El sapo que se creía príncipe. Parte 2.

ILUSTRACIÓN4

¿Y ahora qué?

Me preguntaba mientras estábamos de pie frente a la pista de baile. En silencio. Sin voltearnos a ver, sin movernos. Con el roce de su saco en mi brazo. Su maldito saco. ¿Alguien dijo “momento incómodo” acaso?

Demonios.

En la pista las personas empezaron a hacer el trenecito, Mony me animaba a unirme a la fila, volteé a ver a Fulanito:

“¿Quieres ir?”, le dije lo más animada posible y sintiendo como se rompía una barrera cuando hice contacto visual.
“No… La verdad me da pena, no conozco a nadie”, me dijo, “si quieres ve y yo te espero”.

Ya sabía que me iba a decir que no, pero no perdía nada con preguntarle. Obviamente no lo iba a dejar solo… Después de todo, aunque llegó tarde, estaba ahí para acompañarme. No conocía a nadie. No podía dejarlo solo. Al menos eso fue lo que me enseñaron mis padres: Si alguien te acompaña a un evento debes integrarlo, hacerlo sentir cómodo, que se divierta, atenderlo.

Recordé lo que mis papás me han dicho un sinfín de veces, entonces respiré profundo y tomé la decisión de olvidar lo que Fulanito había hecho y me sentí más animada:

¿Y qué? Llegó unas tres o cuatro horas tarde, pero ya estoy aquí, con el chavo que me gusta. Aprovecha el tiempo Mimi, aprovecha el tiempo. 

Aun así, no podía sacudir por completo mi enojo.

¡Bueno! Primero lo primero; ver que tuviera todo lo que necesitaba: “Vamos a la mesa”, le dije mientras lo tomaba de la muñeca para guiarlo hacia nuestro lugar.

La posición de mi mano en su muñeca era incómoda, entonces –despistádamente– sin voltearlo a ver lo tomé de la mano… Se vale, aunque estaba molesta, necesitaba guiarlo, ¿no? Aunque estaba enojada con él, MUY enojada, no lo iba a dejar caminando sin que él supiera hacia qué mesa nos dirijíamos. Tenía que guiarlo. ¡No me quedaba de otra!

La música seguía, el mesero no tardó en acercarse y ofrecerle una bebida cuando lo noté: Fulanito estaba cansado, muy cansado. Al estudiar bien su cara se veía que tenía sueño, mucho.

¿Se tardó porque estaba dormido? Lo dudo, la verdad creo que estaba de fiesta…

Me pidió que lo acompañara a la mesa de postres, dejándome en claro que necesitaba algo dulce para despertarse.

Sentí que mi celular vibró, recibí uno de los últimos mensajes de la noche. Era mi mamá: “Mimi, ¿todo bien?”, me preguntó.
“Sí, ya estamos aquí”, le dije sin querer dar mucho detalle.
“¿Te dijo por qué llegó tarde?”.
“No, pero creo que está cansado. Tal vez se quedó dormido”.
“¿Dormido? Si se ve cansado… ¡Ay! Checa que no huela a alcohol, si se ve cansado es porque a lo mejor anda tomado”.

Ya no le respondí a mi mamá y decidí ponerle atención a Fulanito, pero la verdad es que no podía dejar de pensar en lo que me había dicho: ¿Realmente llegó tarde porque andaba de fiesta en otro lugar?

Empezamos a platicar, pero yo más que necesitarlo para hablar lo necesitaba para bailar; no recuerdo cómo fue pero platicábamos sobre viajes. Le dije que se me hacía muy padre viajar, pero que yo no podía hacerlo tan seguido por falta de un mejor puesto.

“Pues ponte a trabajar”, me dijo, dándome a entender que necesitaba trabajar para crecer en la empresa en la que tenía menos de tres meses de haber entrado.

O sea, si de por si el chavo me caía mal –en el momento–, ahí quise cachetearlo.

Sí, pues verás, claramente tengo este puesto porque quiero. Decidí libremente aceptar la propuesta laboral de este lugar porque estoy cómoda y feliz con el salario representativo que me dan por trabajar -inclusive-en fines de semana. Tengo un plan y ese es quedarme en este puesto para siempre. No haré mi novela, no seguiré con mi blog, quiero ser una asistente para siempre, no busco crecer. Estoy en este puesto porque así lo decidí.

