Hambre por mariposas. Parte 2

Hambre Por Mariposas. Parte 2.

Mi amiga –llamémosla… ¿Marianita? Sí, Marianita me gusta– me dijo de ir al main entrance, a un restaurante-bar-antro de esos que están de moda en Monterrey para que conociera a uno de sus amigos porque “es muy buen chavo y creo que se podrían gustar”.

Como buena mujer joven, regia, por fin ¡empleada!, sin planes para el sábado en la noche…Y bueno, soltera. Accedí.

Entonces me arreglé y bla bla bla… Pasé por Marianita a su casa y de ratito llegamos a la plaza que no conocíamos muy bien y después de perdernos en el estacionamiento –y por fin dar con el elevador– entramos al lugar de donde provenía el estruendo de la música hip-hop.

Entonces la noche comenzó:

PAUSA

Voy a ser muy honesta. Creo que ni siquiera le dije esto a Marianita, pero… En el momento en que llegamos, él fue lo primero que vi. En un lugar lleno de personas, sin saber en qué parte estaba del local que desconocía, sin saber cómo iba vestido o con quién… Él fue lo primero que vi….

Primera mala señal, Mimi. Primera mala, ¡pésima!, señal.

PLAY

Ok, el que llega saluda. Lo hago. Normal.

¿De mano o de beso?

Equis, que ranchera me voy a ver si lo saludo de mano, entremos en confianza.

Lo saludo de beso.

Nos sentamos en la mesa, él nos da una cerveza a cada una y todos al mismo tiempo damos un sorbo a nuestras botellas.

Cruzamos las miradas. Me volteo a otro lado nerviosa.

No te rías. Controla la risa nerviosa, controla la risa nerviosa. No te rías, Mimi. No te rías. Puedes sonreír, pero no te rías. Nadie dijo nada chistoso. Contrólate. Contrólate.

Me sonrío tímidamente.

Fuuuuck!

Marianita comienza la plática, claramente intentando sacar los puntos en común entre –nombrémoslo: Fulanito– y yo.

Hablan. Puedo ver que hablan, pero no escucho nada. Empiezo a entrar en pánico.

Sonríe, Mimi. Sonríe.

Lo hago no segura de sí me veo genuina o si parezco enferma mental, por aquello de las cosas forzadas.

“Bla bla bla”, dijo Fulanito.

¿Me dice a mí? ¿Me está viendo a mí? ¿Qué dijo? ¡No le voy a preguntar cual mujer sorda a sus 28 años!

Le contesta Marianita. Ok, hablan entre ellos. Me volteó a viborear el lugar en general.

Niños. Puros niños. Estoy rodeada de infantes en mini faldas y blusas que les aprietan los piquetes de mosquito y pubertos con camisas abiertas hasta el ombligo intentando enseñar, ¿qué? ¿El pecho lampiño? Este ya no es mi tipo de lugar.

Regreso a la plática:

“¡Mimi!”, me dice Marianita, “sácale plática”, OK, ya recordándolo bien, esto suena más a una orden.

Ella se va al baño. Nos quedamos Fulanito y yo “solos”, en un restaurante-bar-antro lleno de infantes que intentan bailar alguna canción de moda que no reconozco.

“Oye, y de dónde conoces a Marianita”, le pregunto.

“Nos conocimos en la carrera”, me dice, “¿y ustedes?”

Viene Marianita de regreso, Fulanito le da la espalda y no se da cuenta de que le hago una señal para que no se acerque. Ella va de nuevo al baño, creo.

“Ahh ok, nosotras nos conocimos en bla bla bla bla”, el cuento que ya muchos saben.

Nos quedamos bebiendo sin mucho que decir. Preparo mentalmente algunas preguntas más que podría hacerle, la ventaja del periodismo, supongo.

La música tiene un ritmo extraño, una mezcla rara de diferentes géneros, no sé bien como se baila esto, entonces me quedo parada y le doy un sorbo a la cerveza.

Llega Marianita. Dios la bendiga.

Él se va con ella, no sé qué le diga. Empiezan a bailar.

Ah, ahora sí se le ocurre poner una canción normal, ¿no? ¡DJ, menso!

Empiezo a platicar con –llamémoslo: Manganito–, amigo de Fulanito.

“¿Qué onda? ¿Tú también conoces a Marianita?”, le preguntó intentando iniciar una conversación.

