La Maldición del Síndrome Premenstrual

La maldición del síndrome premenstrual

La maldición del Síndrome Premenstrual es normal, es lo típico, es algo que toda  mujer teme pero espera cada mes como un aviso de lo que está por venir. Ahora, dicen que el PMS (por sus siglas en inglés) dura varios días pero, en lo personal, para mí son solamente tres. Tres días en los que espero la suerte me acompañe…Y a las personas que quiero también.

Día 1: Sentimiento sin sensatez

La mañana de un domingo desperté, y lo que parecía ser el fin de una semana normal terminó siendo un día inundado por aspectos del Síndrome Premenstrual.

A media tarde y no tanto tiempo después de almorzar –al menos no lo suficiente– me sorprendí pensando en… Comida.

Tengo hambre.
¿Por qué tengo tanta hambre? Acabo de comer hace menos de tres horas, no puedo tener hambre.
Es gula. No tienes hambre, Mimi. No tienes hambre.

–Tacho, vamos por una Carl’s Jr.? –le dije a mi hermano de la nada mientras veíamos televisión.
–Vamos, pero tú manejas –me contestó mientras se ponía los zapatos.

Ya en el drive thru y después de pagar, la muchacha me pasó la bolsa de papel con nuestro pedido.

–Aquí van los refrescos –me dice la muchacha.
–Con cuidado –me dijo mi hermano al mismo tiempo –, ¡Mimi! ¡Aguas!
Al pasárselos uno de los refrescos cayó –por completo– en el descansa brazos.
–¡Perdón!
–No pasó nada, no pasó nada –, me dijo mi hermano mientras checaba que no se hubiera mojado.

No llores. No llores. Fue un accidente, no te está gritando, no pasó nada. Es Coca. Es refresco. Se lava el carro, no pasa nada. No llores. No tienes razón alguna para llorar.

–¿Vas a llorar? –me dijo mi hermano con cara de susto.
–No-o –intenté le dije, pero me temblaba la voz.
–No pasó nada. ¡Mira! Yo estoy seco, ¿te mojaste tú? –me dijo intentando calmarte y todavía con cara de susto por mi reacción exagerada.

Mi hermano es bien bueno… Casi lo mojo y no se enoja.

–No-o –le dije en un susurro ya casi son poder contener las lágrimas.
–Entonces, ¿qué fue?
–ES QUE TÚ Y PAPI SE LA PASAN PONIÉNDOME GASOLI-I-NA… Y-Y-Y LAVAND-O EL CARRO.. ¡Y YO LO ENSUCI-III-OOOO! –dije llorando histéricamente.

Su cara lo decía todo: Da Fuck?

Para no hacer el cuento largo mi hermano me pidió que me calmará, me dijo que él manejaría para que yo pudiera tranquilizarme y antes de llegar a casa, nos paramos en un OXXO para que él comprara su refresco –después de todo decidió que el que se cayó fue el de él y no el mío– y un chocolate… Para la nena chillona.
Mientras lo esperaba en el carro y ya con menos lágrimas en los ojos, el Síndrome Premenstrual empezó a atacarme con un sentimiento de culpa.

Tacho no me regañó, sabe que estoy sensible y aunque me equivoqué y apesté el carro, no me regañó. Y se ofreció a manejar, y me dijo que me calmara y me dejó poner mi música… ¡Mi hermano es bien bueno! ¡Y YO LO ÚNICO QUE HAGO ES GRITARLE!

Llegamos a casa y mi mamá al abrir la puerta y verme la cara empezó a regañar a mi hermano. Entre lágrimas le conté lo que pasó y con cara de susto mi mami empezó a hacer lo que una mamá hace mejor: Control de Daños.

Día 2: ¡Córtenle la cabeza!

El segundo día –lunes– comenzó normal. Iba camino al trabajo, sin prisa y sin tráfico cuando de repente:

–¡Maneja o quítate! –dije mientras le sacaba la vuelta a una señora que –pensándolo bien–, iba a una velocidad decente.
–Dude, vas por la de alta… –le dije a un señor de una pick up con carga. En esta creo que yo sí tenía la razón.
–O sea, acelera, bitch! No viene nadie… ¿A qué le frenas? –le grité histéricamente a otra mientras le sacaba la vuelta.

Pensé que todo iba normal hasta que llegué al trabajo. Como he mencionado en otros posts, soy docente (algo muy reciente):

Entro al salón de clases. Siento la irritabilidad irradiar por mi piel.

Hoy no es un día para molestarme, bromear, hablarme… Es el síndrome premenstrual: No respires en mi presencia.
–OK, clase. ¿Listos? Ya vamos a comenzar –me acerqué a la puerta para cerrarla.

Un alumno jugaba a no separarse de la puerta y por ende, no permitirme cerrarla.

Es un alumno. Tiene 15 años. Está chavo y se le hace fácil. Está bromeando. Solo quiere hacerte sonreír… Sonríe.

