La maldición de las entrevistas

La Maldición de La Entrevista

Algo en lo que desempleados y trabajadores activos podemos coincidir es que en la búsqueda de empleo –ya sea para conseguir uno o cambiar el que se tiene– es necesario asistir a muchas entrevistas –a menos de que a la primera lo consigas, ¡maldito bitch suertudo del mal! – y prepararse para esas es inevitable.

Algunos podríamos considerarlo como la racha de una maldición. Vas a muchas, consigues nada.

Está es parte de la historia de  mi “maldición de las entrevistas” en la que, en mis nueve meses de desempleada, tuve que prepararme para muchas. Algunas fueron normales, otras un poco extrañas y hubo aquellas en las que –figurativamente– fui dando un salto de fe.

Ahora, me  he decidido a escribir sobre ciertas experiencias, ya que no me afectará el post pues claramente no obtuve ninguno de esos puestos.

Woops! Spoiler alert!

El Joker

Una mañana abrí mi correo electrónico y ahí estaba, nuevo, con letras en bold y marcado como importante “Re: Busco oportunidad laboral en Bla Bla Bla”.

Lo abrí esperanzada de que fuera una entrevista y no el típico discurso de:

Estimada Lic. Mimi Castillo:
Eres una mujer preparada, especializada, nos encantaría tenerte en el equipo,
eres JUSTO lo que estamos buscando… Desafortunadamente, no tenemos
vacantes bla bla bla bla bla bla…

¡Y sí! Cual mujer que se acaba de sacar la lotería me puse de pie emocionada al ver las palabras “me gustaría que vinieras a una entrevista”. Después de meses, !sí!, meses… Alguien, por fin, quería entrevistarme.

A pesar de que pregunté claramente cuál era el puesto, nunca se me dijo, en el momento no me importó, y se llegó el día, llegué 5 minutos más temprano porque “más vale prevenir que lamentar”…

Ok, fueron como 20 minutos antes, pero me dijeron que llegar con tanto tiempo de anticipación se veía mal, ¿por qué? No sé, pero bueno… Entonces me esperé en otro lugar.

Arreglada, sí, arreglada y entaconada tomé asiento, sonriente y segura de mí misma, estaba preparada para aniquilar cada pregunta:

  • Cuéntame de ti.
  • Por qué estudiar periodismo.
  • Fortalezas.
  • Áreas de oportunidad.
  • ¿Por qué quieres formar parte del equipo?
  • Y, ¿por qué te interesa el puesto?

Después de contestar estas preguntes –a excepción de la última–, y venderme lo mejor posible –sí, venderme: llévele, llévele, contráteme ahora, no pierda tiempo. Si me contrata en los próximos 10 minutos puedo comenzar a trabajar el lunes- me prepare para la explicación del puesto: Viendo el área en la que estaba, podía imaginarme las responsabilidades que tendría, me visualicé ya en ese escritorio que estaba solo, pero no necesariamente vació. Me imaginaba llegando con mi bambú, siendo este mi primer adorno en la oficina, contestando el teléfono y diciendo “Mimi Castillo”… Estaba metida en mi sueño diurno cuando de repente dijo:

“No puedo ofrecerte un puesto, nos interesas más para un trabajo freelancer. Pero tendrías que tener disponibilidad al horario que manejamos en la empresa”, me dijo el bitch del mal, con una sonrisa hipócrita.

‘Cuse Me?!?!?!?!

What?!?!?!?!

¿Estás bromeando?

Creo que se notó mi asombró porque me quedé callada por más tiempo del necesario con la sonrisa en mi cara congelada, como si me hubieran tomado una fotografía de la nariz para abajo, porque estoy segura de que lo único que hacía era parpadear.

Maldito bitch! Me haces venir a las 9:00am, luchar contra el tráfico, me haces preguntas y ni siquiera es para un puesto BIEN.

“Ahh ok… Bueno, la verdad es que estoy buscando algo más estable. Por eso busco oportunidades laborales en la empresa: para formar parte de un equipo, tener nómina, sueldo estable, etc.”, le dije lo más calmada posible.

“Sí, claro, pero pues un dinero extra no te viene nada mal”, me contestó con una risita tonta-forzada-nerviosa.

(Nótese mi coraje).

Ahora resulta Chistosito que necesito de tu trabajito… Permíteme reírme.

(Sí, de repente soy medio orgullosa, ¿y qué?)

Para no hacer el cuento más largo, le dije que gracias, que lo pensaría y –obvio– jamás volvimos a hablar. Trabajos freelancer ya tenía y no buscaba más. Así que ya no me importó.

