Hambre por mariposas

Hambre Por Mariposas

El vestido me quedaba apretado, podía sentir la forma en que se encajaba en mi abdomen y los muslos, y como los tirantes se marcaban en mis hombros.

Estaba sentada incómodamente en un sillón bajo, largo y de color blanco que absorbía y adoptaba los colores que iban cambiando al ritmo de la música: rojo, verde, azul, morado, amarillo y rojo de nuevo; así una y otra vez. El lugar estaba a reventar: La mayoría de las personas se encontraban de pie, platicando a pesar de que el estruendo de la música hacía imposible entender lo que los demás decían.

¿Me voy? ¿Me quedo? ