Confesiones de una blogger

Confesiones de una blogger

Ok. 12:00 am, ya se publicó el post de hoy, pienso mientras abro la aplicación de WordPress en mi iPad para checarlo. Veo que todo está en orden y decido por fin dormir. Pasan no más de quince minutos: ¿Y sí olvidé algo? ¿Corregí los errores que me dijo Nancy? ¿Y si puse un nombre real?

Vuelvo a checar la entrada. Falsa alarma, todo está en orden.

Esto es solamente una prueba de lo que me sucede cada martes. Sí, me da un estilo de paranoia, pero hay más cosas detrás de cada uno de mis posts.

Confesión #1: La católica en mí teme lo peor

Como muchas católicas, temo que San Pedro aplique conmigo el famoso “nos reservamos el derecho de admisión”. Deja tú el karma. Que alguien intente hacerme daño en son de venganza es algo terrenal, podré lidiar con eso si es que llegará a suceder –que honestamente lo dudo–, no, eso no es lo que temo. El infierno y sus llamas. Ese es mi miedo profundo.

Mientras logro mi cometido: escribir, publicar en mi blog y por un momento entretener a través de la lectura. Por dentro temo las consecuencias de mis actos: Arder en el infierno por usar mis experiencias con algunas personas para el entretenimiento de otras.

Sí, cada martes siento el calor de las llamas del fuego del infierno hacerme cosquillas en los pies.

Confesión #2: Me da pánico que lean lo que escribo… Y que no lo lean también

Después de publicar, como buena escritora-blogger empieza un pánico y dilema interno: ¿Y si nadie lee? ¿Si ya se hartaron de mi blog? ¿Y si no les gusta lo que publiqué ahora? Ok, Mimi, no todo lo que escribas va a gustar, no siempre te van a leer. Puede que no sea lo mejor que hayas publicado, pero sigues escribiendo, sigues aprendiendo y  mejorando.

Intento tranquilizarme.

Pero y si por un mal post pierdo lectores. ¿Tengo lectores? Más allá de mi familia y amigos. ¿Debería de importarme eso?

Respiro profundo.

Es mi peor publicación, ¿por qué la compartí? ¿Por qué la publiqué? ¿Por qué tengo un blog? ¿A quién le interesa leer esto? ¿Le interesa a alguien esto? Estoy preocupada por algo que de seguro nadie leyó.

Abro la aplicación de WordPress, veo las estadísticas y me sorprendo por el número de lectores del día.

Ok, hay quienes si leen. ¿Se darán cuenta sobre quién escribo? ¿Es obvio? ¿Doy claves? Por eso leen, porque saben sobre quién escribo, y me dedico a releer lo publicado buscando pistas que me delaten. Nada. Al menos nada obvio para los demás.

¿Y si Fulanito lee?

Confesión #3: El sentimiento de culpa es real

Hubo un post que me tardé aproximadamente dos meses en publicar, es una historia basada en hechos reales, pero cuyo final, clímax e inicio… ¡vaya! Nada fue bueno.

Ese martes por la mañana antes de salir al trabajo, di “compartir” en mi post de la semana para que se publicara en Facebook. Red social en la que tengo como contacto a la fuente de inspiración: Fulanito.

Ya había escrito anteriormente sobre mi experiencia con esta persona, así fue como nació otro de mis posts, pues aunque nunca pasó nada con él, toda la etapa de “me gusta, ¿le gustaré?” fue bonita y divertida por lo que decidí compartirla. Exponiendo así mis sentimientos y pensamientos y solo omitiendo aquellos sucesos que si los publicaba, sabía que el cambiar nombres y aspectos físicos no hubiera servido de nada.

Pero, esta nueva entrada en mi blog era diferente: mostraba la otra cara de la moneda. Después de un dilema interno de “publico y comparto o no publico y no comparto”, decidí a hacerlo y “que la suerte esté siempre de mi lado”. Me fui al trabajo decidida a no ver los comentarios de Facebook ni las estadísticas de visitas en mi blog.

