Hambre por mariposas. Parte 3

Hambre por Mariposas. Parte 3

Una salida de sábado intenso: El lugar perfecto para llevar a cabo mi plan maestro para conocer mejor a Fulanito.

  1. Invitarlo a la carne asada de Silvia. (¡Listo!)
  2. Poner música padre.
  3. Hacer que la gente se anime a bailar.
  4. Bailar con él.
  5. Asegurarme de que haya un momento en que nos quedemos solos para platica (y sí, con ‘platicar’ me refiero a eso: platicar).

Sí, lo teníamos todo planeado, y con la ayuda de Marianita y Alejandra vería la posibilidad de que estás cosas sucedieran.

Entonces fuimos a la carne asada en casa de Silvia, una amiga en común, pero que realmente es más amiga mía que de él.

Llegamos  temprano, Marianita y yo ayudábamos a Silvia con los preparativos mientras discutíamos los detalles de nuestro plan maestro:

“Mimi, siéntate mejor acá, para que esa silla esté sola y cuando llegue se siente ahí contigo”, me dijo Alejandra.

Fácil y sencillo, ¿cierto?

Bueno, cuando quedas en una carne asada y das una hora, dejaremos de ser mexicanos, pero pocos son puntuales: Una desventaja en la personalidad de Fulanito es que es MUY impuntual.

Entonces mientras la gente iba llegando, yo empezaba a jugar con ellos a las sillas, moviéndome de una en otra para estar al lado de una vacía.

Entonces Fulanito llegó con su mejor amigo y otro de sus amigos.

Ok, game on Mimi. Tranquila, nadie sabe que te gusta más que Marianita, Alejandra y Silvia, y Marianita  y Ale son cómplices, no dicen nada, y Silvia, bueno ella se distrae con Rob.

“Qiubole”, me dice Fulanito mientras me saluda de beso.

“Eit, qué onda”, le contesto como haciéndome la que no se había dado cuenta de que ya había llegado.

Se sienta al lado mío.

Primer logro. Ahora sigue el paso número dos, ¿cuál era?
¡Ah! ¡Sí! La música.

Veo lo más despistada posible a Marianita mientras platico con Fulanito y muevo mi cabeza un poco haciendo que el movimiento se vea coqueto al tiempo en que busco que sea una señal clara para que pongan música.

La música comienza.

Seguimos platicando y algo pasa, Fulanito se va con las demás chavas. Me molesta.

¡Lo que sea! Veamos, ¿voy con los amigos? Sí yo también puedo socializar. Equis, Mimi. Esto es equis.

Me acerco con los amigos para platicar con ellos y noto que Fulanito saca a bailar a Marianita.

¿Le gustará? ¿Será que todo lo hemos visto mal y le gustará ella?

Le sonrío a uno de sus amigos, nos presentamos. Me siento triste al ver que Manganito no vino a la carne asada, contaba con su presencia para sacarle sopa y ver la manera en que me diera consejos. Despistadamente.

Me conformo con platicar con Juanito, amigo del trabajo de Fulanito.

Entre la plática nos invade un silencio incómodo, claramente no tengo la misma química amistosa que con Manganito. Le levantó las cejas jugando.

“¿Y eso? ¿Por qué me levantas las cejas?”, me dice sonriente.

“Nada más”, le contesto honestamente.

“¿Y tú por qué no estás bailando?”, pregunta.

“Pues, la verdad no sé, digo no conozco la canción….”

“¿Pero la puedes bailar?”

“Sí”, le digo sonriente.

Me toma de la mano y empezamos a bailar, en una de las vueltas veo que Fulanito sigue bailando con Marianita pero nos está viendo a nosotros.

¡Aja! Así es maldito bitch, yo también puedo socializar y bailar con otros, ¡ja!

 Ahora VEN y baila conmigo.

Sigo bailando con Juanito, intentando no poner atención a las demás personas, sobre todo a Fulanito.

Se acaba la canción y tomo de nuevo mi asiento, Juanito se va a platicar con los hombres. Típico de las carnes asadas regias: los hombres se van a hacer la carne, las mujeres están aparte platicando.

En mi lugar y medio siguiendo la plática, empiezo a voltear a mi alrededor buscando a Fulanito. No lo veo, entonces empiezo a mover más mi cabeza ya sin despistarle tanto. Nada.

Empiezo a frustrarme.

