Vacaciones en las alturas. Parte 1.

Vacaciones en las alturas. Parte 1

Las vacaciones familiares nos daban oportunidad de muchas cosas: Conocer, comprar, adquirir souvenirs, pero yo solamente pensaba en la actividad que –estaba segura– me ayudaría a superar mi miedo a las alturas.

Así es, el 2014 estaba por terminar, pero aún tenía la posibilidad –y estaba decidida a aprovechar– la oportunidad para cumplir uno más de esos propósitos de año nuevo que venía arrastrando desde… ¿El 2011?

Woops.

Cual bebé que da sus primeros pasos

Le tengo como que ¡pavor! ¡Sí, eso! A las alturas. Desde siempre, desde chiquita. Tanto es el terror que me provoca que los puentes de la Plaza 401–los que viven en Monterrey seguro la conocen– no los puedo cruzar. Cada que me acerco al puente pequeño y de barandal de vidrio siento como si una fuerza me jalara hacia el suelo. Como si de repente la estructura fallaría haciéndome caer al vacío.

Bueno, antes de irnos de viaje, mi papá nos pidió que fuéramos al Gran Cañón y que nos subiéramos al Skywalk.

–Ok. Es momento de ir al Skywalk –nos dijo mi hermano y empecé a entrar en pánico: a pesar del frío noté que sudaba un poco.

¡Eww! Demasiada información, ¿verdad? Woops!

Respiración profunda: Adeentroooo. Afueeeera. Adentroooo. Afueeeraaaa.

Al llegar una señorita nos invitó a poner unas fundas en nuestros zapatos para evitar rayar el piso…Que es de vidrio. Sí. De vidrio.

Teníamos que hacer fila, al parecer solamente dejan pasar a un número de personas a la construcción que está cerca de 4 mil pies de altura. Así es, 4 mil pies entre donde estaba yo y el fondo del Gran Cañón. Genial.

–Ok, adelante– nos dijo la señorita muy sonriente.

Mi mamá entró primero.

Ok, Mimi. Concéntrate en tu mamá. Sigue a tu mamá. Es solamente una vuelta, sales de aquí rápido. Unos minutos y ya. Tú puedes. No veas hacia abajo. No veas…

–¡Mira, m’hijita! –me dijo mi mamá mientras se detenía y miraba hacia abajo.
Fuck!
Al pararse ella, tuve que detenerme y sentí que mis piernas empezaban a ponerse muy pesadas y a tensarse. Mi mamá me señaló algo y avanzó. Yo no me podía mover, así que la gente comenzó a sacarme la vuelta para adelantarse.
¡No! Mami. Regrésate.

El miedo se apoderaba de mí. A pesar de estar de pie en algo sólido, sentía como si una mano fantasma me jalara de las piernas y me intentará hacer caer. Tenía que salir de ahí rápido.

Por el terror a las alturas, sentía la necesidad de sentarme ahí mismo, en medio de la gente y hacerme bolita hasta que alguien se apiadara de mí y me arrastrara de la mano hacia la salida. Sí, nada de cargarme. No quería agregarle altura al problema.

Mis rodillas comenzaron a doblarse cediendo al miedo. Estaba a NADA de sentarme.

–¡Mami! –grité temiendo verme cual niña chiquita a punto de llorar, –¡No puedo! – le dije seguramente con cara de perrito regañado.
–Pues regrésate –me contestó antes de volver a mirar hacia abajo para luego avanzar.
Damn! Ok! ¡Mimi! Ok! Puedes salir de aquí, puedes salir de aquí tú sola.

Sin necesidad de que me lo dijera dos veces empecé a intentar moverme.

Ahora, no sé cómo sea para los demás, pero a mí las alturas me convierten en un híbrido entre El Hombre de Hojalata (el de “El Mago de Oz”) y Jason (sí, el de las películas de “Viernes 13”) y moviéndome como villano de película de terror pero con la cara de pánico cual víctima, comencé a caminar sin doblar las rodillas, con el cuello tenso y la sonrisa congelada, y regresé hasta la puerta principal.

Éee-xito.