“Créeme, estoy intentado arreglar eso… Lo más pronto posible”, le dije lo más tranquila que pude.

En ese momento me puse triste, me sentí juzgada por él, como si pensara que soy una floja, mantenida o que no sabe nada de la vida, lo que quiere y hacia dónde va. Como si fuera menos que él por no tener un mejor puesto.

¿Por qué estás haciendo esto Fulanito?
¿Por qué lo permites Mimi?

Hubo un momento incómodo, otro. Al menos para mí. Volteé a ver a la gente bailando mientras él terminaba de tomarse un refresco y de comer los últimos postres que estaban en su plato. Si mal no recuerdo, pidió otro refresco… Supongo que así de cansado estaba.

Volvimos a platicar. Ahora sobre él. Todo sobre él. Después de su comentario, ¿realmente crees estimado lector –si es que alguien está leyendo esto– que quería abrirme con él y contarle mis cosas? Obvio que no.

Me platicó de sus planes profesionales, viajes futuros y metas alcanzadas, pero hubo un momento en que yo ya estaba más que lista para bailar y empecé a desviar mi atención a la pista de baile, entonces él quiso recuperarla tocando mi mano…

“Bla bla bla”, la verdad no sé qué me dijo. La música no ayudaba mucho a la plática.
“Vamos a bailar”, le dije al mismo tiempo en que él habló y lo tomé de la mano… Y no lo solté.

(Pausa para recordar el momento y decir: ¡Qué OSO, Mimi! De nuevo).

Woops…?

En mi defensa: ¡pensé que íbamos a bailar! Que –de hecho– me estaba sacando a bailar. ¡Lo juro! Pinky swear sin hacer changuitos.

Bueno, entonces estábamos en la mesa, solos, tomados de la mano. Sí, nuestras manos juntitas, apretujadas y descansando en mi regazo y no nos volteábamos a ver.

Silencio incómodo. De nuevo.

Quita la mano Mimi. Quita la mano. ¿Si lo suelto se ve mal? Yo lo tomé primero. Esto es mi culpa. Fui yo, empecé yo. ¡Dios mío! ¡Empecé yo! ¡Qué oso Mimi! Va a creer que me gusta, va a SABER que me gusta, ¿ya sabe? Sí sabe, ¡obvio! Por eso me trata así. ¡Ay! No. Quita la mano. Él no me suelta, ¿por qué no quita la mano? ¡Quita la mano! Quita la mano ya… A la una, a las dos, ¡a las tres!… Mimi, hazlo. Solamente quita la mano. Suéltalo, Mimi. Ya. 

Yo no quitaba la mano. Él no quitaba la mano. Nadie quitaba la mano. Y sí, me traumé con eso de las manos.

La verdad, tengo que ser honesta, esta no fue la primera vez que me pasó algo similar: yo tomando de la mano a un hombre y no soltarlo. ¡No lo sé! Creo que no reacciono bien y creo que si no “quito la mano” nunca se darán cuenta de que está ahí.

Entonces así estábamos, sentados, él viendo hacia no sé dónde y yo “apreciando” el centro de mesa sin realmente ponerle atención porque de lo único que era consciente era de la sensación de su mano con la mía.

¡Y no! Nada de: awww…

Estoy segura de que fue inconsciente, pero cuando empezamos a hablar de nuevo –aún sin soltarnos– , él empezó a mover su pulgar como “acariciando mi mano”.

Obviamente no tengo la menor idea de qué estaba hablando él en ese momento porque me empecé a poner más nerviosa.

Maldito bitch!

¿Qué estás haciendo? ¿Qué está pasando? ¿Cómo? ¿Qué? ¡Deja eso! Estoy enojada. Me caes gordo. Esto no significa nada. Te tomé de la mano pero no significa nada Fulanito. Pensé que íbamos a bailar. Esto no cambia nada. Estoy enojada ¡y ya no me gustas!

Y de repente él ve unas Halls en la mesa: “Oye, ¿me das una?”
“Sí, no sé de quién son, pero tu agarra”, le dije.

Y sin soltarme Fulanito intentaba abrir las Halls con una sola mano. Obviamente no podía. Tomé la decisión y lo solté. Tenía que…

Me sacrifiqué por el bien de su maldita Halls…. Sin rencores contra la pastilla, claro está.

