Tanque al Ataque

3BOSQUE

Todo comenzó en una ida a Laredo.

Oh oh
Empecé a sentir presión en mi abdomen bajo.

“Ricardo, ¿haremos parada para ir al baño?”, pregunté tranquila y casualmente.
Mi hermano hizo cara. “No lo sé, Leva…”
No era necesario que me diera explicaciones: las historias que van de boca en boca y las noticias eran más que suficiente para entender el peligro que había en detenernos.
“…¿Tienes muchas ganas de ir?”
Medité mi respuesta: Hice fuerza en mi abdomen bajo tres veces para medir la cantidad de pipí que había dentro de mi ser.
Creo que aguanto dos horas más así. Sí, de aquí al puente sí la hago.
“No, no… Para nada, me puedo aguantar”, le contesté segura.

“Ok. Voy a manejar un poco más despacio porque pues ahora tengo una esposa y un hijo”, me avisó quien antes parecía salido de una película “Rápido y Furioso” y que ahora manejaba como “Paseando a Miss Daisy”.

No pasó ni una hora.

“Ricardo, ¿crees que podemos hacer una parada rápida de que…. ¡Ahí!?”, dije mientras señalaba un bote de basura azul, de esos que hay a cada cierta distancia.
“Híjole, Leva es que… a cómo están las cosas, preferiría no. Hazte pipí en tu pantalón y llegando te compramos todo para que te cambies”.

(Pausa para que el lector pueda absorber sus palabras).

Mente en blanco. Silencio. ¿Qué respondes a eso?
Por mi mente pasaron imágenes de mi sobrino hermoso y el hecho de que mi hermano ya es papá. Su seguridad y supervivencia es necesaria para y por ese bebé. Dramáticamente pensé que estaba en mis manos contribuir a que eso sucediera: Él manejaba como abuelita (sin ofender) y yo me haría pipí en los pantalones.

“O aguántate y ahorita que lleguemos a la siguiente caseta nos paramos”.
Él también reflexionó sus palabras, después de todo.
Pero la pinche segunda caseta de la autopista Monterrey-Laredo simplemente no aparecía.

Oh oh
De un momento a otro parecía que mi ser guardaba un garrafón de pipí.
“Ricardo… ¡Párate!”.
“¿Te puedes aguantar?”
“N-n-nooo… No mucho”.

Cada segundo empezó a parecer una hora.
Él aceleró lo suficiente para hacer honor a sus días de “Rápido y Furioso”.
“¡Ahí!”, le dije mientras señalaba una parada con un bote de basura.
“Hay demasiado tráileres, Leva… No me puedo parar aquí”.
Aceleró de nuevo.
Me desabroché el pantalón y aflojé el cinturón de seguridad.

Empecé a morderme las uñas. Por instinto, comencé a hacer fuerza con mis piernas, como si así pudiera cerrar la salida del… líquido traidor.
Puedo tomar este suéter viejo, irme al asiento detrás de mi hermano, agacharme, hacer pipí sobre él y tirarlo en el siguiente bote. Calzones y jeans limpios.

“Leva, si necesitas ir, haz pipí. Es peor que te aguantes”, dijo mi hermano. Como buen hermano mayor, él se preocupaba más por mi salud que por oler a pipí todo el trayecto.
O puedo quitarme los jeans, hacerme pipí sobre ellos y taparme con el suéter, me queda largo.

Sentía la presión más fuerte cada vez. La fuerza en mis piernas me hacía mantener el trasero sin tocar el asiento.
Es mi hermano. Este tipo de historias es normal vivirlas con tu hermano. Mejor que con un novio o amigo…..Padre Nuestro, que estás en el cielo….

No podía más. Las uñas se acababan. Comencé a hacer fuerzas uniendo también mis manos…
Dios, si estás ahí. Yo sé que mis otros hermanos tienen urgencias más importantes, pero…

“¡Aquí!”, grité.
Mi hermano frenó de repente. Bajé seguramente ya con los jeans a media pierna y mis calzones de abuelita al aire.
Está bien. Hermano: Tápate los ojos y traileros, ¡voltéense!
Encontré el lugar que me daba más privacidad.
“No tan lejos”, gritó mi hermano.

Ya de cuclillas, respiraba profundo y mantenía mis ojos cerrados, disfrutaba la bendición (sí, bendición) que era ese momento.
¡Alabado sea el Señor!
“…Gracias”, le dije a la nada.
Algo se movió en las hierbas detrás de mí y abrí los ojos como plato. Volteé olvidando que seguía haciendo pipí.
Woops. Nada que no se seque rápido.
Una vaca me miraba. No sabía si me juzgaba o solamente me observaba.
Sentí mi traserito expuesto. Entonces me acerqué más a la hierba alta, intentando salvar cualquier tipo de dignidad que me quedaba.
Soy católica y la menor de una familia regia. Exponer mi traserito inclusive frente a un animal, está prohibido.
La vaca perdió interés; noté que se alejaba por su mugido que cada vez era menos notorio.

Sacudí mi trasero, me levanté y subí mi ropa y dando un último vistazo para asegurarme de que no hubiera una víbora al ataque corrí hacia la camioneta.
Mi hermano me recibió con una sonrisa de oreja a oreja.
“¡Listo!” le dije mientras me ponía de nuevo el cinturón de seguridad.

.

.

.

Dos días después, de regreso a casa pasamos por comida para el camino.

“¡No tomes nada!”, me advirtió mi hermano.
El trayecto estuvo seguro y sin contratiempos.
Ya con las luces de la ciudad a la vista decidí que era seguro por fin tomar líquidos.
Llegamos a Monterrey el tráfico estaba parado.
Empecé a sentir presión en mi abdomen bajo. Volteé a ver a mi alrededor  y solamente vi un sinfín de tráileres y carros estacionados, esperando a poder avanzar y llegar a sus destinos, y luego noté  la falta de árboles a nuestro alrededor.
Oh oh.

(Historia basada en hechos reales. Muy reales).

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