Llámame Miss Elva

Llamame Miss Elva

Como algunas personas ya saben, actualmente soy docente de preparatoria. Decir que dar clases en ese nivel es una aventura diaria es poco. Pero tal vez puedo compartir con ustedes lo que ha sido la experiencia de ser maestra para mí: Cómo fue mi primer día como persona que jamás ha –de hecho– impartido clases y  el primer “gran regaño” también. Esas experiencias son las historias de este post.

Primero lo primero: Cómo fui a dar en la docencia
En el 2014 me vi en una etapa de desempleo muy fuerte, me vi en la mala racha de asistir a pocas entrevistas y a pesar de que tenía algunos proyectos como Freelancer, no era suficiente.
–¿Por qué no intentas en Educación? –me dijo una amiga.
Jamás lo había considerado realmente, ¿qué no se supone que se necesita experiencia para eso?
Me metí a una de las tantas bolsas de trabajo en las que me encuentro, en los filtros de búsqueda puse “Educación” y voilà: Estaba una vacante en la que –tal vez– me podrían contratar.
En poco tiempo me hablaron, asistí a la entrevista y esa misma semana me hicieron una propuesta de clases.
Tenía trabajo.
Éee-xito.

Primer día de clases: ¿Cómo se hace esto?
–Ten cuidado. Tú segura, firme y con autoridad. Que no te vea nerviosa –fue el consejo más dado cada que decía que sería docente de prepa.
Primera señal de lo que me esperaba.

Ahora, tal vez muchos no lo han experimentado, pero aquí van las diferencias que noté entre mi primer día de trabajo en una oficina y mi primer día de trabajo en una preparatoria:
En una oficina llegas puntual, te recibe alguien, esa persona te presenta al equipo, te muestra tu lugar de trabajo y te dan actividades por hacer para irte familiarizando con el trabajo, etc.; en la prepa tuve una capacitación, la materia estaba en línea (todo listo) solo necesitaba prepararme y debía presentarme puntual el lunes para mi primera clase como docente. Sola. Nada de: “Deja te acompaño”, “Te presento”. Nada. NADA. !NA-DA! Entiéndase: tú  sola con tu alma intentando controlar un salón de clases de 32 alumnos cansados y hambrientos (por aquello de que era la última hora).
¿Miedo?
Sí. Miedo. TOTAL.

Así,  me presenté el lunes para dar mi primera clase. Mientras los alumnos entraban al salón mi corazón empezó a latir más fuerte.
Con calma, la adulta eres tú. La que manda eres tú. La que sabe del tema eres tú. Tú vas a enseñarles, ellos vienen a aprender.
–OK, clase. ¿Listos? Ya vamos a empezar –algunos guardaron silencio y me voltearon a ver.
Mis pensamientos buscaban en el baúl de los recuerdos la forma en que mis profesores manejaban el primer día de clases: presentación del profesor, de los alumnos, ver la metodología de clase. Ok, ok. ¡Ya sé cómo!
Empecé presentándome, de nuevo muchos me ignoraban.
¡Ash! Yo no era así en la prepa.
Les pedí después que se presentarán uno por uno: “Se ponen de pie, me dicen su nombre, edad, algo sobre ustedes y qué esperan de esta clase”.
Poco a poco empezaron a hacerlo, solamente el alumno en turno a hablar ponía atención, los demás platicaban.
Ok, primer paso… ¡Listo!
Terminamos de ver la metodología de clase y vi la hora en mi celular. Había pasado apenas una hora.
Queda una hora de clase, ¿ahora qué Elva? ¿Ahora qué? ¿Un juego? No, ¿cómo empezar una clase jugando? ¿Una actividad? ¡La que sea Elva!
Comencé a pensar en la forma de hacer que pasara una hora. No tenía nada. O sea, no tenía el libro, actividad planeada… ¡No tenía nada! Y quedaba una hora de clase.
Damn it!
Empecé a notar como algunos alumnos se me quedaban viendo con cara de “¿y ahora qué?”
–Miss, ¿ya terminamos? ¿Nos podemos ir?
Recordé que entre las instrucciones que nos dieron era el ser puntuales en entradas y salidas. No podía dejarlos ir, pero tampoco podía mantenerlos en el salón sin nada que hacer.
–Este… No. Todavía no terminamos.
Vi la hora, habían pasado solamente dos minutos.
Empecé a ponerme nerviosa. Temía que se me comenzara a notar que no tenía la menor idea de qué hacer con un salón de clase de 32 alumnos.
Uno comenzó a ponerse la mochila. Claramente pensaban que no haríamos nada más. Fui a checar  “algo” mi bolsa simplemente porque no quería que me vieran la cara. Estaba entrando en pánico. Tenía que hacer algo. Respiré profundo.
¡Escribir!
–Ok, clase –dije mientras volteaba a verlos decidida –Quiero saber cómo andan en “Writing” (escritura), entonces en una hoja pongan su nombre y matrícula, y cuéntenme más de ustedes…
Sí, eso es legítimo. Es una actividad real, ¿no? Los profes piden ese tipo de cosas…
–Hobbies, programa favorito, de dónde son, qué hicieron en las vacaciones. Lo que sea. Extensión mínima de una cuartilla. ¿Dudas? –algunos me dijeron que no con la cabeza –Ok, a trabajar.
Vi como todos empezaron a escribir, algunos platicando, otros concentrados, pero todos trabajando.
Ok, ok. Tengo el control.
Pasó el tiempo, pero no el suficiente. Quedaban aún unos minutos antes de dejarlos salir.
–OK, los que terminen entréguenme la actividad y mientras pueden platicar.
Como si necesitaran permiso.
Después de dejarlos salir me quedé en el salón vacío. Mientras acomodaba algunas sillas pensé en que tal vez exageré con tanto nervio. ¿Y qué? Si tenía clases llenas de adolescentes cansados y hambrientos (por la hora), nada que no pudiera controlar, ¿verdad?  Después de todo, cada actividad que les pida la tienen que hacer.
Mmm.. Pensándolo bien, ¿qué tan difícil realmente puede ser?
Oh, inocente Elva.
Y eso nos da el tema 2: 