Estúpida pastilla.

Mientras él guardaba el resto y las ponía de nuevo en la mesa, yo no hacía nada más que observarlo. No me importaba ser obvia. Quería hablar con él. Quería saber qué había pasado.

¿Por qué llegaste tarde? ¿Por qué no te reportabas? ¿Por qué ni siquiera me puedes pedir una disculpa? ¿Por qué te vale?

Entré en una mini depresión momentánea. Admito que, por un ratito… Aún tenía la sensación de su mano con la mía. Fue extraño. Estaba enojada, confundida y triste, y aun así, quería tomar de nuevo su mano.

Estúpida Mimi.
Maldito bitch!

De repente como que él fue consciente de su papel, trabajo, responsabilidad y por fin nos paramos a bailar.

¡Oh! Error garrafal. La verdad no sé si fue porque él estaba cansado o porque yo estaba enojada –OK, ya no estaba enojada, estaba nerviosa– o qué, pero no bailábamos bien… Y se me hizo raro porque ya habíamos bailado anteriormente y sentí que si podíamos hacerlo decentemente: que le seguía el ritmo, que nos divertíamos, que los pasos fluían.

¿Qué pasó ahora? ¿Era el vestido? ¿El piso? ¿Los tacones? ¿Su cansancio? ¿Mi nervio o enojo? ¡¿Por qué no podía bailar bien con el chavo que me gustaba?!

Después, cuando superamos esa etapa extraña de baile, algo sucedió con el tirante de mi vestido, pues empezaba a caerse de mi hombro –y él se detenía constantemente a esperar a que me lo acomodará – pues “no se me fuera a ver algo”. Eso empezó a frustrarme, pues cuando estaba empezando a encontrarle el ritmo y poder seguir el paso, él se detenía por mi maldito tirante. No lo sé, tal vez pensaba que si se caía el tirante se caería todo el vestido.

Dude! Relax!  Sé cómo controlarlo.

Empezó la Bachata y entré en pánico.

Recordé que en todas las fiestas él sacaba a bailar a mi amiga Marianita, quién baila la bachata muy padre: “Prométeme que me enseñarás a bailar Bachata antes de la boda”, le dije en una ocasión mientras la dejaba en su casa:
“Te lo prometo”, me contestó.
“Pinky promise?”, le dije mientras la señalaba con mi dedo meñique.
“Pinky promise”, me contestó mientras enganchaba su dedo meñique con el mío.

Marianita jamás me dio esas clases de baile.

Entonces él se despertó por completo. Empezó a bailar al ritmo de la música cual bailarín profesional y yo recordé a Jorge y su frase maldita: “Bachatéame Mimi, bachatéame”, todo lo sucedido con ese patán y mi promesa de que jamás bailaría bachata.

…Maldito el día en que hice esa promesa.

Quiten la Bachata. No sé bailar Bachata. ¡Quiten la Bachata!

Pensé en la promesa no cumplida por mi amiga mientras intentaba bailar. Estaba preocupada pues pensaba que podía torcerme un tobillo o que terminaría pisando y rasgando mi vestido por no saber bien qué era lo que tenía que hacer con mis pies, caderas y… cuerpo completo, en general.

Le voy a decir a Marianita. ¡No me enseño a bailar Bachata! ¡Sabía que tenía que aprender para esta noche!

De repente, cambiaron la música y empezó a sonar “Procura coquetearme más”, una de las canciones típicas de bodas regias -y al parecer- todo evento que sea en salón y requiera que la gente baile. Le agradecí a Dios, al cielo y al universo que la Bachata se había acabo.

Entonces recordé lo que mi mamá me había dicho. Tal vez él no llegó a tiempo porque andaba de fiesta. A simple vista no se veía tomado, tal vez lo que necesitaba era buscar pruebas por otros medios.

Así, mientras bailábamos decidí acercarme más –despistádamente, no se fuera a malinterpretar– e intentaba olerlo –sí, lo olfateé– para ver si había rastros de alcohol, humo o o algo que me indicara “antro” o “fiesta”. Pero no encontré rastros de una salida previa. No. Fulanito olía a loción masculina y elegante. Era muy sutil, tanto que necesitaba acercarme para poder percibirlo.