Ya a salvo, le pregunté a la señorita cómo podía salir de ese lugar tenebroso y me señaló la puerta por donde llegaría mi familia al lado seguro –y sí, con seguro me refiero a dejar atrás el Skywalk–, en menos de 30 segundos estaba ahí parada, aún con las fundas cubriendo mis zapatos, cuando vi a mi hermana.

–¿Qué onda? –me dijo sin notar mi cara de trauma.
–Me regresé. No pude. –confesé mientras las dos volteábamos a ver a mi cuñado, quien estaba mirando, al igual que mi mamá, para abajo.

Ellos estaban ahí, campantes, en compañía de mi papá y mi hermano disfrutando de la vista. Tranqui. Relax.

Creo que mi hermana y yo sentimos que algo estaba mal: La valiente era ella y la que tenía una misión (superar el miedo a las alturas) era yo.

–¿Vamos a donde están todos? –me preguntó mi hermana mientras veíamos como unos niños salían sonrientes y relajados del puente.
Malditos presumidos.
–Este…Sí, vamos –le dije insegura.

Concéntrate en Nancy. Concéntrate en su cabeza. Sigue a Nancy. Si ella puede, tú puedes.
Avanzábamos las dos a paso lento pero seguro. Yo sin soltarme del barandal, ella sin mirar atrás.

Veía cada vez a mi familia más cerca. Casi estábamos en la meta cuando de repente un infante maldito del mal decidió que sería divertidísimo para todos que saltara sobre el vidrio haciéndonos sentir la vibración en los pies.

Nope. No, no, no, no, no.

De pronto tenía a mi hermana frente a mí, tropezando conmigo mientras buscaba la seguridad de estar fuera del puente.

Nos volteamos a ver con pánico y entre risas nerviosas creí que acordamos en algo: No regresar al lugar del terror cuando de repente…

–¡Mira! ¡Vamos para la foto! –y mi hermana valientemente y en pocos pasos ya se encontraba al lado de mi mamá y mi cuñado.

Damn it!

No había nada que pudiera hacer: no podía seguir la cabeza de mi hermana, tenía que animarme yo sola y llegar hasta ellos.

Di unos cuantos pasos en el puente y de nuevo mis piernas empezaron a ponerse tiesas, la fuerza malvada e invisible me hacía sentir que a pesar de la seguridad del piso sólido caería si daba un paso hacia delante. Mi corazón empezó a latir más rápido, mi respiración se hizo corta y superficial, y sentí como mis ojos empezaban a llenarse de lágrimas. Yo, Mimi Castillo, a mis 29 años, estaba a punto de empezar a llorar en medio del Skywalk.

Por favor alguien sáqueme de aquí. Alguien sáqueme de aquí ¡ya! Por favor ya.

Quería que alguien, quien fuera, conocido o familiar, se me acercara, me abrazara fuerte tapándome los ojos y me llevara hacia la salida.

No pedía mucho, ¿o sí?

Volteé a ver a mi familia. Ellos me echaban porras.

–¡No puedo! No me puedo mover, ¡es en serio! – les dije dándome por vencida.

Sin querer pensar en el fracaso, me di media vuelta y poco a poco, sin soltar el barandal comencé a caminar hacia la salida. Con cada paso sentía la falta de oxígeno en mi cuerpo, necesitaba caminar más rápido si es que no quería que pasar algo peor ahí mismo.

En el camino, un señor estaba intentando pasar y nos quedamos parados frente a frente.

No me voy a mover. Podría depender algo importante en el hecho de que yo suelte el barandal y le saqué la vuelta y aun así ¡no me soltaría del barandal y le sacaría la vuelta!

Al parecer él comprendió mis señales, pues con nervio pasó por mi lado derecho.

–Lo siento– fue lo único que pude articular mientras contenía las lágrimas.

Cuando estaba más decidida a dar rápidamente los pasos que me faltaban para llegar a la puerta y alejarme por completo de ese puente del mal, se acercó uno de los fotógrafos:

–Hola –me dijo tranqui, relax, –ven, vamos con tu familia. Te están esperando.
–¡No puedo! –le dije con cara de susto.
–No pasa nada, no pasa nada. Mira, date la vuelta.
Lentamente lo hice y tenía a mi familia de frente: Todos me veían, sonreían y me animaba.
–Vamos, acércate a ellos. Es para la foto. Tú puedes.
–No… –le dije conteniendo las lágrimas.
–Vamos, mira. Mira el cielo. Mira hacia el cielo y camina hacia ellos.
¿Y si luego por ver el cielo le sigo derecho y me caigo wey? ¡No!
–Vente, ándale. Si puedes, no pasa nada. ¡Bríncale! ¡Vente para la foto! – oía que decía mi familia animándome.
–Vamos. Míralas –me decía el chico de la foto refiriéndose a mi hermana y a mi mamá –Mira lo hermosas que son. Ve con ellas.