¿A dónde se fue? ¿Al baño? ¿Y si se fue?

Volteo al lugar en donde estaba Juanito. Sigue ahí. Fulanito no pudo haberse ido sin él.

Ahora veo hacia la puerta de los baños. Ambas puertas están abiertas, claramente no está ahí.

En mi búsqueda oigo su voz detrás de mí. Todo este tiempo ha estado recargado en el respaldo del sillón, atrás de mí pero un poco hacia mi derecha.

Nos cruzamos las miradas. Él empieza como a gesticular, claramente había algo que me quería decir. Me volteo rápidamente hacia el otro lado intentando que no vea mi risa nerviosa.

Damn it! Mimi, ¿por qué? ¿Por qué te volteas? ¿Por qué le volteas la cara? ¿Por qué? ¡Qué demonios!

Volteo de nuevo a verlo. Él ya está platicando con una de mis amigas de EGADE dándome la espalda.

Saca a bailar a Gaby, una de las conocidas en común por EGADE. Los veo bailar.

Sigo sentada, platicando y medio cantando los pedazos de las canciones que reconozco.

En la música todo es banda, todo es grupero, todo es… Agropecuario.

¿Por qué será que a TODOS los chavos les gusta este tipo de música? ¿No pueden poner algo más… Normal?

Empezaba a aburrirme. Unos gritaban de emoción cuando empezaba equis canción y comenzaban a cantar a todo pulmón, otros a bailar. Yo solamente los veía intentando parecer entretenida, luchando con todas mis fuerzas por no sacar el celular y empezar a ver Facebook y Twitter.

Fulanito se acerca. Pienso que tal vez viene a platicar de nuevo, pero saca a bailar a mi amiga que está sentada a un lado mío. Volteo a mi alrededor y noto que todos –o la gran mayoría– los ve bailar, así que hago lo mismo.

Siente mi mirada pesada, siéntete observado maldito bitch, observado.

Se acaba la canción y saca a bailar a otra de mis amigas. Así por varias canciones, saca a bailar a una chava diferente, menos a mí. Empiezo a ponerme de mal humor, intentando con todas mis fuerzas que no se notara.

Comienzo a platicar con sus amigos, me caen bien. Bromeamos y empiezan a hacerme preguntas acerca de mi vida: Si salgo con alguien, qué tipo de chavos me gustan, desde cuándo estoy soltera, qué me gusta hacer.

En eso pasa algo con la carne asada, Rob pide ayuda y los hombres –menos los que están bailando– se acercan a ver qué es lo que está pasando.

Marianita se me acerca.

“¿Qué onda?”, me pregunta.

“No, pues nada, ni pele. Epic fail la verdad”, le digo sin ocultar mi decepción.

“Nombre, es que él es muy caballeroso. Va a sacar a bailar a todas, aunque haya muchos hombres, por él ninguna se queda sentada”.

“Menos una…”, le digo claramente refiriéndome a mí.

“Es que es penoso Mimi”.

“¡Ay!, hay chavas que ni conoce y bien que las saca a bailar, a mí ya me ha visto varias veces y nada”, le digo ya medio molesta.

“Pues…sácalo a bailar tú”.

“No”.

Es lo único que alcanzo a decirle antes de que los hombres se acercaran con las charolas de la cena.

Como mi pedazo de carne tranquilamente, platico y sonrío. Me senté lejos de donde estaba él y noto que no me importa, sigo platicando y pocas veces volteo hacia el lado de la mesa en donde él se encuentra.

Terminamos de cenar y las chavas empezamos a recoger. Ni modo, su lugar me queda de paso a la cocina y no traigo tantas cosas en manos, puedo recoger su plato.

“Gracias”, me dice tímidamente.

“Sí, de nada”, le digo sonriéndole lo más genuinamente posible, pero preocupada de que se notara que estaba sentida-enojada con él.

En la cocina:

“Mimi, ¿qué onda con tu amigo?”, me pregunta Silvia.

“Ah, es buena onda, ¿verdad?”, le digo casualmente.

“Pues, sí, pero dude… Ni están hablando”, me dice preocupada.

“Sí, pero equis, venimos en grupo, o sea, no venimos juntos”, le digo antes de regresar con los demás.

Ya de nuevo en el patio, acomodamos la mesa para que no estorbara y nos diera más espacio para bailar.

En eso la gente empieza a perder los ánimos; muchos están sentados, otros están de pie pero platicando.