¡Ahhh! ¡Huele bien rico! ¡Cuero! ¡Ay! ¡No! ¡Qué guapo! ¡Maldito bitch hermoso! 

No pude evitarlo, así que me acerqué de nuevo, pero ahora además de su olor, sentí el rocé de su cara contra la mía. Lo que empezó a ocasionar una ansiedad en mí por tocarla.

¡Quiero tocarle la cara! ¿Es raro si le toco la cara? Tiene barba padre. Me gusta. ¿Cómo le puedo hacer para tocar su cara.. Sin que parezca que quiero hacer algo más? ¡No me voy de aquí sin tocarle la cara! Mmm… ¿pero cómo? ¿Y si no más le digo?

Entonces él se cansó: “Vamos tantito a la mesa”, me dijo cortándome la inspiración.
“Ok”.

Ya sentados y después de que le pidiera al mesero un café, lo observé mientras él le ponía la leche y azúcar: observé sus manos, sus ojos, el cuello y después sus labios.

Empecé a sentir una ansiedad formarse en mi interior, como un impulso que no estaba segura si quería controlar. Entonces observé la mesa: estaba vacía. A nuestro alrededor la gente platicaba o bailaban. Los meseros estaba ocupados…

¿Y si…?

Él volteó a verme: “¿Qué fue…?”, me dijo con una sonrisa muy coqueta.

Maldito bitch!

No le contesté, solamente sonreí, y volví a ver sus labios y después sus ojos. Sentía el impulso acumulándose en mi cuerpo, como una energía que invadía mi torso y sabía que si me movía tan solo un centímetro ya no iba a detenerme.

Para bien o para mal, creo que él sabía lo que estaba pensando. Reaccioné.

“!VOY AL BAÑO!”, le dije un poco más fuerte de lo normal.

Caminé deprisa y sin voltear atrás. En el baño, empecé a lavarme las manos como si así pudiera sacudir el impulso y mientras corría el agua me vi al espejo.

¿Qué estás haciendo Mimi? Pareces adolescente hormonal de 15 años. Contrólate. No te gusta. No se merece que te guste. No se merece tu esfuerzo. Nada. 

Me obligué a recordar lo sucedido: no llegó por mí, no se reportó, llegó tarde. Ya me iba. No sé disculpó.

Autocontrol, Mimi. Contrólate. Guapos hay muchos y más puntuales también. 

Regresé como si nada hubiera pasado, bromeaba acerca del consumo excesivo de Fulanito de azúcar durante la noche, hacia las bromas más tontas para que él se riera, se entretuviera, para mantenerlo despierto, pero él estaba serio y empecé a  preguntarme si era realmente por cansancio o si estaba molesto por alguna razón. Él casi no sonreía, no me seguía la corriente. Si cuando llegó estaba cansado, ahora parecía que estaba de mal humor.

A pesar de todo quería que él pasara un buen rato, pero cuando vi que por más que lo intentaba no lograba nada bueno, me rendí y le dije con total sinceridad: “Fulanito, si no quieres estar aquí, si no aguantas… Te puedes ir… O nos podemos ir”.

“Relájate”, dijo un poco molesto, “no es para tanto”, terminó de decir mientras se le cerraban los ojos.

Sentí como mi sangre empezaba a hervir.

¿Me relajo? ¿Esto no es para tanto? Estás conmigo, en una evento importante, con la música a todo volumen ¡y no puedes mantener los ojos abiertos! Y ahora resulta que TÚ estás molesto. Tú. No yo. ¡Ni madres! Me arreglé para esto, me arreglé desde temprano. Me arreglé ¡para ti! ¡Porque quería verme bonita PARA TI! ¡Pude ponerme otro vestido! ¡Uno más cómodo! ¡Pude no haber gastado tanto! ¡Te estuve esperando! ¡No te reportaste! ¡No llegaste! ¡Llegas tarde  y con actitud! ¡A pesar de TODO, te atiendo y TÚ te enojas! ¡No! ¡Esto así no funciona! ¡ESTO! ¡Esto SÍ es para tanto! 

Volví a enojarme y ahora sí dejó de importarme.

¿Quieres quedarte? Entonces nos quedamos.
GAME ON!

Continuará…

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