El antro y el elástico flojo

De antro y con elastico flojo

Voy a ser muy honesta: Estoy por cumplir 29 años y desde principios de 2014 que no iba a un antro. Sí, a ese lugar en donde personas jóvenes pero mayores de edad –se supone– se reúnen vistiendo sus mejores lookspara bailar, beber, tomar muchas fotos y bueno, divertirse en la noche.

Entonces cuando una amiga nos avisó: “Me voy a festejar en el antro Moda”, me emocioné y corrí hasta mi clóset como una persona que está por descubrir un mundo nuevo para ver qué outfit me pondría esa noche.

Se llegó el día y yo estaba lista con un vestido negro, con tacones –con esos con los que no puedo caminar y mucho menos bailar, pero que me veo 15 centímetros más alta–, maquillada y con mi pelo liso “todo menos perfecto”.

Llegamos a Moda, primero estábamos afuera y las quejas de algunos no se hicieron esperar: “Necesitamos más sillas”, “Estamos muy separados”, “Tenemos frío, ¿no tienen calentadores?”, “Tenemos calor, ¿pueden mover tantito el calentador?”…

Entonces, de repente ¡tuvimos suerte! Nos cambiarían a una mesa adentro –en el rincón y  a dos pasos de los baños–, pero donde el frío ya no sería un problema.

A pesar de que llegamos temprano –para que nos respetarán la reservación–, la gente que entraban al lugar se quedaba de pie cerca de sus mesas. Comenzando así el problema de dolor de pies, pues claramente no seríamos las aburridas del antro que estaban sentadas esperando a que mejorara el ambiente del lugar.

Pasaron los minutos y nosotras estábamos de pie: unas platicando, otras checando el celular, unas ya quejándonos de los pies cuando el mesero logró obtener nuestra atención al insistirnos –amablemente– que ordenáramos nuestras bebidas.

Optamos por una botella de whisky y su respectivo servicio.

Una botella de whisky más el servicio entre nosotras…. $250 pesos por un vaso. Wow, la bebida más cara que he tomado.

Así, mandamos al mesero a que nos trajera la botella  con la esperanza de que su insistencia y “buen servicio” durara toda la noche –¡ja!–, sin embargo, mientras comenzábamos a dar un vistazo a nuestro alrededor observé una mesa que estaba cerca de nosotros. Todos se veían menores de 25 años. Todos.

Empecé a preocuparme porque mi mesa pertenecía al grupo de “adultos mayores”, si es que había otros “mayores”.

Actitud. Es cuestión de actitud.

Intentando contagiarme de la energía de aquellos más jóvenes –cual bruja en los cuentos infantiles, pero sin ser una y sin tener malas intenciones –, y comencé a bailar con mis amigas.

La música era electrónica, de esas que duran como ocho minutos y no tienen ningún tipo de letra… De repente, cambio la tonada. Todos gritaron al unísono.

–¡Uuuuh! –grité emocionada, como los demás.
–¿Qué canción es? –me dijo una amiga gritando para que la escuchara sobre la música.
–¡No sé! –le dije honestamente.
–¿Y por qué gritaste?
–Porque los demás lo hicieron  –le contesté medio apenada–, supongo que es una canción de moda, pero no sé cuál es….
–¿Shazam?
–Shazam.

Mi amiga sacó su celular y abrió la aplicación para que nos dijera qué canción era la que emocionaba a todos. Mientras esperábamos a que funcionará:

–Es como la Britney del momento –nos dijo una chava menor que iba de pasada a los baños, –es súper buena, es bla bla bla– nos comenzó a contar sobre la vida de la cantante.

Ese momento incómodo en que personas 5 años más chicas que tú te dicen quienes son los cantantes de moda.

–Yo me quedé con Taylor Swift y Katy Perry… ¡De ahí en adelante ya no conozco! –le dije medio en serio y medio en broma.

Reímos forzadamente.