“Sí,  coincidió en que teníamos muchas amistades en común, entonces todos nos hicimos amigos”, y empieza a contarme cómo fue que coincidieron en un evento y de ahí empezó la amistad.

Así comenzó a contarme de su familia, que se va a ir de viaje a no recuerdo dónde  por no sé cuánto tiempo y que él y Fulanito son amigos desde no sé cuándo.

¡Eso es todo compañero! Necesitaba que sacaras a Fulanito al tema, lo hiciste. Gracias.

“Ah, que padre”, le empiezo a decir.

Volteo a ver a Fulanito y Marianita, siguen bailando-platicando.

“Oye, ¿y este chavo y tú son muy amigos?”.

“Los mejores”.

¡Ja! Fuente de información confirmada y aprobada.

“¿Por qué? ¿Qué quieres saber?”, me dice con una sonrisa traviesa.

Dude! Eso no se pregunta, tu no más te sordeas de lo obvio de la situación, contestas TODAS mis preguntas HONESTAMENTE y SIN contarle a él y ya. ¿Qué no sabes cómo funcionan este tipo de situaciones en la mente de una mujer? ¡Dios!

Sonrío esperando que no se notara que estaba nerviosa.

“No, nada. Es nada más sacando plática”.

“Sí, ándale ‘sacando plática’, ahí viene”, me contesta con una sonrisa picarona.

Los siguientes minutos son así:

Fulanito me toma de la mano y empieza a bailar conmigo.

Sonrío. No segura si porque regresó conmigo o por la evidencia que dejé con su amigo.

Bailamos menos de 30 segundos. Se regresa con Marianita. Me acerco a platicar con Manganito.

Baila con ella y hablan. Ella se para en seco. Él regresa conmigo.

Bailamos otros 30 segundos –no estoy exagerando–, se va de nuevo con Marianita, baila con ella. Voy con Manganito. No termino de hacerle una pregunta cuando…

Regresa Fulanito conmigo, bailamos otros 30 segundos. Se detiene en seco. Va con Marianita.

OK, ¡para!

¿Qué está pasando? ¿A qué estamos jugando? ¿Speed date o qué?

Noto que Marianita y él hablan. Volteo a ver a Manganito que está en medio de una plática con una chava que no es parte del grupo. Obvio no me acerco y me quedo cerca de la mesa.

“Marianita”, le digo a mi amiga mientras se me acerca, “creo que a tu amigo no le caigo bien, creo que es como que, MUY caballeroso y nada más baila por compromiso, me siento incómoda… ¿nos vamos?”, le digo honestamente.

“Wey, es que él… O sea… Es raro, pero sí le caes bien, te lo juro”, me dice insistentemente.

“Pero es que, o sea, baila conmigo de que 30 segundos y luego se va, o sea…”.

“Es qué, va conmigo y me pregunta cosas, pero no, no te lo tomes personal, te lo juro que no es nada malo”.

“Es que, o sea…”, le empiezo a decir.

“Ahí viene”, me dico Marianita para que me calle y Fulanito no nos escuché  hablar…. Bueno, sobre él.

Fulanito me toma de nuevo de la mano y empezamos a bailar. Algo cambió, porque está muy como relajado, se me queda viendo y sonríe de la nada.

Tiene bonita sonrisa. Me gusta su sonrisa. Ok, baila, no te pongas nerviosa Mimi. No te rías como enferma mental, sonríe viéndolo a la cara, no tienes razón alguna para chivearte. No te chivees. No te chivees.

Él no hace otra cosa más que bailar padre, sonreír bonito y verme a los ojos.

Tiene bonita mirada. No pesada, dura y agresiva como la mía. Tiene mirada tierna.

No te chivees.  No te chivees.

Me muerdo el labio intentando detener mi impulso.

Bajo la mirada y me sonrío tontamente.

Fuuuuuck! ¿Por qué Mimi? ¿Por qué no eres una niña normal? ¿Por qué te chiveas de la nada?

“¿Qué fue?”, me pregunta con una sonrisa picarona.

“Nada”, le contesto todavía sonriendo estúpidamente.

“Oye, ¿y tienes novio?”

Sí, obviamente estoy enamorada de alguien, tengo una relación estable, por eso estoy bailando un sábado en la noche contigo toda chiveada.

