El sapo que se creía príncipe. Parte 1.

El sapo que se creía príncipe

Está historia empieza meses antes, cuando en una salida mi amiga –llamémosla Carla–, nos contó la nueva noticia del trabajo: Tendríamos evento de gala.

¡Emoción! Habrá baile, drinks, fotos padres y todo lo que conlleva.

¡Presión! ¡Presión! ¡Presión! ¿A quién llevaré?

La verdad, creo que no conozco a una persona que me haya dicho: “Fui sola y ahí encontré con quien bailar”. Jamás. Al menos no aquí, en donde yo vivo. Entonces, si eres soltera tienes que agregarle a la lista de cosas por hacer antes de ir al evento, el encontrar a “el chavo” o el “date” con quien irás a dicho evento. Y sí, es entre comillas porque depende de muchas cosas si es date o no… Para una, ¿el chavo qué?, a veces siento que ni se enteran.

Pasó el tiempo y yo obviamente tenía mi lista preliminar de chavos que me debían favores del tipo y me di a la tarea de ver disponibilidades, pero por alguna u otra razón ninguno podía. Empecé a entrar en pánico.

Después, en otra reunión con mis amigas del trabajo, una de ellas dijo: “Yo creo que tal vez vaya sola, ¿y si vamos solas en grupito?”

¡Perfección! Pura, completa, sin necesidad de forzarla. Por eso somos amigas. No nos complicábamos la vida intentando encontrar a la persona ideal para que fuera el “+1” que venía indicado en la invitación.

Lo malo es que ninguna contaba con que conociéramos a unos chavos que nos gustaran. Y con quienes quisiéramos ir.

Al susodicho –llamémoslo: Fulanito – lo conocí por una amiga en común –llamémosla: Marianita–, y después de unas salidas grupales y de notar que es un chavo caballeroso, inteligente, que le gusta bailar, con buen ambiente, amiguero. ¡Vaya! Tenía el “perfil perfecto” para acompañante, pues en una salida me armé de valor y le dije que fuera conmigo.

“Vamos…”, me dijo con una sonrisa muy coqueta.

(Pausa para recordar el momento y volver a sentir nervios… y oso… y emoción).

Maldito bitch.

Así, en las semanas previas a la boda seguía viendo a Fulanito. En salidas, o por conversaciones en WhatsApp me preguntaba sobre la misma: ¿Cuándo será? ¿En dónde es? ¿Es de traje?

Eso me tranquilizaba, tenía el evento en mente y sabía que era importante, ¿qué podría salir mal?

Pasó un mes y se llegó el día, y yo ya tenía todo listo. Estaba arreglándome cuando Fulanito se reportó: “estoy ya trajeado, nos vemos en un ratito”.

“¡Perfecto!”, le dije.

Nop. No era perfecto.

Y nos dieron las nueve, nueve y media y las 10… y nada. Nada… NA-DA. Cero.

Primera mala señal: Fulanito no llegaba y no se reportaba, por ende, me fui sola al salón.

Corrí del valet parking hacia el elevador mientras mandaba WhatsApps histéricos a Mónica: “¿Ya empezó el discurso? ¿Ya están todos sentados en la mesa?”, pero no había señal –obviamente–, salí de ahí, crucé el lobby y entré al salón. La voz del Director General se dejó de escuchar, momentos después: Aplausos. Terminaron.

(Pausa para momento dramático).

No vi el video de bienvenida, no escuché el discurso. Me perdí la parte importante de la noche. Todo por esperar a Fulanito.

Fulanito… quien no llegó por mí, quien simplemente no se reportaba.

Lo mato. Lo. MATO.

Creo que crucé el salón un poco apurada, saludé a Mónica y le conté rápidamente lo que había sucedido: “Equis, ya estás aquí, no pasa nada. Ve a saludarlos y ya, ¡a disfrutar la fiesta!”

Después, empezaron a servir la cena, el lugar a mi lado izquierdo vació: “¿Viene alguien más?”, me preguntó el mesero que sostenía un platillo.
“No sé”, le dije apenada.
“Bueno, cuando llegue podemos checar en la cocina si aún hay platillos para el caballero”.
¿Caballero? Un caballero llega a tiempo…
“OK, gracias”.

Cenamos sin Fulanito. No podía evitar checar mi celular cada minuto, primero porque empezaba a terminarse la batería (pánico), y porque no tenía ningún mensaje de él (maldito bitch), y se acercaba el momento de decidir si irme más temprano en taxi, hablar para que pasaran por mí o simplemente esperar a ver si él llegaba.

La música comenzó de nuevo, las parejas empezaban a levantarse a bailar. Poco a poco la mesa en la que me encontraba se quedaba vacía.

Maldito bitch. Maldito. Maldito bitch.

Estaba incómoda. Sin pareja, en una ceeremonia importante de la empresa en la que trabajaba, en Monterrey, en donde TODOS llevan pareja a TODOS los eventos. Para no verme amargada o preocupada, movía mi cabeza al ritmo de la música, me ofrecía para tomar fotografías –sí, fotógrafo oficial, quítate que no tengo nada que hacer – y me ponía a platicar con cualquier persona. Cualquiera.

Vi mi celular: 11:45pm. Ya casi me quedaba sin pila y no tenía mensajes de Fulanito.

Diviértete. Es un evento importante, estás con tus amigas del trabajo. Diviértete.