Seguimos bailando y cantando. Viendo de repente –cuando pasaban– a los chavos, tomándonos fotos antes de que la noche comenzara a afectar nuestra apariencia, buscando obtener la foto de perfil perfecta, y observando la forma en que bailaban las otras chavas.

Ok, moviendo caderas: Cadera, cadera, cadera, con ritmo, cadera, cadera.

Entonces, de repente la canción cambió –de nuevo– y la gente alrededor comenzó a brincar al ritmo de la música, y por ende, nosotras también.

Comencé a emocionarme. Mis amigas  y yo nos dejamos llevar por la diversión y empezamos a imitar a los demás al brincar y gritar, como si estuviéramos en un concierto cuando me detuve en seco.

Sentí como mis calzones empezaban a deslizarse y dejaban de estar en el lugar correcto.

¡Noooo!

No, no, no, no, no, no.

Intenté tocar despistadamente mi trasero para encontrar el punto exacto en que se encontraba mi ropa interior. No podía sentir nada por culpa de mi vestido.

Damn it!

Vi a unas chavas salir del baño y pensé que lo mejor que podía hacer era entrar y arreglar en privado el asunto.

Intenté dar un paso cuando sentí que con mi movimiento mi calzón se deslizaba aún más.

Chin.Cheros.

Estaba en pánico, ¿qué podía hacer? Sabía que mi cara lo decía todo. Tenía miedo de que con toda la gente a mi alrededor mis calzones dejarán de cuidar mi traserito y se ubicaran –por decisión propia– en mis tobillos.

Tenía que despistarle. Comencé a mover mi cabeza al ritmo de la música e intentando sonreír mientras pensaba en la mejor forma de arreglar la situación.

Oso. Oso.
¡Por favor Diosito!
Me voy y nunca regreso.
No vuelvo a pisar este lugar.

Me encontraba en un dilema interno de si olvidar toda apariencia y ahí mismo, por encima de mi vestido, arreglar la situación o si pedirle a una amiga que me apoyara y me cuidara las espaldas mientras corría los pocos metros que había entre el baño y yo.  Cuando de repente:

–¡Miss Mimi!

NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO.

Volteé asustada al escuchar mi nombre acompañado del “Miss”, tres de mis alumnos de mi época de Tutora de secundaria, tres de mis “chamacos” –como les decía de cariño– estaban parado ahí, a unos pasos de mí.

–¡Foto con la miss! ¡Foto con la miss!
–¡No! –dije medio asustada, medio bromeando y medio en serio.
–Miss, ¿qué hace aquí? –me pregunta otro de mis exalumnos. ¿Qué acaso decidió todo mi exsalón juntarse aquí esta noche?
–Vengo al cumpleaños de una amiga. ¿Qué no se supone que no pueden entrar? –les dije claramente alterada de topármelos ahí. Si he tenido una pesadilla desde que me convertí en tutora era esto. Específicamente este escenario. Que ellos crecieran, se convirtieran en personas mayores de edad y me los toparía en una de mis salidas con las amigas.
–No, miss. Somos mayores de edad. Yo tengo 19, ellos tienen 18 –me dijo el mayor de ellos con una sonrisa.

Mis “alumnos” son mayores de edad, caí en cuenta de eso, mientras que yo los hacía de 14 y 15 años. Ellos ya iban y entraban a los mismos lugares que su maestra de casi 29. Bueno, ya no son mis alumnos.

–Bueno, gusto en saludarlos –les dije sin esperar a que continuara la plática. Lo menos que quería era tenerlos frente a mí cuando estaba a segundos de pasar el oso de mi vida.

Por favor, por favor, por favor. Váyanse.

Por favor, por favor, por favor. Lejos. Muy lejos de la miss. Del otro lado del local.

–Sí, miss. Que se divierta.
–Sí… ¡No tomen mucho!

¡Ay! Parezco mamá.

–¿Quiénes eran? –me preguntó una de mis amigas.
–Alumnos míos de cuanod fui tutora. Mayores de edad. Aquí. En el mismo lugar que su exmaestra.

