Vacaciones en las alturas. Parte 2.

Vacaciones en las alturas. Parte 2.

¡Oh! Inocente Mimi.
Inocente, inocente Mimi.
Después de la aventura que fue el Skywalk del Gran Cañón pensé que una montaña rusa sería una experiencia más sencilla: “Que al cabo lo único que tengo que hacer es sentarme ahí, ¿no?”
¡Ja!
Permíteme reírme.

De regreso en Las Vegas, mis padres, hermano y yo decidimos turistear por la zona del hotel New York-New York, el que tiene la montaña rusa.
–¿Nos subimos? –me había preguntado mi hermano esa mañana.
–Es que está haciendo mucho frío, ¿no? Nos vamos a enfermar –fue mi respuesta cobarde, pero encubierta bajo un argumento que consideré lleno de lógica.
Vi la decepción en su rostro. Después de acompañarme a ver los tiburones del acuario del Mandalay Bay, y a otros puntos turísticos que yo quería conocer, yo le había dicho que no a lo único que él me había pedido.
¡Mala hermana! Mala, mala hermana.

Nos acercamos al hotel, mi hermano caminando cada vez más rápido y yo mentalizándome a que nada podría ser peor a lo que viví en el Skywalk. En la entrada, los dos volteamos al mismo tiempo hacia arriba. Estaba la pista, carril –o como se le llame– ahí mismo, invitándonos a la aventura y sin pensarlo dos veces fuimos a pagar las entradas para la montaña rusa.
Acababan de pasar unos días desde la visita al Skywalk, por lo que la sensación de pesadez en las piernas y el dolor de mis rodillas habían desaparecido.
Desde abajo, la pista no se veía tan alta, el carrito no parecía llevar tanta velocidad y la gente se veía divertida. ¿Qué podría salir mal?
Busqué la entrada a la montaña rusa medio animada, medio atontada. Tal vez un efecto secundario del Skywalk fue negación pura, sincera y absoluta ante todo lo que implicaba altura y su efecto sobre mí, pues después de pagar, tranquilamente y sin analizarlo mucho esperaba el turno para subirnos al juego mecánico.
Según la información que tengo, la montaña rusa del hotel New York-New York de Las Vegas tiene una altura máxima de 203 pies, caída de 144 pies y una velocidad de 67 millas por hora y dura aproximadamente 3 minutos.
No sé de pies ni de millas, pero espero que se lea impresionante. Porque lo fue…
¡Es en serio! ¡Alguien créame!

Nos subimos y noté que había un fotógrafo que se iba fila por fila capturando el momento antes de empezar. Me acomodé el pelo y le avisé a mi hermano que volteara para la foto.
Quiero la foto del recuerdo, eran mis pensamientos antes de que comenzara la aventura. Claramente aún seguía en negación.
De repente los carritos avanzaron, dejando atrás el edificio y al salir al exterior, dimos una pequeña vuelta hacia la izquierda y el carrito empezó a subir… Y a subir…Y a subir un poco más.
Fuck!
–A la madre. ¡No vamos ni a la mitad! –gritó mi hermano emocionado.
¿Respiración superficial y agitada? ¡Listo! ¿Latidos rápidos? ¡Listo!
¡Nope! No, no, no, no, no, no, no, no…
Sentí como todo mi cuerpo se llenaba de adrenalina poniéndome alerta y haciendo que mi instinto me animara a zafarme de mi lugar y salir corriendo. Aún había parte de unas pequeñas escaleras al lado de la pista. Podía salir. Era el momento. Se me iba la oportunidad con cada centímetro que los carritos avanzaban.
Mi instinto decía “corre”, la lógica me decía “no te queda de otra mi reina. Aguántate”.
–¡Me quiero bajar! –grité medio en broma, medio en serio.
Anticipaba una caída profunda en unos instantes, pero en lugar de eso, llegamos a un punto plano en el trayecto y me relajé por un segundo, hasta que vi que la pista desaparecía. Mi cuerpo se tensó por completo mientras veía cómo los carritos de enfrente iban cayendo después del otro. Vi el carrito justo frente de mi inclinarse y desaparecer por completo:

–¿Lista? –me preguntó mi hermano y…
–¡Ahhh! – todos gritaban emocionados. Abrí mi boca intentando imitarlos pero ni un sonido salió de mí. El shock del momento me había dejado muda.
Sentía una presión en mi pecho que movía mi corazón, haciéndolo mi torso y trasladarse a mi garganta. Si abría más la boca, tal vez abandonaría mi cuerpo por completo.
La presión en mi pecho y el miedo que sentía en el momento me hicieron pensar que sucedería lo peor.
¡Me va a dar un infarto! Voy a morir a mis 29 años en mis vacaciones familiares por subirme a una montaña rusa.
Pequeño trayecto plano. Intenté respirar.
Ok. Ok. La primera caída es la peor, ¿verdad? Pudiste con esta, puedes con todas Mimi. De aquí en adelante es Disneyland.
Mentira. La segunda caída era aún más pronunciada, tanto que, por un segundo no se ve el carril. Cerré los ojos anticipando lo peor.
Grita Mimi. Saca el susto. Grita.
Decidí darme por vencida. Abría los ojos por momentos pero solamente veía la espalda del carrito frente a mí. Intenta respirar para tranquilizarme, o mínimo, armarme de valor para lo que seguía.
¿Qué no se supone que ahorita es cuando debo de ver mi vida pasar ante mis ojos? ¿Por qué no pasa nada? ¡No he hecho nada! ¡Moriré sin antes no haber hecho nada!

Sentía impotencia. Esa es la palabra. A diferencia del Skywalk, en donde podía salir y tomar control sobre la situación, aquí no me quedaba de otra más que esperar a que el juego terminara. No podía detenerlo, tampoco salir. No tenía muchas opciones, no podía hacer nada más que esperar.
Me va a dar un infarto… Si no es ahorita será al bajarnos, saliendo de aquí. Me voy a bajar, caminaré un poco y ¡pum! Caeré repentinamente y ¡puf! Adiós Mimi.
–¡Eaaah! –gritaba mi hermano emocionado.
Él se divierte. ¡Relájate Mimi! Intenta gritar. Es exceso de adrenalina. Tienes que dejar salir la adrenalina.
Empezamos a detenernos. Los carritos bajaban de velocidad.
¿Ya se acabó? ¿Eso fue todo? Ok. Ok.
Respiré profundamente. Volteé a mi alrededor y dejé de concentrarme en la espalda del carrito de enfrente.
Eso no fue tan malo. No fue tan malo. ¡Exagerada Mimi!

Mi momento de felicidad terminó al ver lo que se acercaba: el carril daba la vuelta completa, poniéndonos por un momento de cabeza.
Mis manos envolvieron con fuerza el seguro del asiento hasta ponerse rojas y mi torso se endureció intentando hacer que mi espalda no dejara de tocar el respaldo. El carrito volvió a agarrar velocidad preparándonos para el momento.
Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea Tu nombre…
Sentía unas inmensas ganas de pedir que detuvieran el juego y al mismo tiempo no encontraba como amarrar aún más mis manos y piernas en la seguridad de mi asiento.
¿Por qué? Le tengo miedo a las alturas, no me gusta la velocidad, no me gusta esto. ¿Para qué me subí? ¿Por qué hago esto si ya me conozco? Para unos será divertido, pero para mí no. ¿Para qué hacerme sufrir?
Parecería que Dios escuchó el fragmento de oración, pues una vez más el carrito bajó de velocidad.
¿Ahora si ya? Ya, ¿verdad?

Me obligué a voltear la cabeza lo más que podía sin lastimarme para ver el resto de la pista. Aún no terminaba. No podía saber si faltaba mucho o poco, pero necesitaba calmarme. Estaba llena de la misma sensación cuando estás a punto de chocar y no lo haces: Que te asustas, tu cuerpo se tensa por completo, se pega al asiento y por un momento no puedes moverte, tu mente está en blanco e intentas respirar para calmar los latidos del corazón y relajar el cuerpo de nuevo. Estuviste en peligro, pero te has salvado.
Pero yo aún no estaba a salvo.
Caída en espiral.
Damn it!
–A, ja, ja… ¡Ahh! ¡Cabrón! – gritaba de nuevo mi hermano emocionado.
Mientras la velocidad hacía que mi cuerpo entero se aplastara por completo contra el asiento recordé el conejo que tuve cuando estaba en tercero de primaria y que murió después de la primera noche.
Según el señor de la tienda, si se asustaban mucho podían morir mientras dormían. Al parecer tanto amor infantil asustó de más a mi pobre mascota.
Voy a morir como el conejo. Voy a irme a la cama y no despertaré. Moriré como mi conejo. Por culpa del susto, porque no puedo calmarle.]

De repente frenamos de nuevo, ahora bajando más la velocidad.
–¿Se acabó? ¿Ya se acabó?
–Sí, creo que sí –me dijo mi hermano sin voltear a verme.
–No es de dos vueltas, ¿verdad?
–Este, no… No creo.
Se detuvo el carrito por completo, me solté del seguro que me pusieron en el abdomen y mi mano temblante seguía deforme por la fuerza con la que me sostuve.

La calma me hizo sentir una necesidad urgente de dos cosas que no podía hacer al mismo tiempo: tomar algún refresco y vomitar.
Mi hermano volteó a verme y su sonrisa fue remplazada por cara de susto.
–Ve corriendo al baño, yo voy por la cosas –me apuró.-
Salí lo más rápido posible, miré atrás y vi a mi hermano sacando todo del locker que usamos para guardar las cosas mientras subíamos a la montaña rusa, cuando de repente vi el lugar en donde tenían las fotos que nos habían tomado.
¡Uh! ¡Souvenirs!
Olvidé por completo mis náuseas y el miedo. Había sobrevivido. Yo: Mimi Castillo era una sobreviviente de la montaña rusa del New York-New York Hotel.
Esto. Esta experiencia, merecía ser recordara en todo su esplendor.
–David, quiero una foto.
Sí, le dije sin realmente preguntarle, pues usé el derecho de “hermana menor” y le hice pagar la fotografía que estaba más cara de lo que realmente valía.
–¿Cuál?
Había dos de donde elegir: En donde salíamos sonrientes y peinados, y en la que mi cara era de negación pura ante lo que está por venir o la típica en donde sales con cara de trauma, aplastada, despeinada y terminas viéndote lo más fea posible.
Yo quería esa. Bye con las apariencias. Quería recordar que a pesar de mis miedos, y mis deseos de vomitar, yo había logrado mantenerme viva durante el los poco menos de tres minutos que dura el recorrido de la montaña rusa del New York-New York Hotel.
–¡La chistosa!

Ese día me juré y volví a jurar que jamás intentaría superar mi miedo a las alturas… Todos tenemos algo que nos supera, con lo que no podemos luchar y tenemos que aprender a vivir. Tal vez para mí, el miedo a las alturas es eso. Aprenderé a vivir sin poder cruzar puentes peatonales, estar cerca de la pared de vidrio de los elevadores, y evitando por completo los juegos mecánicos que involucren altura. Ni modo. Yo: Mimi Castillo, le tengo miedo a las alturas y acepto que me han superado y por ende,  tendré que vivir con eso. Por el momento.
Aunque lo acepto, admito que aún me causa conflicto. Pero me prometo, ¡no! ¡Me juro! Que no atentaré contra mi tranquilidad en ese aspecto. Al menos no en este momento. Tal vez inclusive ni siquiera en este año.

Actualmente la foto sigue ocasionando carcajadas en las personas, sea la primera, segunda o séptima vez que la ven.

Fin.

 

 

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