“¿Qué onda, Mimi? ¿Y tu amigo?”, me preguntó Mony.
“Ni idea, yo creo que ya no va a venir”, le dije lo más tranquila posible pero claramente decepcionada.
“Equis, no pasa nada. Ven, vamos a bailar”, me dijo mientras me tomaba de la mano y me llevaba hacia un grupo para que me integrara.

En ese momento quise más a Mony.

Baile un rato, pero claramente me sentía el mal tercio, estaba entre puras parejas que no bailaban… En pareja, vaya la redundancia, por culpa de mi presencia.

OK, a la una. 1:00am, suficiente tiempo para hacer acto de presencia. Luego a casa.

Dejé de checar mi celular, ya no le veía el caso. Fulanito simplemente no llegó. Entonces pedí un favor para que me recogieran, por lo que tenía que estar en el WhatsApp constantemente para mantenerme en contacto con la persona que llegaría por mí, es por eso que estaba en línea cuando de repente:

“Mimi, ya llegué”.
What?!?!?! Fulanito llegó. Fulanito aquí. ¿Ya vio que estoy en línea? ¿Ve que estoy en línea? Obvio ya vio. Fuck!
Escóndete Mimi.

Y luego:

“Mimi, ya casi llegamos, te avisamos cuando estemos ahí para que bajes”.
Fuuuuuuuuck!
¿Y ahora que fregados, Mimi?
“Mimi, no sé dónde estacionarme”, me manda otro mensaje Fulanito.
¡Ah! No te preocupes, sé dónde puedes estacionarte: ¡en la cochera de tu casa!
“Emmm… ¿Valet parking?”, le contesté tranqui, relax.

Le marqué a la persona que iba por mí –Ok, ¡era mi mamá! Sí, mi mamá me ayuda mucho. Yo ❤ a mi mamá… Ok, ya– entonces:

“Mami, que ya llegó. Estoy parada en el lobby, si entra me ve. No sé qué hacer. ¿Qué hago?”, le dije preocupada.
“¿Qué quieres hacer?”, me dijo tranquila. Las mamás tienen eso, te ponen histérica-nerviosa o te ayudan a tranquilizarte.
“Pues es que tu vienes ya cerca, ya es tarde. Él ya está aquí y no sabe que ya me iba. No contaba con esto, mami. No contaba con que viniera. Yo ya me hacía plantada”.
“¿Qué quieres hacer? Sin pensar en nada más”.
“Quiero saber… Quiero ver qué me dice”, le dije honestamente.

Para no hacer la conversación larga, mi mamá me apoyó y me dejó quedarme. Subí de nuevo al salón del evento –obvio no lo iba a esperar en el lobby – entonces me llegó otro mensaje: “Mimi, ya estoy aquí. ¿Dónde está el salón?”.

Salí de donde estaba la fiesta, que era en el segundo piso del edificio  y me paré en la orilla de las escaleras. Y ahí estaba él: trajeado, fresco, casual y tranquilo. Como si nada. Al verme, él empezó a subir y yo intenté sonreírle. Lo hice temiendo verme cual psicópata –por lo de la sonrisa forzada – y al mismo tiempo deseando que me viera así para que se asustara, se pusiera nervioso, o algo. Quería que se diera cuenta de lo que hizo.

Mientras subía noté que su cara cambió, pero no pude identificar si era 1) producto de mi imaginación y 2) si su cara fue de flojera, pena o nervio.

Equis.

“¿Qué onda?”, me dijo mientras me saludaba.
“Nada, pensé no ibas a venir”, le dije honestamente mientras caminábamos hacia el salón.
“No, ¿cómo crees que te iba a quedar mal?”, me dijo casual, tranqui.
Es la 1:20am. El evento se acaba a las cuatro. Todo empezó a las nueve, ¡te necesitaba conmigo desde las nueve!
“Me tardé tantito en llegar porque estaba muy cansado y pasé por un boost antes de venir”, continuó diciéndome.
¿En serio? ¿Llegaste como tres horas tarde porque te paraste en el OXXO antes de venir?

Forcé una sonrisa.

Alguna vez –la verdad no sé si le ha pasado a alguien que esté leyendo esto, pero–¿alguna vez han sentido y notado justo el momento en que alguien pasa de caerte bien y de gustarte a caerte en la punta del hígado y no gustarte? Bueno, ese momento, justo ese momento, cuando dijo eso, Cuando salieron esas palabras de su boca, Justo en ese momento dejó de gustarme.

¡Juro! ¡Neta que sí! Pinky swear!…

… ¡Alguien créame!

Y me arrepentí de esperarlo, de quedarme con él, de tratarlo bien, de haberle pedido que me acompañara.

Debí decirle a Luis que me acompañara.

(Luis es un amigo a quien alguna vez acompañé a una boda y fue total perfección: puntual, caballeroso, animado, platicador, corrió para conseguir pantuflas para mí sin que se lo pidiera… ¿Por qué no le dije a él?)

Entrando al salón algo cambió. Todo comenzó a volverse real: Estaba en un evento sola con él, con el chavo que me gustaba y con quien –en el momento– estaba enojada, MUY enojada. Pero nos encontrábamos ahí, solos, sin sus amigos, sin amigos en común, sin Marianita.

Sentí el roce de su saco en mi brazo, haciéndome consciente de su presencia. Dentro de mí empezó a formarse una mezcla de coraje y emoción, y noté que los latidos de mi corazón empezaron a ser más rápidos.

La verdad… Es que empecé a ponerme nerviosa.

Continuará…

2 thoughts on “El sapo que se creía príncipe. Parte 1.

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