Lo hago, pero segura de que era más sonrisa tipo Guasón que Princesa de Disney.

¡Genuinamente!

Intento suavizar mi sonrisa.

–¿Listo? A tu lugar.

Era día de examen. Los alumnos tenían que hacer la parte de Listening primero, pero los estudiantes del salón vecino hablaban… Demasiado fuerte y mis chamacos –como les decía de cariño– se quejaban por eso.

–Antes de comenzar iré a pedirles que guarden silencio. Estén listos.

Fui y hablé con el profesor, me dijo que permanecerían en silencio.  Regresé al salón, pero aún se oían sus voces. Mis alumnos se quejaban de que no podían escuchar, por lo que regresé con el profesor un poco molesta.

–Disculpe, maestro… Tengo a mis alumnos en examen final de Inglés y vamos a comenzar con el Listening. Son solo 10 minutos que necesitamos silencio. Yo creo que no debe de ser mucho problema para usted, ¿no cree?

Regresé al salón  y se seguían escuchando las voces y gritos.

Hay algo que se llama “Control de grupo”, ¿lo conoce?

Consideraba fuertemente escribir un correo a la Coordinadora para reportar el comportamiento. Mientras decidía si escribir o no, uno de mis alumnos hizo una broma y todos se rieron.

–¿Para qué se quejan del ruido del salón vecino si ustedes están igual? ¿No que necesitan silencio para escuchar? ¿Cuál es el caso de ir a callarlos a los demás si ustedes mismos interrumpen el audio y hacen ruido?

Las risas se detuvieron de golpe. Sus caritas eran de susto.

Woops.

(Lo malo de dar clases a adolescentes, es que muchos de ellos –la mayoría– aún tienen caritas de niños. Regañarlos puede ocasionar un fuerte sentimiento de culpa)

Soy una bitch!

Después del examen y llegando a la casa sabía que era el momento en que por mi propio bien y el de los demás era necesario enclaustrarme en mi cuarto por el resto del día hasta que la ira –que llegó sin razón aparente–, abandonara por completo mi cuerpo.

Subí las escaleras sin hablar mucho, presintiendo que los demás sentían mi vibra y apoyaban la idea de que me encerrara por el resto del día.

–Vi.Ta –, me dijo mi hermano cuando pasé por su cuarto. Sonreí sin muchas ganas, intenté huir pues al verlo se levantó de su silla y sabía que se acercaría a la zona de peligro, –oye, ¿qué te vas a juntar con tus amigas hoy?
Tengo 29 años. Soy una mujer adulta. No tengo ninguna razón para estarte compartiendo mis planes.
–Sí –le contesté tajantemente.
–¿Crees que es prudente? Está lloviendo y hoy hay juego, habrá muchos borrachos en la calle.
Tal vez soy la menor. Tal vez soy más débil. Tal vez soy mujer y puedo hacer solamente la mitad de una lagartija. Pero te haré daño, hermano. Te haré daño si intentas controlarme: Te despeinaré antes de que salgas, esconderé su cigarro eléctrico o esa cosa, cambiaré el password de tu computadora, esconderé el control de tu juego… Algo, algo haré.

Respiré profundamente intentando calmarme.

Él me imitó.

Sed de venganza: Le quitaré el gas a tu preciada Coca. Aunque sea lo último que haga el día de hoy. Lo haré, hermano. Lo haré.

Se rió. Vio que me quedé seria, claramente molesta y eso le dio más risa.

Huuuulk! SMASH!
¡Muerte al desgraciado!
¡Tráiganme las cabezas de mis enemigos!

Antes de alcanzar a decirle algo hiriente, totalmente exagerado e inapropiado, volteé a la mesita de la estancia, había una pequeña caja con diferentes tipos de quequitos adornados con colores bonitos, se veían deliciosos, tiernos y felices.

¡Uh! Cupcakes!

Tomé uno y caminé lentamente hacia mi cuarto ignorado a mi hermano y dejando en claro que no estaba de humor.

El momento de peligro de mi hermano había pasado.

Día tres: Pobres almas en desgracia

Abrí los ojos la mañana siguiente con una sensación de pesadez en el pecho. Como si algo estuviera aplastándome. La tristeza invadía cada poro de mi cuerpo.

¿Por qué estoy triste? No ha pasado nada. No me he peleado con nadie. No me han regañado… ¡Pero todo está mal!

Noté como las lágrimas empezaban a acumularse en mis ojos sin razón aparente.

Tranquila. Respira.

Me levanté triste y sin muchas ganas me arreglé para el nuevo día laboral.

¿Para qué? Solo estoy rodeada de alumnos. No es como que aquí voy a conocer a alguien. No importa cómo me vea.

Respiré por un segundo.

¡No! ¡Mimi! ¡No! ¿Qué está pasando? Es un trabajo, tienes que verte profesional. La presentación lo es todo.

