querer pararme en un piso de vidrio. Decidí ir al restaurante.

El restaurante era grande y bonito, pronto me guiaron a mi mesa que estaba pegada a la ventana y rodeada de otras muchas. Los meseros tenían problemas para pasar, sobre todo cuando llevaban los platillos. Más de una vez temí un accidente, pero lograban entregar la comida sin problemas. Una familia de estadounidenses me miraba, creo que hablaban de mí, pero no estaba segura. Un fotógrafo iba mesa por mesa tomando fotos a parejas y familias. Entre platillos, apliqué de nuevo mi lipstick y acomodé mi pelo. Al verme y notar el asiento vacío frente a mí, se pasó de largo. Supongo que las personas solas no se merecen foto. Agarré mi celular y me tomé una selfie. El hambre me recordó que había comida frente a mí y le tomé foto a cada platillo: eran hermosos y pequeños, pero su sabor no era nada fuera de lo normal.

Los caracoles estaban bañados en mantequilla y de algo verde que les daba un sabor ácido; al masticarlos sentí una textura como de plástico y sabor a tierra. La mezcla de sabores y texturas explotó en mi boca. Me gustó. Comí rápido y sin voltear a ver lo que metía en mi boca. El platillo principal se me hizo inmemorable; llegó el postre y con él el café más pequeño del mundo. Parecía salido de una película, parecía una broma. Le di un trago. Era como tomar petróleo. Lo dejé.

Pronto entré a la tienda de souvenirs: Debajo de todo estaba marcado “hecho en Francia”. Supuse que por eso se debía la diferencia de precios con lo que encontrabas afuera de la torre, porque mis compras decían “hecho en China”, pero al menos las compré en Francia, ¿no?

Me despedí de la guía y tomé el elevador; gracias a Dios las escaleras estaban cerradas entonces pude evitar la “aventura de bajar las escaleras de la Torre Eiffel”. Pasé por una crepa “para el camino” y la devoré mientras regresaba al hotel. Me sentía hambrienta, adolorida y sucia; como si hubiera hecho deporte, pero en realidad solamente esperé en fila bajó el sol, estuve amontonada con muchos otros turistas y subí a la Torre Eiffel. Sentí la mezcla de olores del día impregnada en mí. Decidí tomar una ducha antes de dormir, a pesar de haberme bañado en la mañana. Terminé mi crepa, hice mi maleta y apagué las luces.

“Buenas noches París. Mañana: ¡a Madrid!”.

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