Solterita y Sin Pareja en Boda Familiar

Solterita y Sin Pareja en Boda Familiar

Algo que tal vez muchas personas no sepan es que en Monterrey se acostumbra a ir con pareja a las bodas, es decir, si eres una mujer soltera tienes que encontrar con quien ir hasta que consigas novio y termine ese problema.

Bueno. La cosa se complica un poquito más si dicha boda es familiar porque ¿cómo le dices a un amigo equis, perfecto desconocido, o chavo que te gusta que te acompañe a una boda en donde –probablemente– tenga que sentarse con tu familia y platicar? Y entiéndase por papá, mamá, hermanos, tíos, primos, ¡vaya! el paquete completo. Todo depende de la suerte o de los arreglos de asientos que hagan los novios.  Incómodo, ¿no? Y con potencial para el desastre.

Hace aproximadamente un año le dieron a mi prima Erika anillo y ¡habemus boda! Después de varios corazones rotos, intentos fallidos de dates y demás historias en la vida de una mujer soltera, ella encontró el amor, y después de una bonita relación de noviazgo, mi prima y su novio –ahora esposo– se comprometieron y…
¡Y que aviente el ramo! ¡Y que aviente el ramo! (canto emocionada mientras escribo las palabras).
Así, me vi envuelta en la búsqueda del date perfecto, porque tengo que admitir algo: Ir sola a la boda no fue mi primer plan. Intenté conseguir pareja pero nadie podía.
Honestamente, nunca me ha molestado que me digan que no. Cada que paso por lo mismo –tener que invitar a una persona a una boda– soy de la mentalidad de “el ‘no’ lo tengo seguro, ¡vamos por el ‘sí’!”.
Desafortunadamente, en este caso obtuve puros “no”. Ni modo.
Entonces decidí ya no preguntarle a nadie. Seguramente si seguía intentándolo encontraría con quien ir, pero ¿realmente quería eso? ¿Ir con alguien que de seguro no me cae muy bien, con quien podría pasar momentos incómodos y tal vez no divertirme tanto? No lo creo.

Ese momento en que tu vida amorosa ya no sorprende
Se llegó el día. Agripada, vestida y maquillada, llegué lo más glamurosa posible. La misa fue hermosa y pequeña. Los votos fue un momento emotivo. ¡Vaya! Toda la misa lo fue, mientras se llevaba a cabo la ceremonia, recordé mis pensamientos de cumpleaños (Reflexiones de una chica de 29 años) y noté que aunque el momento era hermoso, que sabía lo feliz que eran los novios, noté las pocas ganas que tengo de pasar por lo mismo. Ahorita. En unos años, seguro la historia será diferente.

Aun segura de mi soltería, temía llegar al salón y escuchar la pregunta de siempre: “¿Y tu pareja?”
Y no lo digo en mal plan, en muchas reuniones familiares, sobre todo las grandes, se espera que hagan esa pregunta, no por dejarme en evidencia, sino en son de porras o por mera curiosidad.

Ahora nada. Y cuando digo nada es NADA. Ni una sola pregunta. Obvio la familia de la novia ya sabía que iría sola, por eso de la confirmación de asistencia, pero ¿y los demás?
O una de dos: Ya se lo esperaban o perdieron ya toda esperanza.
Mmm… No me agradan mis opciones.
¿Está mal si les pregunto por qué no me preguntaron? Sí, ¿verdad? Sería darle mucha importancia. Seguro ni se dieron cuenta.
No significa nada Mimi. Déjalo ir.  

Empecé a platicar con mi familia de planes a futuro, trabajo y otros temas. Mientras más pasaba el tiempo, más me relajaba pues realmente me estaba divirtiendo.
Todo tranquilo. No pasa nada. ¿Tanto me importaba venir sola?

Estaba en platiquita a gusto con Mary, mi prima que acaba de regresar a Monterrey. No tenía que estar atendiendo a ningún chavo –me agradara o no el susodicho no importaba, si iba con alguien tenía que asegurarme de que se estuviera divirtiendo–, pero en ese momento solamente tenía que concentrarme en mí. Por muy egoísta que se lea, es la verdad: no tenía que preocuparme por nada, más que en hacer lo que a se me diera la gana.

Primera señal de que la decisión de ir sola era la correcta.

Poseída por Romina
(Hace tiempo en un grupo de WhatsApp con mis amigas de la maestría se compartió una foto de lo que supongo era “Laura en América” –o programa que se le parezca– y decía “Romina no puede dejar de comer flan”. Desde ese entonces, cada que nos da por comer, decimos que estamos poseídas por Romina o en Romina mode on).

Llegó la cena y ¡éntrale! ¿Quería un pan con mi crema de brócoli? Me lo comía. ¿Un segundo? ¡OK! ¿Un tercero?
Ok, stop Mimi. Deja espacio. También quieres comerte el postre.

La verdad es que ¡no importaba! Estaba en familia y muerta de hambre. Podía comer  cual mujer poseída por una bestia si se me daba la gana, y lo mejor, podía compartir con mi prima el postre y probar de los dos.
Yummie!

Y es que no digo que este mal comer. ¡Para nada! De hecho lo considero uno de los placeres de la vida. Pero admito, por muy tonto que sea, que me da una especie de anorexia cada que veo al tipo que me atrae. ¿Imagínense si hubiera ido con el chavo que me gustaba? Y con el hambre que traía. ¡Martirio! ¡Total! Y es que para que se me quite eso de la “boca chiquita” necesito ver al chavo aproximadamente tres veces como para “agarrar confianza”. Nada bueno andar experimentando esa sensación en una boda.

Segunda buena señal.

Momento de confesión
No sabía bien qué era lo que me estaba pasando. Si era por la comodidad de mi familia o el hecho de que estaba bajo los efectos de los medicamentos  que tomé para la gripa, pero me la estaba pasando de lo mejor, ahí sentada, disfrutando de la música, platicando con mi prima adorada y viboreando a la gente sacar sus mejores pasos.

–¡Quiero bailar! ¡Bailemos! –le dije a mi prima animada, –¡dile a ella! –le dije señalando con la mirada a otra chava que iba sola y mientras movía los hombros al ritmo de la música– ¡bailemos en grupito!
–Ahorita, todavía esa música es muy de parejas, está más difícil bailar sueltas –me contestó Mary mientras analizaba la situación y bailaba sentada. Tenía razón.
–¡Ok!
Nos quedamos calladas unos minutos.
–Ya estamos grandes –dijo de repente mi prima.
–Sí. Ya. Hablando de bodas, unos casándose, otros con niños… Ya somos adultos.
–¡Qué miedo!
–Aja… ¡Qué padre Erika! –dije refiriéndome a su boda y mientras la veíamos bailar.
–¡Ya sé!
–Y a súper buena edad –comenté.
–¡Exacto! –me contestó mi prima, –leí tu blog, sobre lo de las edades, me acordé porque conozco a quienes han hecho lo mismo de escribir y planear la vida y luego, ¡zas! no sale como uno quiere.
–Gracias a Dios… –le contesté.
–Y es que es súper buena edad.
–¡Sí! –dije honestamente.
–O sea, recuerdo que antes queríamos todo esto pero de más chiquitas y ahora… ¿A qué edad se casó Nancy? –me preguntó Mary.
–¿Mi hermana? A los 29.
Mary abrió los ojos y sonrió nerviosa.
–La quería poner como referencia, pero mejor no. Mejor Erika –dijo entre risas.
–Ja,ja,ja, ¡ya sé!
–Tenemos 29.
–Lo sé… Se caso de nuestra edad. La verdad yo no me imagino casada a esta edad. Y ponle, no sé tú, pero a mi sí me gustaría tener novio, estar en una relación estable y así, pero casada todavía no… Pero a lo mejor es diferente, tú tienes novio, probablemente ya quieres.
Nos sonreímos. Sé que es el curso natural de la vida. Pero realmente si te pones a pensar que estás al lado de la persona con la que compartías cuna, con la que te peleaste por juegos y juguetes, y que ahora hablan de matrimonio y formar una familia…
–Ya estamos grandes –me dijo Mary como leyéndome la mente.

Mi prima tiene más posibilidades de estar cerca de dar el paso por el simple hecho de que tiene novio. Me alegré por ella. Me gustaría que ya fuera su boda. A mí aun me falta. Y eso está bien. Por ahora no me imagino en un vestido de novia, mucho menos ya casada. Tal vez conociendo al hombre indicado cambie la cosa.

Glamour Gripodo
Marisela tuvo que ir a buscar unas cosas, después de todo, le tocaba atender y estar al pendiente de la novia. Mientras yo veía a la gente bailar:
–¡Chu!
Damn it!
–¡Chu!
¡No!
–¡Chu!
¡¿Por qué?!

¿Escurrimiento nasal? ¡Listo!
¿Estornudos? ¡Listo!
¿Tos? ¡Listo!
¿Mormada? ¡Listo!

La gripa empezaba a apoderarse de mi cuerpo. Comencé a ir al baño más seguido de lo normal para sonarme la nariz.

Qué oso si hubiera andando así, toda griposa y con un “date” al lado, pensé mientras veía en el espejo como los ojos se me empezaban a hacer chiquitos, chiquitos y la nariz se me ponía roja y descarapelada de tanto roce con pañuelos desechables.
Súper sexy, Mimi.
–Doy ama de mi cuerpo. Edte redponde a lad deñaled de mi derebro: “Puedo redpirar” –intenté decir como mantra mientras esperaba a que cobrara efecto.
Damn it!, pensé mientras me jorobaba y me recargaba cansada en el sillón del lobby del baño. Bostecé.
Quiero mi cama, mi pijama, una sopita calientita y ver comedias románticas en Netflix.
¡No Mimi! ¡Diviértete!

Me levanté y sacudí el pensamiento. Regresé a mi lugar lo más tranquila posible, sin poder respirar lo suficiente y luchando contra mi propio cuerpo por evitar el escurrimiento nasal. Mientras caminaba sentía en cada paso como dejaba atrás el glamour para decirle “bienvenida” a la enfermedad.

Al platicar con los demás mi concentración era más “Glamour ante la gripa” y menos en poner atención a lo que decían. Tanto peinado, maquillaje y vestido, ¡no! no podía verme afectada por una pequeña enfermedad.
–¡Chu!
Damn it!
Dios es grande. Qué bueno que vine sola.

Tercera señal de que tomé la decisión correcta.

Llámame Beyonce
Cambiaron el set de música y ahora sí era la hora de bailar. Este era mi momento: ¿Quería sacar mis mejores –y seguramente– peores pasos? Lo podía hacer. No importaba la gente que estaba a mi alrededor. Podía bailar a mi antojo. Nada de cuidar las apariencias y de preocuparme por hacer el ridículo. Estaba en confianza.

Así, comencé con mis pasos de “Bailando por un sueño”, como Mónica de “Friends” y con esos pasos famosos como el del robot,  y a  cantar a todo pulmón. No importaba que no pudiera respirar, era el momento de divertirme. Me movía al ritmo de la música y volteaba emocionada con mis primas y tías.

Empecé a sacar mis mejores pasos mientras sentía como me hacía una con la pista de baile, la música y las luces.

Soy como Beyonce, pensaba mientras movía mis intentos fallidos de cadera al ritmo de la música.
Háganme espacio, bitches! ¡Así se baila esta canción!
Mis movimientos se intensificaron, mi cabeza iba de un lado al otro al ritmo de la música hasta que sentí como mi peinado iba cayendo poco a poco.Glamurosa Mimi. Baile Glamuroso. Piensa… Anne Hathaway. Piensa Audrey Hepburn, me dije mientras intentaba poner un mechón de cabello en su lugar.¡Nah! ¿A quién le importa?, y volví a bailar como si estuviera sola.

Mi mentalidad estaba cambiando. Después de otras bodas en donde el #epicfail no se hizo esperar: aburrimiento total, mala pareja o simplemente semiplantada (El Sapo que se Creía Príncipe), comencé a considerar lo diferente que hubiera sido esa situación, por ejemplo, si desde un principio hubiera decidido ir sola.