“A ver, ¿alguien saqué a bailar a Fulanito?”, dice Juanito animando a las chavas.

Marianita me toca con el codo en las costillas.

“Sácalo tú a bailar”, me dice en un susurro.

“No”, le contesto bien digna.

Silencio, la gente sigue platicando o empieza a mover la mirada para ver quiénes son los que abrirán de nueva cuenta la pista.

“Andeles, alguien saque a bailar a Fulanito”, repite el amigo.

Marianita vuelve a darme un codazo leve.

“No”, le digo.

Así varias veces Juanito insiste en que bailemos o en que saquemos a bailar Fulanito.

Cada vez, Marianita me da un codazo o me pega levemente con la rodilla animándome.

“No”, es mi respuesta en cada ocasión.

Si él no me saca a bailar a mí, si es que no quiere platicar conmigo, yo no tengo porque estarle rogando.

Noto que uno de sus amigos nos observa a Marianita y a mí, sospecho que entiende lo que está pasando o lo intuye. No me importa.

Por fin alguien hace caso a la insistencia de Juanito y poco a poco  se empiezan a parar a bailar.

Ya un poco fastidiada, saco el celular para ver la hora: 3:40am.

Vivo cerca de la casa de Silvia, por lo que sé que no puedo irme hasta bien entrada la madrugada.

Antes de decidirme y ponerme de pie para unirme a una plática diferente veo que alguien pone una mano encima de mi celular,  con la palma hacia arriba.

Subo la mirada y es Fulanito, invitándome a bailar. Le sonrío, temiendo que se note que no tengo ya muchas ganas. Le dejo mi celular a Marianita y comenzamos a bailar.

Veo que los demás regresan a sus lugares y somos solamente él y yo bailando. Me siento observada.

No te rías Mimi, no te rías. Normal, pero bien digna. No te pongas nerviosa.

Volteo a ver a Marianita,  me da ternura que es muy transparente. Está emocionada de que Fulanito y yo estemos bailando y sonríe emocionadamente.

No puedo evitarlo y le devuelvo la sonrisa a Marianita. Mi sonrisa es amplia y genuina.

“¿Qué fue?”, me pregunta Fulanito rompiendo el silencio entre los dos y obligándome a voltearlo a ver a la cara.

Me hago consciente de todo: De su mano en mi espalda, de su otra mano entrelazada con la mía, de que es un poco más alto que yo, de su mirada y sonrisa tierna.

Me gusta la forma en que me dice “¿qué fue?”, le voy a decir a Marianita al ratito eso, se ve tierno.

“Nada”, le digo tímidamente y bajando la mirada.

Después de unos segundos de nuevo lo veo a los ojos y noto que su mirada sigue en mí. Empiezo a ponerme nerviosa.

“Pensé que estabas muy cansado y que ya no ibas a bailar conmigo”, le digo intentando crear la oportunidad de que me dijera porque me había ignorado en toda la noche.

“No, ¿cómo crees?”, me contesta.

Por alguna razón, su respuesta me hace enojar.

¡Maldito bitch!

Por primera vez volteo a ver a las demás personas y soy consciente de sus miradas sobre nosotros. Sus amigos sonríen y se voltean a ver entre sí.

Intuyo que notan que soy transparente, como dicen: Las cosas desde afuera se ven diferentes.

¿Así de obvia soy? ¿A quién están notando? ¿Qué están notando?

“Bueno, con la demás bailas mucho, menos conmigo… Conmigo no quieres bailar”, le contesto honestamente. Ya sin importarme que se dé cuenta.

Noto que el estira y afloje no es lo mío, el juego del ligue me da flojera. Soy honesta y punto.
Tal vez por eso sigo soltera, de cierta forma, dejo de ser un reto rápidamente. Soy honesta en mis intenciones y en lo que quiero. Supongo que eso es malo.

La canción se termina pero él aún no me suelta.

Un segundo después nos separamos, pero seguimos tomados de la mano.

Sí yo siento su mano, él siente mi mano.

Volteo a ver nuestras manos unidas y luego a él. Él no voltea, no hace nada, solamente platica y sigue de pie ahí, al lado mío, sin soltar mi mano.

Sé que es tiempo de separarnos pero no quiero. Me armo de valor y lo hago.

Voy a sentarme al lado de Marianita, ella empieza a comentar emocionada y en voz baja sobre lo que acababa de pasar.