El “Quisiera Ser Grande”

¿Se acuerdan de esa película en la que Tom Hanks es un niño que desea ser grande, se va a dormir y  despierta siendo un hombre adulto? Bueno, fui la víctima del suceso real de un niño que jugaba a ser adulto.

Algo que pasa mucho cuando vas creciendo –y aunque tengo 28 años y no soy la súper adulta, ya SOY una mujer adulta– es que te sorprende mucho lidiar con gente menor que uno y que estos tengan cierto poder de decisión sobre ti. Al menos a mí me pasa eso, nunca lo espero y cuando lo encuentro me sorprende.

(Supongo que eso de no esperarlo y que llega sí funciona en este tipo de situaciones, pero NO en mi vida amorosa… tendré que mandarle un memo al destino).

Es el mismo ejercicio, ya lo conocemos: Aplico a la vacante, me mandan correo diciéndome de una entrevista, confirmo, me arreglo, llego, bla bla bla.

Ya en la sala de espera mientras me preparaba mentalmente para las preguntas que suponía me harían durante la entrevista escucho “¿Mimi Castillo?” y lo vi:

Un niño –literal y figurativamente. Ok, no, exagero, pero sí parecía un chamaco de no más de 22 años– un joven un poco más alto que yo (cosita de nada), que pesaba como 30 kilos menos que yo, y de la que estaba segura, esa cara lisa como de bebé la consiguió naturalmente, sin necesidad de un rastrillo. Dudaba mucho que tuviera uno.

Lo saludé de mano con ganas de decirle “¿Cómo estás m’hijo?”, pero me abstuve. De seguro eso habría provocado que la entrevista terminara ahí, en ese preciso momento.

Pasamos a la sala para la entrevista y entonces él se puso a jugar:

“¿Cómo te llamas?”

Me acabas de decir: Mimi Castillo….

Mimi Castillo.

“Ahh ok…. Yyyyy”, empezó mientras leía mi currículum, “cuéntame de ti”.

“Tengo 28 años, soy regia, soy la menor de mi familia, estudié periodismo, trabajé en bla bla bla bla bla bla y bla bla bla bla y luego bla bla bla bla y bla bla”, le dije con una sonrisa y lo más optimista posible.

“Ok… entonces, ¿qué estudiaste?”

Dios. Santo. De mi vida. El niño sufre de déficit de atención.

“Estudié Periodismo en bla bla bla, me gradué en 2009… Titulada”, le dije señalando con la mirada mi currículum.

“Ok… bueno, nosotros somos una empresa de bla bla bla bla, nos dedicamos a bla bla bla, tenemos presencia en bla bla bla bla y bla bla bla. ¿Qué opinas de la empresa?“, me preguntó.

Le contesté. Lo mismo que contestaba en las demás entrevistas, honestamente… Solamente cambiaba el nombre, ¡ja!

“Ok… Bueno, creo que tengo todo lo que necesito, no sé si tengas alguna duda…”, me dijo mientras guardaba mi currículum en un legajo.

¿Ese legajo es de los buenos o malos?

“Mmmm…”

Pues… ¿De qué es la vacante? ¿Cuándo tendrían una respuesta? ¡La gente necesita saber eso, niño! Y principalmente: ¿Soy la primera entrevista que haces en TODA tu vida profesional? ¿La segunda? ¿La tercera? ¿Cuándo te graduaste? Y de hecho ¿ya te graduaste o eres un practicante?  

“Pues, la vacante sería para el área de comunicación supongo, pero ¿cuáles serían mis responsabilidades?”, pregunté casual y tranquilamente, como quien no notó la falta de información del chamaco.

“Ahh, ¡sí! Bueno, la vacante es para bla bla bla bla”…

Para no hacer el segundo cuento largo, no obtuve el puesto, ni siquiera pasé al segundo filtro. Pero  considerando la falta de preguntas sobre mí y la poca información que me dio la persona de RH, y considerando que el primer filtro fue un infante… No me sorprendió el resultado.

Fui a varias empresas, intentando sacudirme la maldición de las entrevistas. Algunas se veían más prometedoras otras eran un #epicfail (un fracaso épico), hasta que al fin logré conseguir esa entrevista: la que todos hemos tenido alguna vez donde haces click con la persona que está evaluando tu persona y tu experiencia, que te dice de un puesto que sí te llama la atención y que te ayuda a seguir en tu camino a conseguir tus metas, que te dice de ese puesto que, sin duda alguna, sabes que conseguirás.

Así fue como terminó mi racha de la maldición de las entrevistas y con ella mis nueve meses de desempleada.

Ahora soy-orgullosamente- Regia, soltera y empleada.

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