Otras personas que esperaban a que nos tomaran la foto para poder pasar veían con atención como me animaban y sonreían ante la situación. Sus sonrisas eran de ánimo, otras de nervio y otros de comprensión.

Qué oso Mimi. Qué. Oso.

Respiré profundo y me solté del barandal (¡sí, mi primero logro!) y comencé a caminar. Estaba más adentro del puente, pero para llegar a mi familia necesitaba cruzar (en las orillas hay material blanco y ahí no se siente tanto miedo, la parte fuerte es caminar por el medio, donde está el vidrio transparente) y así llegar hacia el otro barandal. El que estaba más separado de las puertas, el que dejaba disfrutar la vista. Tenía que cruzar el vidrio que era relativamente pequeño, pero que dejaba ver claramente la caída de 4,000 pies.

Damn it!

Al darme cuenta y antes de ver hacia abajo me detuve por completo. Otra vez. En eso, mi papá dejó el grupo para ir conmigo, estiró sus brazos buscando tomarme de la manos y entonces yo hice lo mismo, pero él comenzó a caminar hacia atrás dejando solamente que los dedos de sus manos rozaran los míos.

–Ándale, ven, tú puedes, tú puedes solita –me decía sonriente mientras veía como yo intentaba dar el paso.

Empecé a intercalar mi mirada entre la seguridad de la cercanía de mi papá, y mi mamá y mi hermana que me animaban, sonreían y me esperaban –literalmente– con brazos abiertos. Entonces a mis 29 años comencé a caminar cual bebé hasta ellos: primero insegura,  lentamente y tambaleándome, y después más rápido hasta alcanzarlos y sintiendo de nuevo la seguridad de estar a salvo cuando me abrazaron.

Expresiones como “eaaah” y “yeiii”, y unos cuantos aplausos y risas, fue lo que pude escuchar mientras mi cara aún seguía hundida entre los abrigos de mi familia. Lo había logrado.

–Ok, ya todos listos. Vamos a tomar las fotos: Volteen a la cámara. Levanten las manos y griten: Skywalk! –nos dijo el fotógrafo.

Las fotos fueron un éxito: Yo soy la que sale con sonrisa nerviosa y sin soltarse del barandal.

De regreso al hotel, reflexionaba sobre lo ocurrido: Había logrado tener las fotos del recuerdo –y una playera que se me atravesó– pero no pude perder el miedo a las alturas. No me sentía tranquila, no podía disfrutar la vista. Salí corriendo de ahí tan pronto el muchacho dijo: “Listo”.

Tal vez no era el momento, ni el lugar, ¿cuál era mi necesidad de cumplir un propósito de año nuevo? Lo venía arrastrando desde el 2011, ¿qué daba un año más? ¿Para qué llenar mis vacaciones familiares y de relax con actividades que me harían sufrir?

Ya más relajada y en total aceptación a vivir con mi fracaso empecé a felicitar a mi familia por lo relajados que estuvieron todo el tiempo: A mi mamá y su habilidad de ver hacia abajo sin problemas, a mi hermano por meterse tan rápido y quedarse ahí a esperarnos, y a mi cuñado, quien se supone también tenía miedo, pero logró quedarse ahí tranquilamente un buen rato.

Pasando por el hotel New York-New York mi hermano y yo vimos lo que era la pista de la montaña rusa del hotel. Estaba alta, muy alta y se veía “peligrosa”. Mi hermano volteó a verme emocionado.

–¿Qué onda? ¿Nos subimos?
Sonreí y estoy segura de me salió al estilo Mr. Burns de los Simpson. Había una nueva actividad que podría ayudarme a cumplir mi propósito.
–¡Sí! –grité emocionada.

Segunda oportunidad, aquí vamos.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s