Logré terminar mi día laboral sin mucho problema. Camino a la casa decidí poner música para distraerme un poco.

No he terminado mi novela. Sigo solamente el blog. ¿En qué momento Mimi? ¿En qué momento podrás decir “Soy Autora”? Si te importa tanto, si tanto quieres hacerlo, ¿por qué no terminas la novela?

El sentimiento de culpa volvió a invadirme. Sabía que era el día: Estoy hormonal. Mis sentimientos tal vez si tienen una base, pero no es como que no estoy avanzando. Son exageraciones. Ando dramática. Ando hormonal. Es solamente el día. Ando sensible. Eso es todo. No pasa nada. No. Pasa. Nada.

Intenté cantar con la canción de Shake It Off de Taylor Swift y así animarme, pero no tuve éxito.

El tráfico seguía igual.  Me movía apenas unos centímetros. Decidí entrar a mis redes sociales por el celular. La verdad la calle era un estacionamiento, no importaba mucho si veía el celular en momentos.

Mi amiga Marianita estaba conectada en el Messenger de Facebook. Le mandé un mensaje saludándola y preguntándole cómo le ha ido en su viaje por Europa.
Mensaje en “Visto” pero sin respuesta.

Pensé que tal vez estaba ocupada así que me cambié al WhatsApp. Saludé a Carmen.

Una palomita. Dos palomitas. Palomitas azules.
Última vez a las…
Sin respuesta de nuevo.

Están ocupadas. No pasa nada. Solamente probaba suerte. No es personal.

Entré una conversación en grupo. Carmen contestó en esa conversación, pero no a mi mensaje.

Mis amigas ya no me quieren. Me han dejado atrás. Ya no les caigo bien. Ya se hartaron de mí.
¡Me quedaré sola!
Seguiré soltera y me quedaré sola para siempre, como en las películas cuidando de mis padres o sola en un departamento… Tal vez ya debería de darme por vencida, congelar mis óvulos o eso, comprarme un gato, ir viendo cómo serán los restos de mis días. Aceptar la realidad y que las cosas jamás cambiarán.

Sentí como una lágrima luchaba por correr por mi mejilla. Lo logró y la limpié con mi mano.

¿Qué. Onda. Conmigo?
Esto no es normal. ¿Qué día es hoy?

Decidí ese día también enclaustrarme en mi cuarto.

¡Soy una… DRAMA QUEEN!

Vi la aplicación que tengo en el celular que va contándome los días.

Ohhh… Un día antes. Mañana. Es eso. Está por explotar todo.

Intenté dormir, pero no lo logré sin antes pensar y torturarme con lo que dije pero no debí en primer semestre de preparatoria con el chavito que me gustaba en ese entonces, para luego recordar la pelea de hace tiempo con mi hermana en donde juré que no empecé yo y que no era mi culpa cuando yo, ella y todos los testigos sabían que sí.

¿Me disculpé? Tal vez debería de hacerlo. Aún no es demasiado tarde.

Me sentí abrumada con pensamientos del pasado y del futuro.

Siento muchos sentimientos en este momento.
Por favor. Ya. Ya no más. Suficiente.

Imploré como si alguien más tuviera el control sobre mis emociones y de rato me quedé dormida.

Día cuatro: Libre soy

Desperté y las cosas eran diferentes. No me sentía tan hinchada –seamos honestas, es parte del PMS–, y veía el sol más brillante. Mi pelo se acomodaba mejor. Las clases iban bien. Todo estaba bien en el mundo.

La tranquilidad había vuelto.

–Libre soy. Libre SOOOOY –comencé a cantar mientras me arreglaba.

De camino al trabajo cantaba alegremente las canciones de Taylor Swift, Aleks Syntek y Thalía. Le daba el paso a las demás personas y hasta les sonreía.

El mundo me quería de nuevo y yo quería otra vez al mundo.

El sol brillaba. Había pocas nubes. El viento soplaba y era fresco. Parecía un día perfecto. Como si Dios me estuviera diciendo: “¡Lo lograste!”.

Mientras terminaba de estacionar el carro sentí un dolor punzante en mi abdomen. Luego otro.

¡Auch! ¡Auch! ¡Auch!
¿Qué? ¿Ya?
No. Por favor. No. Apenas voy a empezar la clase.

Solamente fueron dos punzadas.

¿Falsa alarma?

Entré al salón, tomé lista y mientras daba clase volví a sentir ese dolor punzante.
Era como si alguien o algo trajera un pequeño cuchillo y me apuñalara de adentro hacia fuera.
Despistadamente y mientras mis alumnos hacían la actividad. Busqué en mi bolsa medicamento para el dolor, pero no traía nada.
Estaba indenfesa  en mi lucha contra el dolor por mi ciclo menstrual en un salón de clase, lleno de adolescentes en sugar rush.

Maldito. Cólico. Bitch. Del Mal. 

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