El Diálogo Interno

Shopaholic1

Tengo que ser honesta: Estaba endeudada con mis tarjetas de crédito.

Gracias a Dios pude organizarme y administrarme y realicé mis pagos sin tanto contratiempo. Aun así, los consejos y regaños de mis papás y hermanos no se hicieron esperar y decidí darles las tarjetas a mis papás para que me las cuidarán -mientras me acostumbraba a no tenerlas a la mano- y solamente me las darían cuando fuera una compra importante.

Sentí que aprendí la lección. No había usado la tarjeta por mucho tiempo, hasta ni pensaba en ella, pero se acercaba el día de las madres y la necesitaba. Y no le iba a pedir a mi mamá que me diera para eso. Entonces aproveché un día que no estaba para tomar mi tarjeta y poder ir de comprar.

No sabía que todo iba bien, mientras estuviera lejos de una tienda. Pero estando en Valle Oriente recordé la frase que dice: “se buena con los demás, cada persona está luchando su propia batalla” o algo así. Bueno, por si tenían duda, la mía fue así:

No lo necesitas Leva. Estas ahorrando. ¿Lo necesitas? ¡No! No lo necesitas, pensaba mientras veía unos zapatos de plataforma blancos, hermosos y cómodos y veraniegos.

Pero, tengo pies y mis pies necesitan zapatos, argumenté intentando convencer a no-sé-quién de que mi compra era, de hecho, una inversión.

¿Qué no tienes unos así ya? ¿Los doraditos?
¡Aja! Pero esos tienen do-ra-di-to y estos no. Así blancos completos no tengo. ¡Me faltan!

Los zapatos eran una inversión: Los podía usar toda la primavera y el verano y estaban lo suficientemente bonitos y cómodos para usarlos en eventos casuales e, inclusive, para el trabajo. ¡Fueron una ganga! Estaban a meses sin intereses y me regresaron el 30% en monedero electrónico.

¿Los zapatos entran en la promoción? ¿Qué más entra?
¡No! ¡Ya tienes tus zapatos! Ahora ve por el regalo de tu mamá.

Busqué un rato, pero después me cansé, no había muchas opciones y las que me gustaban se pasaban del presupuesto que habíamos acordado los demás, ya saben, el rango de precio. Entonces, para distraerme fui a la sección de belleza: maquillaje, perfume.

Y compré un primer porque una vlogger en youtube lo recomendó y tenía que tenerlo, compré unas sombras de mac, un perfume y labial de Dior, otro perfume y otro primer de Chanel, unas fajas porque “una siempre debe tener opciones, por si acaso” y un vestido bonito que me me atravesó.

Ya más contenta y con la adrenalina de las compras decidí ir por esa bolsa bonita que tanto me gustó para mi mamá.
-¿Su forma de pago? -me preguntó la señorita.
-Tarjeta de crédito -le contesté segura de mi misma mientras le pasaba mi tarjeta.
La señorita hizo lo que tenía, empecé a desesperarme cuando noté que la máquina no reaccionaba.
-Declinada. ¿Tendrá otra forma de pago? -me dijo bajito y apenada.
¿Qué?
-Lo puede intentar otra vez, por favor.
-Por supuesto.
Esperé impaciente.
No, no, no, no. Yo la pagué. No debo nada. ¿Qué límite tengo? ¿Cuánto compré?
-Saldo insuficiente en su tarjeta -me dijo mientras me la pasaba y me daba el papelito “Saldo insuficiente”, ¿por qué insisitían en repetírmelo? -¿Tendrá otra forma de pago?

Miré a mi alrededor. No había nadie más haciendo fila, todavía era temprano y la tienda apenas comenzaba a recibir gente. Y yo ya había hecho mis compras.
¿Eso es normal?

Empecé a checar mi monedero: No tenía el efectivo suficiente, pero sí la tarjeta de crédito de emergencia de mi papá: “Esta es para que la uses cuando tengas una emergencia: algo de salud, comida, ten cuidado con ella Leva”.

Le di la tarjeta de crédito. Ella me sonrió, firmé el recibo y salí corriendo.

Había logrado mi cometido: Compré el regalo de mi mamá, pero no me sentía bien conmigo. ¿Qué había pasado? ¿Me habrían bloqueado la tarjeta? ¿Tal vez en algún me hicieron doble cargo sin darse cuenta?
Ingenua, estaba segura de que llegando a casa podría solucionarlo. Pero mientras manejaba de regreso, no pude sacudir esa sensación de que algo malo estaba pasando conmigo.

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