“No, ¿tú?”

“No, tampoco tengo novio”, me contesta sonriendo. “No, no tengo novia”.

¡Yeeeeei!

“¿Pero tienes chavo? Tú estás saliendo con alguien…”, me pregunta insistentemente.

Sí, claramente tengo una larga lista de pretendientes con los que salgo y como soy una zorra empedernida, a pesar de mi éxito en el ligue le dije que sí a mi amiga cuando me dijo que quería que te conociera, porque digo, un chavo más en mi lista no está de más.

“No, con nadie”.

¿Y tú? No te voy a preguntar, tú me tienes que contestar. ¡Dime si sales con alguien!

¿Y tú? ¿Y tú? ¿Y tú? ¿Y tú? ¿Y tú?

Seguimos bailando, nadie dice nada. Solamente escuchamos la música y nos movemos al ritmo que nos marca.

Fuuuuuuuck! ¡Dime!

Algo pasa, Marianita se le acerca y se van a checar algo con el mesero. Manganito se me acerca.

“Ya se fue la chava con la que hablaba”, me empieza a contar.

“Ah, buuu… ¿Pero le pediste el cel o algo?”, le pregunto..

“Sí, a ver si el lunes le hablo, mañana no creo, andaré muy desvelado”, me contesta señalándome la cerveza.

“Sí, desvelado, aja”, le contesté burlonamente.

Se sonríe.

“¿Y qué onda? ¿Cómo van las cosas?”, me pregunta señalándome con la mirada a Fulanito.

“No pues, bien, es buena onda, me cae bien”, le contesto casual.

Más vale que le digas eso, sí es que le vas a decir algo, que de preferencia no. Pero si le dices algo, esto está bien: “Le caíste bien”, eso sí, pero no más eso. 

“¿Y qué onda? ¿Se vuelven a ver?”

“Pues sí, digo que le diga a Marianita de otros planes y así y pues podemos coincidir”.

“Aja, coincidir”, me dice.

Me caes bien. Neta que sí. Pero deja de ponerme en evidencia.

“Bueno, pues ojalá y sí, porque este vato… Ya es momento de que le baje”.

Mmmm… ¿será cierto o no más lo está intentando ayudar?

De repente se prenden las luces. El lugar está por cerrar, es hora de ir a casa.

Estamos con lo de la cuenta cuando Mariana se me acerca.

“Oye, que si queremos seguirle en otro lado”, me dice al oído.

Volteo a ver a Fulanito. Si quería. Un lugar más tranquilo en donde se pueda platicar mejor. Sí…

Pero vivo aún con mis padres.

“Ya sabes que no puedo, Mariana. Me tengo que regresar. Si quieres tú ve, pero neta que yo no puedo, era para que avisara con más tiempo, no de que ya a las 2 de la mañana”.

“Ok”.

Terminamos de pagar y nos despedimos. Nada de “pásame tu cel”, “¿tienes Facebook?”, etc.

Solamente puedo pensar en una cosa: #epicfail

En el camino, Marianita y yo como buenas mujeres empezamos a sobre analizar TODO: miradas, música, bailes, plática, lo que me dijo el amigo, lo que dijo él, lo que dije yo.

“¿Pero sí te gustó?”, me pregunta Marianita emocionada cuando llegamos a su casa.

“Pues, o sea, sí… Pero digo, apenas lo conocí hoy”.

Se queda pensando…

“Bueno, la cosa es, si le caí bien, pues si se puede: verlo otra vez, conocerlo mejor… Digo, a ver qué sucede”.

“Sí, nombre, es que es bien bueno y siento que ustedes harían bonita pareja. Siento que quedan”, me dice mientras agarra sus cosas para bajarse del auto.

“Sí bueno, primero, lo primero… No me pidió el cel, ni nada, entonces…”

“Tú no te preocupes por eso”, me dice ya despidiéndose, “me avisas cuando llegues a tu casa”.

“¡Sí! Y cualquier cosa…”.

“Te aviso”.

Al día siguiente en la tarde vi que tenía un whatsapp de Marianita:

Mimi, Mimita…
Me dice Fulanito que qué estamos haciendo,
que si queremos ir a cenar.

Sonreí.

2 thoughts on “Hambre por mariposas. Parte 2

  1. Pingback: El sapo que se creía príncipe. Final. | Elva N. González castillo

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