Hambre por mariposas. Final

Hambre por Mariposas Final

Algo que he fallado en mencionar es que Marianita tiene una relación estable de cuatro años. Su noviazgo es de esos que hacen que las chavas solteras queramos tener novio también.

Entonces, en su estabilidad ella se ha dado la misión de ayudar a sus amigas solteras a conocer chavos, siendo ella el primer filtro: es buen amigo, es trabajador, le gusta bailar, no es borracho, etc, etc, etc… (la verdad esto es solo un ejemplo, no sé cómo haga su primer filtro, solamente sé que confío en ella y en su opinión).

Así, “Fulanito” -en el tiempo de amistad que hemos tenido. es el ¿cuarto? chavo que me presenta, pero el primero que -de hecho- sí me ha gustado.

Sin embargo, las cosas han cambiando, Marianita se irá a vivir al DF por una oportunidad laboral que no puede dejar pasar; su novio pronto terminará la maestría y se irá también al Distrito Federal.

Ella se va en dos semanas. Todo sucedió tan rápido que la noticia provocó sentimientos encontrados y un sinfín de salidas entre amigos, ella y yo, y -obviamente- con Fulanito. La mayoría son reuniones organizadas por/o idea de Fulanito, quien nos invita directamente a Marianita y a mí.

Yeiiii.

Pero sigue siendo -siempre- salidas de los tres, siempre juntos.  Entonces, ella es el punto en común, casi-casi el de reunión con Fulanito, y en dos semanas, ya no tendremos esa conexión.

Admito que no ha pasado nada con Fulanito, aún no salimos solos, por lo que yo… Esto lo veo más como diversión, como un chavo que simplemente me gusta y ya, y no como algo con potencial… Silvia me apoya.

Marianita y Alejandra son más optimistas.

“La historia no termina hasta que termina”, dicen.

¿Pero cómo saber cuándo la historia ya terminó?

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“Para conocerte mejor”  

Esta noche salimos a un nuevo bar para que Marianita conociera todos los lugares posibles antes de su partida al DF -porque al parecer está super lejos y JAMÁS podrá regresar a Monterrey- y bueno, nos divertimos, bailamos, intentamos platicar a pesar del ruido, y ahora es momento de irnos, pero las chavas -no sé si los chavos también- no estamos listas para que la noche termine, queremos ir a comer algo porque “tenemos hambre”, les decimos:

“Pues… buscamos unos tacos”, dice Fulanito.

ÉEE-xito.

Marianita y Alejandra voltean a verme emocionadas. Habrá que hablar con ellas sobre el despiste.

Los chavos se regresan para terminar de ver la cuenta con el mesero -una ventaja de tener amigos caballerosos: ellos siempre pagan- y nosotras nos adelantamos a salir al estacionamiento.

De regreso a la camioneta:

“Ok, Alejandra, tú dices que tienes hora de llegada y que te tienes que ir, o algo así, y tú Marianita… Mmmm, estás cansada y no tienes hambre, y Ale se ofrece a llevarte, ¿ándeles, sí?”, les digo.

“Pero yo sí tengo hambre”, me dice Marianita.

“¿Por mí?”, le insisto.

“Ok, pero me cuentas todo, Mimi, TODO. Me hablas cuando llegues a tu casa, no importa la hora”.

Ya estando ahí, los amigos de Fulanito se bajan y agarran un taxi que convenientemente estaba estacionado frente al local.

“Ellos ya no aguantan, ya se van”, nos dice Fulanito.

Perfecto.

Manganito voltea y se despide de lejos. Antes de subirse al taxi voltea de nuevo, sonríe y nos hace una cara como diciendo “picarones”. Noto que Fulanito y yo lo estamos viendo.

Por Dios. ¿A quién le dijo? ¿A mí? ¿A él? ¿A los dos?

Ni Fulanito, ni yo decimos algo al respecto. Tomamos asiento en la primera mesa que encontramos, pedimos de tomar y en eso:

“Oigan, yo ya me tengo que ir, se me hizo súper tarde, está bien que sí, pero no”, dice Alejandra.

Las dos observamos a Marianita. Ella no dice nada.

Temo reírme porque somos pésimas actrices, pero no lo hago.

Para despistar el plan, me dedico a “rogarle” a Alejandra que no se vaya por unos minutos más, claramente debo hacerlo. No mucho, pero sí lo suficiente para que sea creíble.

Volteo a ver a Fulanito. Se sonríe. Temo que empieza a sospechar, pero actúa normal. No dice nada.

Después de despedirnos nos quedamos Marianita, Fulanito y yo.

