¿La Señora de los Gatos?

Gadido, ashu!

Todo comenzó una tarde lluviosa y bochornosa de Monterrey. Me vi con mis amigas, Carolina y Mariel en Pacífica, un restaurante de mariscos en la plaza Valle 401 de San Pedro.

Después de platicar sobre los preparativos de boda de Carolina y de la vida amorosa de Mariel pasamos al tema que más temía: “Leva, ¿hay alguien especial en tu vida?”

Por primera vez en mucho tiempo, mi vida está tranquila –en cuanto a situaciones amorosas se refiere–, pero debo admitir que tanta tranquilidad a veces me preocupa: Mi vida social es casi nula. Solamente salgo en ocasiones especiales y, la mayoría de las veces, solamente veo a mi mejor amiga (quien también está soltera), pero que actualmente sale con un chavito bueno y coquetón.

…En cualquier momento solamente seré yo, encerrada en mi casa viendo Netflix o con un libro, viviendo la misma ruta de lunes a viernes: casa-trabajo-casa-yoga-casa y en un sinfín de reuniones familiares.

No me lo tomen a mal: Me agrada lo que estoy viviendo ahorita. Lo estoy disfrutando. Por fin llegué a ese punto en el que estoy en la banca y a gusto de estar en ella. La encuentro placentera. Por el momento. Es mi tiempo. Es un rato para Leva y nada más. Justo lo que quería. Tener el corazón tranquilo es bueno. Lo necesitaba. Pero a veces me preguntó si esta etapa será la definitiva o si, por lo menos, será larga.

Entonces, después de platicar un buen rato sobre la inexistencia de mi vida amorosa, de si el último chavo que me gustaba me sigue gustando o no (¡qué no! ¡Y no me importa si nadie me cree!) y de si voy a hacer algo para conquistarlo o no ](¡Que no me gusta les estoy diciendo!), la reunión se acabó.

Íbamos camino hacia mi carro. Como en cualquier fin de semana en Monterrey, las plazas estaban llenas, por lo que tuve que estacionarme afuera de dicha plaza, cuando de repente:

Vimos a un pequeño y hermoso gatito que caminaba atrás de nosotras.
Odio a los gatos. Ese estaba bonito, pero los odio.
–¡Mira, cuero! Está chiquito… ¡Alguien adóptelo! –dijo Carolina.
–No, pues yo me voy de Monterrey, yo no –contestó Mariel.
–Yo tengo a Connie (una perrita) –explicó Caro.
–¿Leva? –dijeron las dos al mismo tiempo.
–Este… no –contesté tajantemente –No, es que… Gatos no, me gustan los perros.

Así quedó. Seguimos caminando y platicando, cuando de repente, volvimos a escuchar que maulló.
Volteamos las tres instintivamente. El gatito nos seguía aún, pero extrañamente, caminaba detrás de mí.

–Mira, Leva. Te quiere –dijo Mariel con ternura.
Caminé un poco más rápido. El gatito aceleró el pasó.
¡Quítate!
Me crucé para quedar de lado izquierdo de Carolina y el gato quedará detrás de Mariel, el gato también cambió su lugar.
Pinche gato, ¡déjame!
De repente volví a moverme y empecé a caminar en círculos alrededor de mis amigas mientras llegábamos al carro. El gato seguía atrás de mí, de repente confundido, pero intentando seguirme el paso.
¿Qué está pasando? ¡Quítate!
–Leva, adóptalo. Te quiere –insistió Caro.
–¡No, wey! ¡Soy alérgica a los gatos! –dije ya medio asustada –Pinche gato, ¿por qué no me deja? –grité mientras volvía a caminar en zigzag por la calle para que el gato me dejara en paz.
Nada.

Ya por subirnos al carro, el pinche gato callejero que estaba haciendo TODO lo que estaba en su poder para meterse a mi corazón (pero que solo lograba taparme la nariz y ponerme los ojos lloros) seguía detrás de mí. No de mis amigas. ¡De mí!

Quité el seguro del carro y corrí. El gato maulló y me siguió.
–¡No! ¡No estoy lista para darme por vencida! ¡Tengo 30 años! ¡No quiero ser la señora de los gatos! –grité sin importarme la gente que caminaba cerca de nosotras.

Me metí al carro y pegando mi frente a la ventaba cerrada intenté ver si el gato estaba cerca . De repente el sonido de las puertas abriéndose me asustó, eran mis amigas que subían al coche.
–El gato le siguió derecho, wey. Cálmate. Ya encontrará otro dueño –dijo Caro medio en broma, medio en serio.
–Oday –dije –¡Ay! ¡No manched wey! ¡Ven! ¡Doy bien alérgica! –les dije lo más mormada posible.
Carolina y Mariel solamente se reían.
–¡Ay! ¿No manches que con esos 2 minutos de gato ya te dio alergia, wey? –preguntó Mariel.
Diii, wey
Carolina simplemente se reía.
–¿Y ahora qué? –preguntó Mariel.
Yo no estuve segura si era sobre la situación o sobre la siguiente parada en su visita.
Ahorita estoy segura de que era la segunda, pero no pude evitar pensar sobre el gato y la forma en que me seguía.
¿Sería una señal? ¿Debería prepararme para ese futuro?
Me quedé seria por un segundo. Viendo a Mariel mirarme con cara de intriga y a Carolina riéndose de la anécdota del gato.
Tal vez una cosa es estar en la banca, otra cosa es estar bien plantada a no moverme de ahí para nada. Tal vez exageré un poco en esta nueva etapa.
–Tal ved debería bajar Tinder otra vez.

4 thoughts on “¿La Señora de los Gatos?

  1. Los gatos son solitarios y en parte no les gusta ser molestados … Cuando te los encuentras o visitas una casa donde hay gatos si es normal que el gato se acerque a la persona que siente desagrado. La razón es sencilla los gatos prefieren ambientes tranquilos y el observarlos o tratar de agarrarlos ocasiona que sientan que son atacados, las gente que desagrada de gatos incluso evita a toda costa contacto visual lo que hace que el gato sienta que el lugar mas cómodo es alado de la persona que ni lo voltea a ver.
    En si eso pasa con los gatos no puedo asegurar que sea con los pequeños pero esa es la actitud y la razón del porque los gatos van con las personas que los evaden. Así que te diré que no es una señal.

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