Cuando el consejo de actitud pasa a ser una realidad
Como maestra primeriza y de preparatoria suelo recibir un comentario: “Wow, que interesante. Qué valiente”, es lo que algunos me dicen por lidiar con adolescentes.
Entre los consejos que me dieron para dejar en claro mi rol dentro del salón de clases había algunas técnicas que llegué a experimentar como alumna (Woops! Era buena, lo juro ¡alguien créame!), pero ahora me tocaba aplicarlas como maestra.
Un día que hacía mucho frío mis alumnos empezaron a ponerse inquietos de más. Al parecer el clima los había afectado. Medidas drásticas eran necesarias.
(Favor de insertar aquí un: Uuuuuuy).

Una alumnita no ponía atención a la clase, platicaba, me interrumpía y distraía a sus compañeros. Empezaba a molestarme. Por más que le pedía silencio no hacía caso. Sabía que el primer gran regaño se acercaba. Por primera vez haría algo que no quería:
–¡Ok, Daniela! ¡Basta! Ya van tres veces que te pido que guardes silencio y que me pongas atención. ¿No quieres estar aquí? ¡Bien! Agarrar tus cosas y salte. ¡Suficiente!
El salón entero se quedó en silencio. Abrí la puerta y esperaba que la alumna se saliera. Pasaron unos minutos y ella solamente se me quedaba viendo. Empezó a sonreírse y otros compañeros la imitaron.
Hasta aquí.
–¿Lista?
–No me voy a salir…
–¿Es esto una negociación?
Se quedó callada y empezó a ver sus uñas.
–Te estamos esperando Daniela.
Cuando me vio firme en mi decisión empezó con la negociación: “Miss, le prometo que ya le voy a poner atención”, “Miss una oportunidad más. Si vuelvo a hablar ahora sí me salgo”…
Notó que no funcionaba y dio paso de nuevo al berrinche: “Es injusto, ¡aquí hay favoritismo!”.
¿Neta?
–La otra maestra también me sacó y tuve que ir a Dirección a quejarme.
Empiezan las amenazas.
–Ok, ya sabes dónde está Dirección, ¿verdad? Solamente recuerda que cuando llegues y te quejes lo primero que te van a preguntar es la razón por la que te saqué del salón. Piensa bien en tu respuesta, porque a mí me van a preguntar lo mismo.
–No me voy a salir –me dijo enojada.
–Ok, a ver. No son niños de primer tetra, ustedes ya saben cómo funciona esto… ¿En dónde estamos?
–En el salón –contestan algunos alumnos.
–¿Y quién soy yo?
–La maestra –contestan en unísono.
–¿Y ustedes?
–Los alumnos –dicen en coro.
–Así es. Yo soy la maestra aquí. Este es mi salón de clases. Aquí la que pone las reglas del juego soy yo. Aquí la que decide que pasa soy yo. Este es mi territorio. Yo soy la Reina y ¡ESTE ES MI REINO!
Woops!
Nope. No, no, no, no.
Demasiado lejos, Elva. Demasiado lejos.
La alumna y el resto de los compañeros se sonríen y yo también.
Que oso Elva. Que. Oso.
–Ok, dejando en claro –dije más relajada –Aquí yo mando. Ándale, suficiente –le dije mientras le señalaba la puerta.
–Hasta el jueves Miss – me dijo mientras salía del salón sin su abrigo.
Corrí hacia su lugar, tomé su chamarra y corrí de regreso a la puerta:
–¡DANIELA! ¡Regrésate por tu abrigo!
–Miss, es  como una mamá –me dijo una alumna con ternura.
Damn it! Está bien que les doblo la edad pero no exageren.
Después de darle el abrigo a Daniela:
–¡OK, clase! Continuando con el tema…
Algunos alumnos empezaron a bromear con lo de “Este es mi reino” y el “Parece una mamá”, a sonreírse y a echarme carro.
–¡Eit! –grité –¿qué les pasa el día de hoy? Estoy muy, muy, muy enojada con ustedes–les dije mientras golpeaba con la mano el pizarrón.
–Miss, no está enojada. Se está riendo –dijo un alumno.
–Miss, es que usted es bien buena –comentó otra alumnita intentado esconder una sonrisa.
Damn it!
–Aunque me sonría. ¡Si estoy enojada! ¡Es en serio!
Comenzaron a reírse.
–Ok, ya. Estamos perdiendo el tiempo. Continuando con el tema…

Debo admitir que ser docente fue algo que pasó por casualidad, de esas cosas que dices “quien quita es chicle y pega, ¿no?” y pues, funcionó.
También debo confesar que es muy divertido. Como en todos los trabajos hay días buenos y malos, días en que los alumnos llegan y te quieren, y días en que sin razón aparente te voltean la cara.
Pss bueno.
Tercera confesión: Siento un mayor respeto por los profesores de vocación. Lidiar con adolescentes no es tarea sencilla. Requiere energía y mucha paciencia.
Estas son algunas de las aventuritas (así me gusta llamar cada día de clases porque literal no sabes qué va a pasar, cómo van a llegar o con qué ánimo) que he vivido en esta etapa como “Miss Elva” 🙂

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