El regreso de la faja

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Sí alguien ha leído mi blog desde el principio, conocerá la historia de la faja. Bueno, a pesar de todo sí la compré, pero la mantuve guardada en el último cajón de mi clóset. Ahí donde nadie nunca busca nada, ahí donde guardo todo lo que jamás usaré, donde pongo todo aquello que quiero dejar olvidado.

Bueno, tuve mi primera cita después de pocos días de usar Tinder y de comenzar mi búsqueda por el padre de mi hijo bastardo, porque según Merlín tendré un hijo fuera del matrimonio a mis 32 años y el padre no responderá…. Bueno, esta parte la agregué yo sola. Me gusta el drama.

Me puse un vestido blanco, creo que mi subconsciente me traicionó y me quería sentir “novia” (bride) después de todo, pero me quedaba un poco apretando y opté por ponerme la maldita faja.

Porque al parecer cambiar de outfit era muy complicado.

No pasó por mí. Es Tinder y tengo miedo de que le de like a un asesino en serie. Entonces nos vimos en Don Mestizo en Paso Tec 2. Llegué poquito después que él. Estuvo perfecto. Eso de llegar yo primero al date no me gusta mucho.

Él ya tenía mesa, se paró, me ayudó con la silla y todo muy bien. Todo iba perfecto. La plática “por encimita” y superficial del clima, el lugar muy bonito y el súper menú. Ninguno de los dos queríamos hablar de intenciones hasta que él me pregunto “¿Qué estás buscando?”

Emmm.. Al padre de mi hijo. Entonces no sé. Quiero ver si tal vez tú seas ese chavo con el que “oopsie!” o no.

-Pues no sé: Conocer, amistad, a ver qué pasa.

No le pregunté que buscaba él. La verdad no me importaba.

Pedimos de cenar y luego postre: “Las mujeres siempre quieres postre”, me dijo con una mezcla de coquetería y machismo puro. Hueva.

Decidí que sí quería postre, después de todo lo que comí (costillitas con papas a la francesa) admití que podía seguir comiendo y la verdad no me importaba hacerme “de la boca chiquita” frente a él. No me importaba si me consideraba gorda o qué. Él invitaba y yo quería comer.

Y entonces empezó el problema.

Tengo colitis. Digamos que la mayor parte del tiempo me siento bien, pero hay días que me dan ataques…Sobre todo cuando como de más y mezclo muchas cosas. Entonces ese día compartimos un pay (cheesecake) con mucho chocolate y mucho, Mucho, MUCHO queso.

Y si digo que fue 60%-40% estoy mintiendo. Yo me terminé el platillo e instantáneamente; después del último bocado empecé a sentir como mi estómago se inflaba y cada segundo era más difícil e incómodo meter la lonja (no la panza, la lonja pura).  Aunque la faja me ayudaba a controlarla, no era mágica. No era de esas que anuncian en la tele que al ponértela te hace perder 4 tallas al instante y con el uso continuó bajas de peso, se te marca la cintura, se te levantan las pompas y se te borran las arrugas y las canas (¿?) .  No. Mi faja era normalita, de esas de telita que sí controlan las carnes pero también las “deja ser”.

Fui inteligente y fingí tener frío. Tenía que aprovechar la noche fría de diciembre. Él siento muy caballeroso me prestó su abrigo y pude soltar la lonja y dejarla descansar libremente. Pensé que todo había terminado, pero no.

La colitis empeoraba y yo despistadamente busqué el medicamento en mi bolsa. Muy inteligente de mí, decidí dejarla para no llevar la bolsa tan cargada.

Demonios.

Pocos segundos después la colitis provocó que mi estómago empezara a hacer sonidos. Primero eran como los sonidos que hacen las ballenas en el mar, después era sí un ser viviente hiciera gárgaras dentro de mi sistema disgestivo y luego pasó a sonidos de “acomodo”, como si todo mi sistema digestivo se estuviera reacomodando dentro de mí.

Seamos honestos: Parecía que necesitaba ir al baño. Al número 2.  En la primera cita.

En la plática, yo comencé a hablar fuerte cada que sentía venir un sonido nuevo, entonces mi voz iba de “nivel normal” a “nivel mujer sorda a sus 31 años” o “niña chiflada que quiere llamar la atención”.  El bato me veía raro.

La faja seguía incomodándome Sentía como mi vientre quería romper la faja, tal alien por salir del pecho de un ser humano. Pero era mi lonja y la faja.

Aproveché la protección del abrigo de mi date. Ya no le ponía atención a su plática. Mientras él hablaba, yo me las ingeniaba para ir bajando mi faja por encima del vestido. Movía mi mano y mi cuerpo entero. Pensé que podía librarme de ella sin tener que ir al baño. Pero el movimiento en lugar de librarme empeoraba las cosas. La parte baja de la faja, la que era como un short, empezó a subirse por mis muslos, creando una liga delgada que empezó a cortarme la circulación.

Con la faja mal acomodada no tuve más remedio que decirle al hombre que me disculpara un momento. Incómodamente me levante al baño y mientras caminaba podía sentir cómo la faja provocaba que se me formara una lonja en la espalda, que mi cuerpo se viera más deforme de o normal y que caminara de forma extraña a causa del dolor de las piernas.

Regresé liberada, con el vientre saltado, segura que, después de quitarme la faja, se me notaba el color de mi ropa interior y con faja en mano. Eso pasa cuando olvidas llevar tu bolsa contigo al baño.

Después reaccioné. Dejé mi bolsa en la mesa con un chavo que no conocía. Sin querer ser obvia, mientras metía la faja en la bolsa revisé mis cosas. Todo estaba ahí.

Él me vio raro, pero no dijo nada. Ya sin pena ajena le regresé el abrigo. Tanto movimiento hizo que me diera calor.

Hablamos un rato más y pedimos la cuenta.

Algo me dice que él no será el padre de mi hijo.

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