Estamos unos momentos en silencio mientras vemos como Alejandra sale del estacionamiento, entonces suena un celular y Fulanito se levanta de la mesa para tomar la llamada.

Lo observo desde lejos.

Se ve bonito así, le diré al rato a Marianita que me gusta como se ve con ese color de camisa.

¡Marianita!

Mi atención se centra en ella y volteo con ella medio molesta.

“¿Por qué no te fuiste con Ale?”, le pregunto.

“Pues es que, para que se vea más despistado, se iba a ver súper obvio amiga y la verdad eso ahorita no conviene”.

Me quedo pensando en lo que me dice, decido que tiene razón.

Volteamos a ver las dos a Fulanito y lo observamos. Marianita me dice cosas acerca de su físico y postura, para después contarme acerca de cómo es con ella y su grupo de amigos, y de lo noble que es. Como si necesitara ‘vendérmelo’ más.

De regreso en la mesa, todos damos un sorbo a nuestros refrescos, entonces Marianita rompe con el silencio:

“Fulanito, ¿tu dirías que eres buen chavo o que eres un cabrón?, le pregunta directamente.

Fulanito se sonríe, “soy un excelente chavo”, comienza a decir, “no, la verdad es que soy bueno, pero ustedes…Ustedes tienen cara de que son bien cabronas”, termina diciéndonos con una sonrisa.

A ver. Explica: cabrona.

Empezamos Marianita y yo a defendernos medio jugando, medio en serio.

“Ok, bueno… Oye, pero, ¿y tu dirías que eres mujeriego?”, le pregunta Marianita.

“No, yo soy hombre de una sola mujer…A la vez”, nos dice bromeando.

Espera. ¿Realmente está bromeando?

Su respuesta no me causa gracias, aun así sonrío.

Zorro. Zorro. Zorro. Golfo de México. GOLFO. DE. MÉXICO.

“¿Cuántas novias has tenido?”, le pregunta Marianita.

La volteo a ver empezando a preocuparme, esto más que una salida casual entre amigos parece entrevista.

Nos dice el número de novias que ha tenido.

“¿Cuánto es lo que más has durado?, ¿Y lo que menos?, ¿Cortas o te cortan?, Oye, ¿y te quieres casar?”, sigue la entrevista.

Volteo a ver a Marianita de nuevo. Empiezo a ponerme nerviosa, pero noto que Fulanito sigue respondiendo despreocupadamente.

“Sí”, contesta.

“¿Y cuántos hijos quieres tener?”.

“Cinco”, dice.

Awww… ¡Mi vida! Quiere una familia grande. Cuero.

“¿Y tú Mimi?”, me pregunta ahora Marianita.

WHAT?!?!?!?! Dude! A mí no me preguntes eso, esto NO es meterme a la plática, es literalmente ver si hay compatibilidad de planes personales.

“Mmm… no pues no sé, todo depende de lo que yo y mi esposo queramos… en su momento”, contesto sin querer mentir por completo.

¿Eres romántico?, ¿eres detallista?, son algunas de las preguntas que Marianita le hace.

Él responde a veces en serio y a veces bromeando, pero siempre de buena gana, por lo que me relajo pues no se ve asustado ni confundido por la situación, se ve… Normal, tranqui.

Una vez un amigo me dijo que los hombres no veían más allá de lo que está pasando, que son más básicos. Intento tranquilizarme con ese pensamiento: él ve esto como una plática y nada más.

De rato, ahora si empieza a darnos hambre y por fin ordenamos, pero Marianita se limita a pedir otro refresco.

Fulanito se disculpa de nuevo y va al baño.

Marianita y yo hablamos acerca de la entrevista.

“Mimi, ¿por qué tú casi no contestabas?”, me pregunta.

“Porque: Uno) No quiero decirle hace cuánto corté, B) Se vería aún más raro de que él ‘si quiero cinco hijos” y yo “¡ah! Mira, qué casualidad: yo también quiero cinco; y Tercero) Se ve súper obvio, o sea, siento que se ve como que yo soy la de las dudas, que, OK, sí lo soy, lo quiero conocer mejor, pero parece que te dije que le preguntarás todo esto y ¡no!”, le contesto medio intensa.

Llegan los platillos y empezamos a prepararnos para comer, en eso Marianita le da un sorbo grande a su refresco al tiempo en que llega –convenientemente– un taxi a donde estamos.

“Bueno, yo mejor ya me voy. Estoy súper cansada”, dice.

La veo sorprendida mientras ella se para de su asiento, busca en su bolsa un billete para pagar su parte y pone el dinero en la mesa.

“Bueno”, empieza a decir, “nos vemos” y se despide de los dos.

Volteo a ver a Fulanito, él me ve sonriente. Sabe lo que está pasando. Sabe que Marianita se va y nos deja solos porque así era el plan, el plan que ignoró la primera mitad del tiempo que estuvimos ahí.

Se va y deja en claro que todo esto fue planeado.

¿Fulanito sabe que es por ayudarme a mí? ¿O será para ayudarlo a él? ¿A quién estás ayudando Mariana? ¡No!, a mí. Él sabe que ella y yo somos muy amigas, cómplices, ella sabe todo… Él sabe que ella sabe todo. Damn!

Nos quedamos en silencio por un momento. Me siento incómoda y nerviosa.

Shit! Shit! Shit! Shit! Di algo Mimi, velo a los ojos. Levanta la mirada. Deja de ver el taco y voltea a verlo, Mimi. YA.

Lo hago. Él me sostiene la mirada y seguimos en silencio.

Entonces él se apiada de mí –gracias a Dios– y empezamos a platicar de nuevo, pero ahora solos. Me cuenta con lujo de detalle sobre su trabajo y planes profesionales, de dónde viene, de su familia, de sus hermanos, primos, de Navidad, de cuántas novias ha tenido, de porqué le gustan las familias grandes, de su hobbie y planes de viajar en el 2015.

Le platico sobre la docencia, la pequeña aventura que es cada clase, de cómo son mis alumnos, de mi familia, de mis amigas y de que quiero ser escritora.

Así seguimos por un buen rato. Empiezo a notar que llegan más personas, comen y se van, pero nosotros seguimos ahí, platicando.

Es bueno, ¿no? Esto es bueno.

En la plática y mientras le explico que me encanta la escritura y que quiero publicar y entretener a la gente a través de la lectura, empiezo a sentirme vulnerable y del nervio comienzo a jugar con la botella de mi refresco.

“Te pongo nerviosa, ¿verdad?”, me dice con una sonrisa traviesa.

Dude! Obviamente sí, pero tú por ser caballeroso no me dices eso.

Me acomodo en mi silla.

“¡Nooooo!”, le digo sin poder verlo a la cara.

Se sonríe y yo también.

Seguimos platicando, él me pregunta sobre el libro que quiero escribir, le cuento vagamente, como lo hago con todos, me pregunta de las maestrías que quiero estudiar y otras cosas.

Vemos que se empieza a hacer tarde –o muy temprano– y en eso se nos acerca el mesero a preguntarnos si queremos algo más.

Él me ve dudoso al tiempo en que digo que no necesito nada más.

Entonces pedimos la cuenta.

Él paga.

Cuero, qué caballeroso.

“Gracias, Fulanito, por la comida”, le digo tímidamente mientras caminamos hacia su auto.

“De nada”, me dice con su sonrisa coqueta.

Nos quedamos parados al lado de su carro.

¿Estamos esperando algo?

“Aún tienes que llevarme a mi casa”, le digo.

“Sí, claro”, me dice al tiempo en que se mueve y abre la puerta.

De camino a mi casa me acomodo en el asiento de copiloto pero me pongo de lado, recargándome un poco sobre la puerta. Sé que no es seguro, pero así lo puedo ver mejor.

“Oye, a ver si mañana vamos al cine, ¿no?”, me pregunta mientras detenía el auto frente a mi casa.

“Sí, le digo a Marianita y nos ponemos de acuerdo”, digo casi al tiempo en que cierro los ojos dándome cuenta de mi error.

¿Por qué Mimi? ¿Por qué haces esto? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Ni modo.

Me despido y entro a mi casa.

Es momento de mandarle un whatsapp a Marianita.

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“Aeropuerto”

Han pasado unos cuantos días desde esa salida con Fulanito y la cena a solas improvisada, sé que él le preguntó a Marianita por mí, pero no sé exactamente de qué hablaron. Marianita podrá darme algunos datos, pero nunca detalles.

Respeto eso. Sé que ella tal vez le ha dicho algo a Fulanito, pero nunca lo suficiente como para dejarme en evidencia.

Y seguimos saliendo, siempre en grupo: cenas, a misa, por un trago, una carne asada más. Siempre lo mismo: Bailamos, nos echan carro los amigos, nos quedamos solos,  pero jamás se da el siguiente paso.

Ya no me importa.

“¿Por qué no le dices tú de salir?”, me pregunta una amiga cuando nos vimos para un cafecito.

“No sé, no siento que sea uno de esos chavos que no le importa quien da el paso. Además, si le gustara…”, le empiezo a explicar.

“Sí le gustas Mimi, es obvio”, me dice mi amiga.

“Bueno, OK, entonces.., Si le gustara lo suficiente, él ya me hubiera dicho de salir, ¿no?”, le digo, “o sea, tiene 30años… yo tengo 28, ya sabemos cómo funciona esto, si no ha pasado, honestamente, dudo mucho que pase y más ahora que se vaya Marianita. Veamos esto como lo que fue: el crush del verano y ya”.

Mi amiga -OK, Alejandra- se me queda viendo seria, sé que quiere seguir con la plática y hacerme ver las cosas desde su punto de vista que es un poco más optimista, pero respeta mi decisión, después de todo es mi vida amorosa. Y pues, digamos que después de semanas… Seamos honestos, si ya no pasó, ya no pasará.

Al menos eso pienso y siento en el momento.

Aún así, no puedo evitar abrir y cerrar la conversación de Fulanito en el whatsapp, de repente me sale en línea, de repente no. Empiezo a escribir un “hola” y lo borro. Así varias veces, antes de decidirme a no hacerlo.

Pasan unos días y es momento de despedirnos de Marianita, hoy se va al DF. Su novio está allá por trabajo, él la recogerá. Entonces yo me ofrecí a llevarla al aeropuerto.

Llego a su casa y veo un coche parecido al de Fulanito estacionado afuera, me da un brinco el corazón. Ella me abre la puerta, está sola. Era el coche de alguien más.

Después de subir sus maletas al carro y verificar que no le faltara nada, emprendemos la ida la aeropuerto, nunca he ido manejando, entonces pongo el Waze por si acaso, solamente para no perdernos en el camino.

“¿Qué onda?”, me dice ya cuando estamos fuera de la colonia.

“Nada y tú”, le digo un poco deprimida.

“¿Has hablado con él?”, me pregunta.

Realmente no quiero que él sea el tema de conversación en este momento, pero al mismo tiempo sí porque es divertido hablar de chavos con ella.

“No”, le digo sin sentimiento o emoción, “¿tú?”.

“Me habló anoche y me preguntó que a qué hora salía el vuelo porque quería despedirse, pero ya no vino, entonces nada más fue eso”, me dice.

Seguimos platicando un poco pero ahora de su trabajo en el DF, de su roomie que es una amiga de la secundaria y que está emocionada de vivir con ella. Luego platicamos de su novio, de que se quedará unos días más en el DF para ayudarla con cosas de la mudanza y que irá el próximo mes por lo que entonces solamente estarán sin verse tres semanas.

Llegamos al aeropuerto y me estaciono lejos. Como siempre, el lugar está lleno.

La espero a que cheque lo de su maleta y boleto del vuelo, y cuando estoy a punto de despedirme, vemos que aún tenemos tiempo antes de que ella se vaya a la sala de abordar, entonces vamos por un Starbucks, regresamos a la sala y tomamos asiento:

“¡Mariana!”, escuchamos gritar.

Las dos levantamos la mirada al mismo tiempo, es Fulanito, vino a despedirse de ella.

“Eit!”, digo yo.

“Hooola”, dice ella.

Empiezo a ponerme nerviosa, no contemplaba con verlo, no me arreglé tanto, no me peine, solamente me recogí el pelo.

Última vez en la vida que salgo desarreglada de la casa.

Nos saluda a las dos de beso.

Ve que estamos tomando café y decide ir por uno, Marianita dice que yo debería de acompañarlo. Quiero hacerlo, pero vino a despedirse de ella y creo que es importante que la vea a ella, que platiquen, entonces yo me quedo cuidando su equipaje de mano mientras ella lo acompaña a conseguir un café.

De lejos los veo platicando mientras esperan en la fila, él es poco despistado así que de repente voltea a verme mientras habla con Marianita. No sé si están hablando de mí o si solamente está viendo que siga en mi lugar.

Por la cantidad de clientes que había en el Starbucks se tardan varios minutos. Cuando regresan él toma asiento frente a nosotras.

“Se van a seguir viendo, ¿verdad?”, pregunta Marianita viéndolo primero a él y luego a mí.

“Sí, claro”, dice él con su sonrisa traviesa.

Yo no digo nada, solamente sonrío.

“Van a seguir en carnes asadas, bailando y así, y luego cuando se vean haremos FaceTime o así, ¿verdad?”.

“¡Claro!”, le contesto más animada.

Al menos tú y yo sí haremos eso.

