El Vuelo

PARIS 1

Se llegó el día. Después de sacar y volver a meter cosas en la maleta, llegar al aeropuerto tres horas antes del vuelo y festejar que mi maleta no se pasara del límite, pude tomar mi asiento clase turista (nivel plus: para el espacio extra en las piernas). Estaba en camino a mi encuentro conmigo misma. Solamente me separaban 10 horas de vuelo.

Sonó el timbre y empezaron a dar los avisos sobre el inicio del vuelo. Me emocioné y quise compartir el momento, miré a mi lado derecho y el señor se estaba quitando los zapatos. Dejé de sonreír.
Asco. ¿Por qué? ¿Por qué eres así?

Empezó el despegue.
¡Va a explotar!, pensé por la poca turbulencia.
¿Ya?…. Tampoco.
La gente a mi alrededor empezó a persignarse.
Estoy viva. Sigo viva.

Tomé mi libro.
No veas por la ventana. No intentes ver por la ventana.
Volteé a ver por la ventana, y de repente fui muy consciente de que entre mis pies y “la nada” había solamente metal que estaba volando a varios kilómetros del piso, impulsado por dos motorcitos que lo mantenían en movimiento.
Sentí ansiedad. Un hormigueo recorría mis piernas y empecé a dar pataditas al piso, asegurándome de que se mantuviera ahí.
Solo es metal, lo que te protege de una caída libre es metal, metal en movimiento, metal que va muy rápido.

-¿Vino? Preguntó la aeromoza.
Le dije que sí y tomé en un solo trago lo que me había dado.
-¿Un poco más?
Estaba nerviosa y lo notó. Su sonrisa era cálida y tranquilizadora; entendía que estaba nerviosa.
-¿Viajas sola?
Le dije que sí. Noté cómo hacía una nota mental. Tal vez me anotaría en una lista negra de posibles viajeros que se vuelven locos en un vuelo.
Me sirvió vino por tercera vez antes de seguir su camino.
Volví a ver la pantalla: “Tiempo restante: 8 horas 47 minutos”.

El calor del vino empezó a hacer efecto. Sentí mi espalda relajarse, y mis piernas y brazos se hacían más pesados.
El señor al lado mío, más dormido que despierto, se quitó los calcetines.
Asco. Asco mil.

Vi a mi alrededor. Las luces apagadas y la respiración profunda de muchos empezaron a relajarme. Mis párpados cada vez eran más pesados. Me puse el antifaz e intenté dormir.
Un señor de la tercera edad, dos filas delante de mí, empezó a roncar muy fuerte.
Demonios.
Cansada y desvelada, intenté entretenerme. Entre bostezos, comencé a imaginarme las calles de París, la tienda de Louis Vuitton, encontrándome a mi misma tal vez con un barbón…
¿Por qué un barbón?

El olor a pies comenzó a ser más notorio. Me quité el antifaz molesta y juzgué con la mirada al señor que estaba al lado mío, que estaba roncando y tenía pies apestosos.
El terror de todos los vuelos.
Asco.

Tapé mi nariz con la colchita de mi asiento. Tomé mi libro y comencé a leer.
No quiero leer, quiero dormir, pensé mientras veía enojada y con envidia a las personas que dormían a mi alrededor.
Los ojos me ardían.
“Tiempo restante: 7 horas 27 minutos”.

Las aeromozas pronto dejaron de pasar. Ellas probablemente también descansaban.

Tomé de nuevo el antifaz y lo acomodé en mi frente, me puse los audífonos y seleccioné música clásica al volumen más bajo posible, tomé un poco de aceite esencial y froté mi frente, nuca, muñecas y un poco debajo de mi nariz (por aquello del olor a pies), acomodé mi almohadilla especial para el cuello y pronto caí en un sueño profundo.

Desperté sobresaltada gracias al timbre. El movimiento de varias aeromozas me hizo entender que estábamos por llegar pronto.
Me emocioné; había logrado lo que nuca: ¡Había dormido durante todo el vuelo! No tuve miedo de las turbulencias, ¡pude volar sola!
Comencé a sacar el cepillo de dientes, pasta y todo lo demás para verme algo presentable al llegar al aeropuerto.

Mientras esperaba mi turno para pasar al baño, empecé a ver a las personas a mi alrededor. Todos dormían, el movimiento era poco y las aeromozas no encendían las luces.
Noté la pantalla que estaba cerca de mí.
“Tiempo restante: 6 horas 34 minutos”.

Caminé resignada de vuelta a mi asiento. Volteé a ver al señor a mi lado, que seguía descalzo, roncando y ahora tenía la boca abierta. Su aliento matutino no se hizo esperar.

“Tiempo restante: 6 horas 32 minutos”.

Odio volar.

7 thoughts on “El Vuelo

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