Muevo mi mano, aún siento su mano en la mía. Se siente raro, no puedo sacudir la sensación, es como si el calor de su mano se hubiera impregnado en la mía.

Poco a poco en la carne asada la gente empieza a irse, son casi las 5:00 de la madrugada, les pregunto a Marianita y Alejandra si creen que es hora de irnos, pero aunque ellas están cansada decidimos quedarnos más tiempo para que Fulanito y compañía no se sientan corridos.

Voy al baño y a mi regreso veo que Silvia platica con Rob, Marianita y Alejandra con Juanito y Fulanito, antes de acercarme decido ir hasta el otro lado del patio, detrás de una pequeña curva en donde está un refrigerado para servirme más hielos para mi bebida.

Volteo y noto que Fulanito me sigue. Nos quedamos aparte platicando. Aquí en donde estamos ahora, cerca del refrigerador hay una luz tenue y los demás no nos alcanzan a ver.

Se recarga contra la repisa y cruza los brazos, se me queda viendo sin decir nada y empiezo a ponerme nerviosa. No me salen las palabras, no sé qué decirle.

Sácale plática, Mimi. Dile algo.

Entonces él solo empieza a platicar: Me dice de su trabajo, del estrés que siente continuamente y del dolor de cuello que esto le provoca. Me cuenta de sus responsabilidades profesionales y metas mientras se acaricia cada cierto tiempo la barba casi como un tic.

Lo escucho y le platico de mi trabajo como docente, de que cada clase es una pequeña aventura, del reto que representa para mí el ser maestra de preparatoria y de que realmente a lo que me quiero dedicar es a la escritura.

Le comento que es momento de regresar; después de unos minutos, realmente me siento incómoda de estar aparte, no quiero que él piense que me voy con cualquiera a un rincón.

Me importa lo que piensas de mí.

“Espérate tantito, no te vayas”, me dice serio, como realmente pidiéndome que me quedara.

No sé bien cómo me hace sentir eso.

Me quedo.

De repente viene  Marianita, pero al vernos se detiene en seco y empieza a caminar lentamente de reversa sin decirnos nada hasta dejarnos de nuevo solos.

“¿A dónde vas?”, le digo intentando despistar el hecho de que fue la mujer MÁS obvia de este planeta.

“¿Por qué se va?”, le pregunto a Fulanito.

El solamente se sonríe, no me dice nada. Entendía perfectamente lo que hacía Marianita y me pongo nerviosa.

“Bueno, vamos a ver qué hacen los demás”, le digo acomodándome en mi lugar como quien se alista para caminar.

“Ok”, me dice acercándose mucho y luego parándose frente a mí a tan solo unos centímetros y sin dejar de verme a los ojos tomó un vaso que estaba sobre la repisa detrás de mí.

Me pongo nerviosa y sé que lo nota.

Después de tomar el vaso él se queda parado frente a mí.

Ok. ¿Qué?

Respiro armándome de valor.

Ahora o nunca.

“Oye y sí…”, le empiezo a decir pero cambio de opinión, “¿crees que a los demás se les antoje unos tacos ahorita?, ¿habrá algún lado abierto a esta hora?”, le digo.

“Yo creo que sí. ¿Qué me querías decir?”, me pregunta con una sonrisa picarona.

“Eso”, le digo dejándome en evidencia.

Me le quedo viendo. El sostiene mi mirada, pero no agresivamente, sino invitándome a ser honesta.

“Vamos a ver qué están haciendo los demás”, le digo.

“Sí, vamos”, me dice.

“OK”, le contesto y sin decir nada regresamos con los demás.

Muy bien Mimi. Bueno, no. ¿Qué acaba de pasar? ¿La regué? Bueno, equis ahora veamos qué podemos hacer para volverlo a ver….

“Mimi”, me dice Marianita, “¿cómo te fue?”.

“¡Te la bañaste! Fuiste super obvia, qué oso”

“Sí, pero es que los dos me voltearon a ver justo cuando llegué ahí con ustedes, como que se vio raro entonces mejor me regresé”

“Pero, ¿no podías decir algo? Una razón o así, qué oso”

“Bueno, ya. A ver, ahora qué…”

“Mmm… Hay que ir a cenar o algo así, con él”, le digo.

“Ok, mmmm… ¿cómo le hacemos?”

Continuará

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