#epicfail

Fui sorprendida por diversos Inbox y conversaciones por WhatsApp: “¿Quién es él? “¿Dónde vive?” me preguntaban aquellos amigos sobrepotectores. “Está muy padre Mimita”, me decían otras amigas.

La “popularidad” del post me hizo tener sentimientos encontrados: estaba feliz de que la gente lo disfrutara y temía que su “popularidad” llegará a los ojos de mi fuente de inspiración.

Mientras contestaba los comentarios, empecé a checar que a la persona la siguiera teniendo como “amigo” en Facebook. No había actividad de su parte, no había comentarios ni likes que me dijeran “sé lo que hiciste”.

“No tengo el hábito de la lectura, la verdad nunca me ha gustado leer”, me dijo alguna vez y era la oración que repetía constantemente para calmarme.

Él no lee, ¿por qué habría de interesarle esto?

Entonces continué con mi día y pasó lo que nunca: amigos en común comenzaron a comentar y a compartirese post: Oh! Happy Day! Y pánico. Mucho.

Con cada notificación de “compartido por…” que me llegaba yo empezaba a preparar mi defensa: “La verdad más allá de tu barba, no pongo nada, nadie estuvo ahí, nadie que te conociera, ¿por qué habrían de saber que es sobre ti? Además, ¡me la paso escribiendo de lo mucho que me gustabas! ¡Si alguien se expone ahí soy yo, no tú!”.

Decidí que si nunca leyó el primer post, no tenía razón alguna para que de repente, por cosas del destino, le diera curiosidad de ver sobre lo que escribía justo el día en que publiqué sobre ese suceso.

Aun así, le pedí a Dios señales y esto fue lo que pasó:

En una de mis clases, mientras escribía en el pizarrón las instrucciones de una actividad, mis alumnos comenzaron a cantar –de la nada– la que tengo por entendido es la canción favorita de Fulanito.

Dejé de escribir en el instante en que reconocí la canción y los volteé a ver con cara de pánico: “¿Qué? ¿Qué cantan?”

Cantamos “Happy de Pharrell”, me contestó uno de ellos, “pero ya miss, ya no vamos a cantar”, me dijo otro claramente pensando que los iba a regañar.

–¿Y por qué cantan esa canción?
–No más…
–¿La estaban escuchando?
–No, no más me acordé y la comencé a cantar y luego ellos se unieron.

Es una señal. ¿O leyeron? ¿Saben que tengo un blog? No, muy apenas se  acuerdan de mi primer nombre, ya se van a saber mis apellidos. Es una señal, leyó. ¿Debo de hacer algo? ¿Debo disculparme? ¿Mejor borro la entrada? ¿Por qué me decidí a publicarla?

Le mandé mensaje a una amiga: “Mimi, cálmate. Para leer tiene que entrar a Facebook, ver inicio hasta donde salga lo tuyo –que fue a primera hora de la mañana–, darle click y comenzar a leer. Tu dijiste que es un hombre muy ocupado, dudo mucho que tenga tiempo para hacer eso”.

–O interés… –le contesté intentando calmarme.

¿Por qué habría de meterse? ¿Por qué habría de interesarle leerte? No seas egocéntrica, Mimi.

Entonces seguí con mi día, normal. Intentando luchar contra esa paranoia. Así, me decidí ir a Liverpool a hacer unos pagos, cuando lo voy viendo. A él, Fulanito.  A quién nunca me topaba. Y a quien vi, de la nada, de repente, justo ese día en que publiqué esa historia.

Ok, ya, ¿quería una señal? Aquí la tengo.

Entré en pánico, sentí toda la paranoia invadirme sin dejar rastro de una persona con sentido común y racional.

Me escondí. No me importó si alguien se daba cuenta de mi comportamiento extraño, pero en la sección de bebés –en donde están las cunas– me agaché y saqué la cabeza un poco, solo lo justo para poder verlo pasar y alejarse de mí.