Nos volteamos a ver serias. Dejé que mis palabras se quedaran en el ambiente.

–Qué oso, Mimi.
–Ya sé.

Ya no podía más. El dolor de pies me estaba matando –literalmente– y la sensación de que estaba a punto de perder mis chones de su lugar, el estruendo de la música y los gritos de la gente, empezaron a abrumarme. Estaba a punto de decirle a mi amiga la verdad, olvidando toda vergüenza cuando de repente:

–¡Mimi!

Volteé al escuchar mi nombre. Era Juan, mi crush de hace unos meses. El de antes de Fulanito.

O sea, nunca me topo a nadie cuando salgo.

¿Me tengo que topar a todo hoy?¿Hoy?

–¡Heeeey! –le dije intentando verme emocionada.

–¿Qué onda? –me dijo mientras se acercaba a saludarme lo suficiente, pero no por completo, como quien espera que la otra persona haga el mismo movimiento.

Lo vi diferente, algo tenía en su apariencia que lo hacía verse más intelectual y, como… sexy.

¡Qué guapo!

Y noté la diferencia: Tenía barba.

Una vez más, un chavo más con barba entraba –de nuevo– a mi vida.

¿Tengo un fetiche con las barbas? ¿Es eso posible? ¿Por qué me gustan tanto las barbas? ¿Qué es un fetiche?

Le sonreí y empecé a jugar con mi cabellera.

¿Qué no tiene novia? ¿Cortó? Creo que cortó. ¿Estará ya saliendo con alguien? Le estoy coqueteando. Si está soltero, ¿verdad?

Cuando intenté dar un paso para saludarlo sentí como mis calzón se resbalaban un poco más. Para este punto ya quedaba solo un 40% de chones bien puestos en su lugar, por lo que si me acercaba, si daba un paso, un movimiento en falso y…

¡Pum! ¡Fiesta!

Me quedé en mi lugar, sonriéndole pero sin moverme.

Lo siento. Te lo juro que no soy mamona. No te vayas. Acércate tú. Porfis, pofis, porfis.

Terminó por acercarse por completo a saludarme. Comenzamos a platicar un poco. La música y el ambiente se ponían cada vez mejor y él empezó a moverse al ritmo de la música.

Y entonces comenzó la música banda.

Noooooooooooooo.
¿Por qué fregados siempre ponen música agropecuaria?
No me saques a bailar. Por favor no.
¡Mis calzones!
¡Pero no te vayas! Nada más sin bailar.

Entonces Juan puso su mano frente a mí claramente pidiéndome que bailáramos y no pude evitar sentir otra cosa más que pánico. El movimiento haría que mis calzones dejaran su lugar por completo.

¿Si me sordeo? Está oscuro. Si se caen, ¿se notará?

Pensé que tal vez lo mejor sería ceder ante mi suerte y al primer movimiento aventar mis calzones con un zapato lo más lejos de mí que pudiera y evitar así que la evidencia quedara cerca de mí.

Soy una mujer fuerte, inteligente, independiente y segura de mí misma. Esto no me define. Es una historia más que contar, ¡es para el blog!

Entonces la banda saludo a los asistentes y Juan volteó hacia el escenario. Mientras él gritaba con emoción por el inicio de la música busqué con la mirada a mis alumnos. Estaban del otro lado, también viendo al grupo.

Ingesu…

Sin pensarlo dos veces toque mi cuerpo por encima del vestido hasta dar con la orilla de mis calzones. Estaban más debajo de lo que quiero admitir. Tomé la orilla con mis manos y los subí hasta dejarlos en su lugar, pero con el movimiento subí también un poco mi vestido. Terminé por acomodar mi vestuario y me aseguré de que todo estuviera de nuevo en su lugar cuando noté que Idalia me veía.

Su cara lo decía todo: “¿Qué haces?”. Le hice un gesto de “al rato te cuento” justo a tiempo en que Juan volteaba de nuevo conmigo y sin preguntar me tomaba de la mano y por la espalda, y comenzamos a bailar al ritmo de la música.

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