No sé si es el día, el momento o qué, pero estoy desanimada y un poco triste. Marianita lo sabe.

Seguimos platicando un rato, hasta que Fulanito nos dice la hora, es momento de que Marianita vaya a la sala de abordaje.

Nos levantamos los tres y tiramos nuestros cafés en el bote de basura. Caminamos con Marianita hasta las escaleras, voltea y me abraza.

“Te quiero mucho amiga”, me empieza a decir y siento como mis ojos se llenan de lágrimas, “habla con él lo más que puedas, sigue adelante, ya empieza lo bueno”, me dice en un susurro.

No llores. No llores. No llores.

“Les aviso tan pronto aterrice”, me dice ya cuando nos separamos.

“Ok”, le digo triste.

Ahora abraza a Fulanito, noto que le dice también algo al oído pero no entiendo qué. No me importa, es entre ellos y ya.

La esperamos hasta que se sube a las escaleras eléctricas, voltea y nos dice adiós con la mano.

Le sonreímos y le decimos adiós.

No llores. No llores. No llores.

Cuando ya no la podemos ver más, respiro profundamente y volteo a ver a Fulanito. Él está serio y yo triste.

“Bueno”, comienza a decirme…

Es un hombre ocupado, claramente tiene que correr.

“A pagar el boleto”, le digo.

Caminamos en silencio hasta la máquina, él espera a que yo saqué el boleto -que siempre se pierde en mi bolsa- y me deja pagar primero.

Ya saliendo al estacionamiento:

“Yo estoy estacionado de este lado”, me dice.

“Yo hasta allá”, le digo mientras señalo el lado opuesto del estacionamiento.

“Bueno”, me dice mientras me da un beso en la mejilla, “ánimo”.

“¡Sí!”, le digo intentando sonreír.

Nada de nos vemos el fin, nada de seguimos platicando.

Estoy pesimista a más no poder. Flojera total Mimi.

Nos vemos a los ojos por un segundo.

“Bueno”, le digo con una media sonrisa y señalo hacia la dirección que debo tomar.

Él solamente asiente.

Empezamos a caminar cada uno hacia su carro.

No volteo hacia atrás, porque me da pena que él voltee y me cache viéndolo, pero principalmente porque no quiero darme cuenta de si él no voltea.

Me subo a mi carro sintiéndome triste y pesimista: Porque Marianita se va y ya no saldremos cada fin de semana, que no habrá salidas de último momento y totalmente improvisadas a cenar; y estoy triste porque desde hace como dos años que no conocía a un chavo que realmente me gustara. De esos que te preguntan ¿por qué te gusta?” y dices “no sé”, porque simplemente te gusta, porque lo ves, porque no eres infantil al respecto, porque sabes que es humano, que se equivoca, que tiene defectos, que se ha equivocado contigo y aún así… Te gusta.

Y estaba segura -algo me lo decía- que no lo volvería a ver. O al menos ya no igual que antes.

Ya en mi carro mientras hacia fila para salir del estacionamiento. Volteo hacia mi izquierda. Él estaba en la otra fila, esperando para salir. Me ve y sonríe.

Nos toca avanzar y salir al mismo tiempo, veo que mete su boleto, después voltea a verme y me dice adiós.

Mientras veo su coche alejándose cada vez más, no puedo evitar pensar en todo, en recordarlo todo y siento como en mi torso empieza a generarse una energía que con cada respiración se hace más grande y se extiende por mis brazos hasta llegar a mis manos.

Y tomo el celular en un impulso.

Mientras busco su teléfono pienso en todos aquellos chavos que me han lastimado, en las que fui sin cuidado sin realmente conocerlos, y como con Fulanito decidí ser muy cautelosa, inclusive seria, en que realmente no dejaba que me conociera, en mi forma de medir cada una de mis acciones. En su comportamiento bueno y malo, las cosas que hemos platicado, lo que he observado y me di cuenta de que, tal vez -solo tal vez- cometí un error.

Y en ese momento me di cuenta que dejaron de importarme los hombres de mi pasado. Que no me importaba arriesgarme de nuevo, que  inclusive quería hacerlo. Algo me decía que Fulanito era diferente, que el tiempo que ha pasado no ha sido en vano, que nos hemos conocido y no hay razón para dejar de hacerlo.

Que aunque no pasara nada, me gustaría tenerlo en mi vida. Aunque sea solo como amigo.

Marco su celular.

“Heeeeey”, me contesta.

Puedo notar una sonrisa en su voz.

“Hey…”, le digo.

                                    ¿Fin?

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