Colibrí y Calzones Morados

El colibri de calzones moradosComo he escrito en otros post, soy una mujer regia, soltera y -ahora- ¡empleada!, entonces una parte de mi vida va viento en popa: Tengo trabajo y un sueldo quincenal -dejémoslo en eso y ya-, mi blog, la novela en la que voy avanzando, los talleres que me ayudan a crecer en mi camino como escritora…

Pero podría ser que es momento, tal vez -honestamente no estoy segura, pero como que me dan ganas- de ponerle más atención a mi vida amorosa.

Entonces, un día mi mamá llegó de su almuercito habitual contándome una anécdota de una de mis tías: Cuando era apenas una muchachita, les aconsejaron a ella y a sus amigas traer un colibrí -disecado- con ellas a toda hora y en todo lugar para atraer el amor. ¡Ah! Y conun calzón morado para tener todavía más suerte.

Bueno, llamemos a mi tía… Pamela –sí, Pamela me gusta- y bueno, en su momento el resultado fue bueno “pero de a montones Mimita, montones de pretendientes”.

Admito que esta anécdota -y la indirecta de la misma- me dejaron pensando. No en cómo conseguir un colibrí disecado -esa información me la dieron, si pasan el tip, es el tip completo- sino en que la gente ya empieza a notar ¿qué? Que tal vez, ahora sí, ya fue mucho.

Salí de casa a hacer mis vueltas habituales después del trabajo -por fin- y mientras esperaba en la fila en el banco mis pensamientos se apoderaron de mí.

Tal vez ya, ahora sí ya, ya fue mucho tiempo, esto se ve raro. O sea, ¿cómo es posible que conozco chavos y así, pero como que no pasa nada? ¿Seré muy picky o qué? ¡Ay! ¡Ya!

A lo mejor sí… O sea, no pierdo nada en intentarlo.

Sacudo la cabeza levemente. Estoy en la fila del banco, puedo parecer una loca.

¡No! Mimi. No es para tanto, no eres de esas… A lo mucho decretar y afirmar como dice Mizada, pero nada más.

Tuve ese diálogo interno por un rato como en repetición para después pensar en los chavos que he conocido y que por alguna razón nunca pasó nada.

No era para ti, no era y ya. No pasa nada. Next!

Y luego me puse a pensar en que ya casi no salgo e hice una lista mental de mis salidas de Septiembre 2014: Cafecito con las amigas (varias), a ver el ballet, al cine con mi hermano, cenas familiares.

Mmmm….

Si no sales y no conoces, ¿cómo Mimi? ¿Cómo? Tienes que salir más. Que te vea el mundo.

¿Pero cómo? Honestamente, no sé si es normal o si solamente me pase a mí. Que sea tan “complicado”…

Tal vez….

“¡Pase!”, gritó el cajero obligándome a regresar al momento y separándome por completo de mis pensamientos.

Lamentablemente uno se tarda ¿qué? Máximo 3 minutos en hacer un depósito.

Ya de vuelta en mi carro y atorada en el tráfico recibo una llamada de Julieta, mi amiga y me cuenta acerca del date que tuvo con Romeo. Las cosas van viento en popa, es tan solo cuestión de tiempo para que tenga novio.

“¿Y tú? ¿Qué novedades? ¿Qué dicen los galanes?”, me pregunta más animada de lo normal.

“Nada, todo rutinario, nada nuevo por aquí. Tranquilo, tranquilo”, le digo segundos antes de cambiar el tema de conversación al trabajo sin dejarle tiempo para que me dé el típico speech de “llegará cuando tenga que llegar, mientras menos lo esperes”.

Julieta no es tan buena amiga o tan fácil de distraer, cada oportunidad que tiene regresa al tema amoroso para hacerme reflexionar sobre mi vida amorosa… O la falta de ella.

Maldito tráfico. Necesito llegar ya a mi siguiente parada, necesito ya ocuparme y colgar.

Después de unos minutos -varios- llego al mercado de abastos: todo sea por conseguir cosas al por mayor y baratas, baratas. Y mientras busco el local que necesito.

¡Uh!

Noto que tengo varias notificaciones de whatsapp, mi amiga María ya está en planes de boda con su novio: aún no hay anillo, pero ya fueron a ver salones e iglesias.

¡Emoción! ¡Boda! Probablemente seremos damas o testigos, tantos años de amistad… Nos dice en el grupo que le gustaría que fuéramos con ella a comprar revistas, leerlas, ver vestidos de novia y de damas: Hacer una pre selección.

¡Damas! ¡Qué emoción!

Y de repente: me doy cuenta de que estoy lejos. ¡Lejísimos! de eso.

Presión. Lucha contra la presión. La presión está en tu mente, Mimi. La presión está solamente en tu mente. No existe. No existe. Nadie te dice nada, ¿quién te presiona?

¿Por qué Mimi? ¿Por qué piensas en eso? ¡Eso no importa!

….¡OK!, bueno, sí. Sí importa, poquito, pero ahorita no. Ahorita, concéntrate en el momento. Es el momento de María. Concéntrate en María.

Sacudo la cabeza y mis hombros para eliminar el pensamiento y me concentro -más que en María- en obtener fácil y rápidamente lo que necesito.

Después de terminar y lista para irme, veo que hay un camión atravesado que no me deja tomar el camino directo a la salida. Así que me dirijo hacia la parte de atrás del mercado de abastos para llegar a la otra salida y entonces la veo:

Hierbería

Así, con es ese nombre. Tal cual.

Lugar libre para estacionarme ahí, justo ahí. Más notificaciones de María quien ya está viendo lugares para su boda, Julieta a días de tener novio…. El resto de mis amigas casadas, con novio o dates.

En un impulso me estaciono.

Bajo de mi carro un poco nerviosa. No hace tanto sol, pero me pongo los lentes por si acaso.

“Buenas tardes, señito”, me dice un hombre viejo.

“Buenas”, le contesto.

Me pongo a ver el lugar: velas para el amor, la suerte, velas para -nop, eso no lo publicaré, es demasiado, ¿qué no deben de tener esas cosas en un estante más arriba? ¿Qué tal si hay niños viendo?- y aceites, muchos tipos de aceites.

“¿Qué necesita?, me pregunta el hombre ya de pie junto a mí.

“Emmmm… Me mandaron por un… O sea, pero no sé… ¿Para la suerte?”, le digo arrepintiéndome totalmente de estar ahí en el momento en que le dije.

“¡Ah! Un colibrí! Para la suerte… Para el amor”, me dice sonriente.

“¿O para el trabajo?”.

Sí, Mimi. Despístale, despístale. Él te va a creer.

“Pues, se lo llevan para conseguir novio o marido. Y si funciona, de a montones, se les acercan de a montones”.

¡Oso! Mimi. Oso. Oso. Oso.

Y empieza a contarme las historias de éxito: Su nieta, su hija. Para convencerme de que sí funciona.

Oso. Oso. Oso.

“Ya nada más me queda uno. Es que sí se los llevan”.

 “Ahh, Ok”.

Oso.

“Porque si funciona”, me dice.

Ooooo-so.

“Y hay quienes se llevan aceites también… Por si acaso”.

Reacciono

¡NOP! No. No. No. No.

Tengo 28 años. 28. Soy joven, no pasa nada. No soy ni la primera, ni la última y sobre todo, la única soltera en el mundo.

Nueva misión: Dejar de ser tan impulsiva… Y dejar de escuchar los consejos de los demás.

“Buenas”, dice una tercera voz.

Volteamos el anciano y yo al mismo tiempo. Un señor joven entra al local.

Volteo ahora a ver al anciano que tiene el colibrí disecado en una mano y está esperando a que lo tome.

“Ok, gracias”, digo mientras saco las llaves del carro.

“¿No se lleva el colibrí señito?”, me dice el anciano, “si funciona”.

“No, gracias”, le contesto ya sin voltear atrás y sin ver al señor que acaba de llegar.

Mientras camino hacia mi carro me dobló el tobillo.

Malditos pozos horribles.

¡Auch! No importa. Camina el dolor, Mimi. Camina a través del dolor.

Ya en el carro, me dirijo hacia la salida sin mirar atrás, empezando a concentrarme en la siguiente parada al tiempo en que intento –con todas mis fuerzas- no sobre analizar lo que acaba de pasar.

No es para tanto, Mimi. No pasa nada. No. Pasa. Nada.

Última parada antes de llegar a casa: Despensa.

No puedo concentrarme. Necesito relajarme. Empiezo a pasear por los pasillos viendo todo y nada al mismo tiempo, cuando doblo en una esquina: Calzones. Calzones morados, por todos lados.

Solamente calzones morados -ok, atrás están los de otros colores- pero los de enfrente son puros chones morados.

Como cual señal que el universo le enviaría a una mujer soltera. Si es que crees en esas cosas, claro está.

Yo sí creo.

Así que tomo uno, veo la talla y el precio.

Mmm…

Reacciono.

Lo que necesito es conocer chavos, no un calzón morado y un pájaro muerto.

Dejo el calzón en su lugar y me dirijo hacia los aguacates.

Es momento de bajar Tinder.

One thought on “Colibrí y Calzones Morados

  1. Pingback: Reflexiones de una chica de 29 años | Elva N. González castillo

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