Empecé a sentir un cosquilleo en mis manos. Necesitaba confesarme, pero no con un sacerdote, sino con él.

Notaba como la verborrea se intensificaba en mi garganta y los efectos que tenía sobre mí: me pedía que le marcara para poder explicarle todo, inclusive pedir perdón si era necesario.

Respiré profundo. Sabía que no tenía razón alguna para hacer esto. Y entonces cerré los ojos y pedí un deseo: Qué el día se acabara para que mi post fuera “noticia vieja” en Facebook.

Ese día me prometí nunca volver a escribir un algo del estilo, pero sobre todo me prometí jamás volver a escribir algo que lo involucrara a él….

Mmmm, claramente después de esta publicación #epicfacil #yolo

Confesión #4: Usaré calzones morados nunca más

Todo comenzó un martes, cuando publiqué una entrada sobre un consejo que me dieron sobre usar calzones morados  –a diario– y traer conmigo un pájaro muerto –colibrí disecado–, para cambiar la suerte en mi vida amorosa.

Después de dar compartir en Facebook –algo que hago todos los martes–, llegué a mi lugar de trabajo y antes de comenzar con mi labor, fui al baño y ¡oh! Traía calzones morados. Justo el día en que escribí sobre ellos.

–Ok, clase. Vamos a empezar –dije antes de estirar mi brazo izquierdo para escribir en el pizarrón.

Calzones morados.

Me toqué la espalda baja, noté que no había peligro: la blusa aun me tapaba lo suficiente y mis calzones estaban en su lugar, nada de sobresalir por los jeans.

–Emmm… Lorena, ¿puedes escribir en el pizarrón? Yo te dicto.

Me cansé de estar parada: Di clase y los alumnos estaba con su actividad. Veía con anhelo la silla del profesor, pero temía sentarme. Los volví a observar y noté que todos o estaban concentrados en actividad o estaban concentrados platicando entre ellos. Nadie me veía a mí.

Me senté y disfruté el descanso de mis pies por un instante.

–¿Miss? –me dice una alumnita.

Me siento más derecha al escuchar su voz y tocó mi espalda. Parte del calzón a la vista.

Calzones morados a la vista. En mi salón de clases. Frente a mis alumnos.

Oso. Mimi. Oso.

–¿Dime?

Intenté escuchar con atención lo que me preguntaba, pero solamente tenía una cuestión en mi mente: ¿Se me vieron los chones? ¿Viste mis calzones? ¿Notaste la ropa interior morada… De tu MAESTRA?

Se quedó callada. Esperaba una respuesta.

–Emmm…¿Cómo? –le pregunté. Claramente no podía contestarle si no le puse atención a su duda.

Así es como pasó mi día. Llegando a casa, decidí cambiar mis chones morados por otros.

Actualmente, como considero que mi post es uno de los más recientes, soy muy selectiva ante el color de la ropa interior que usaré cada día.

Confesión #5: Tinder. La fuente de inspiración

Admito que las cosas han cambiado. Solía considerarme una chava racional, con buenos instintos de preservación, pues antes cuando un chavo  que conocía por la aplicación tenía cierta actitud  –peculiar– que me hacía pensar: Corre.  Ahora es una fuente de inspiración: Correré por mi vida, pero primero… dime más de ti.

Así, actualmente me he dado cuenta de que veo las cosas con otros ojos: soy más observadora y analítica por un lado, pues mientras sucede algo que puede ser considerado común, yo lo veo como algo extraordinario que puede ser una fuente de inspiración o una nueva publicación para mi blog.

Entonces, en momentos en que fallo en ver lo extraordinario en lo ordinario, he instalado de nuevo Tinder solamente para encontrar a mi nueva fuente de inspiración momentánea.

Confesión #6: Esto sigue siendo un post de mi blog, por lo que no necesariamente todo lo revelado es cierto.

(:

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