Cuarta señal de que mi decisión fue la correcta.

La suerte nunca me acompaña
Y llegó el momento del ramo. Aquí admito que otra cosa cambió: mientras que en bodas pasadas me acercaba casi, casi por obligación y sin realmente “intentar” tomar el ramo (hay fotos en donde se ve que no me estiro para agarrarlo), ahora decidí que sí lo quería.

Me acerqué junto con mis primas, estábamos en el centro y en primera fila, y mientras esperábamos a que la novia estuviera ya segura sobre la silla y de espalda hacia nosotras volteé a mi alrededor:
Estimadas señoras ya felizmente casadas y niñas que aún no buscan matrimonio y ni piensan en tener novio: Favor de no atrapar el ramo. ¿Qué no ven que esto es de relevancia para nosotras las solteras de 29 años… Casi 30? ¡Esto podría cambiar el rumbo de la historia.
Noté las palabras de mis pensamientos.
¿No que no quieres  Mimi?

Antes no me importaba, aunque solamente sea por el momento de diversión y sin realmente considerarlo como un augurio para el futuro –sé que es un juego–, quería atrapar el famoso ramo. Quien sabe, tal vez eso de “la que lo atrapa es la que sigue” termine siendo una realidad. Uno nunca sabe. Aunque quiera ahorita soltería y casarme después, es mejor tener la opción, ¿no? Entonces, con esta nueva mentalidad ¿qué mejor forma de comenzar la nueva tradición de sí intentar atrapar el ramo que en la boda de una de mis primas?

Mis deseos y suerte no se encontraron. El ramo cayó en manos de otra persona.
Bueno, ¡mejor suerte para la próxima Mimi!
Aun así, el ánimo del momento, la diversión que implicaba atrapar el ramo hizo que ese rato fuera muy entretenido.

Al final de la noche, de camino a casa y mientras me quitaba los casi 30 incaíbles de la cabeza,  me di cuenta de que Dios es grande. Al principio me inquietaba el asistir sola a una boda, pero mientras pasaron los días me di cuenta de que no tenían base todas las preocupaciones que llegaron a acecharme durante un tiempo: no tenía nada de qué avergonzarme por ir sola. Que de hecho puede ser muy divertido ir sin una pareja.
Al ver a mi prima, reforcé mis reflexiones de cuando cumplí 29 años. Si quiero eso: el compromiso, planear una boda, casarme, la fiesta, la casa, la familia. Pero no ahorita. No importa que casi tenga 30 años.
Y ahora sé, gracias a esta experiencia, que ante las próximas bodas y mientras mi estatus amoroso  no cambie una pregunta acechará mi mente: ¿Realmente necesito una pareja para este evento o podré divertirme sola?

8 thoughts on “Solterita y Sin Pareja en Boda Familiar

  1. Me gustó mucho tu texto. No es bueno planificar, luego sale al revés. Lo importante es que te lo hayas pasado bien, imagina con el catarro y alguien a tu lado con quien no hay realmente chispa de vida, entonces el aburrimiento sería el recuerdo de esta boda de alguien a quien tu tienes en tanta estima, y esto no puede pasar, así que me alegro de todos esos momentos, y reflexiones. Yo tardé en casarme y me alegro por ello. Ya pasaba bien bien de los treinta pero nunca pensé que perdía el tren de la vida. Para nada! Un beso y abrazo!

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  2. Lo bueno de todo es que te la pasaste bien en la boda y bailaste y comiste mucho. ¿Oyé en la vida real también tienes pequitas y chapitas? ❤

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    • ¡Aja! Eso es lo bueno, además era la boda de una de mis primas más cercanas y queridas, estuvo muy padre.
      Pequitas no… Jajaja, eso se lo ponemos a la ilustración para separar un poco a “Mimi” de “Elva.
      Chapitas… Solo cuando me acaloro, me da fiebre, me apeno oooo me maquillo…
      ¡Saludos!

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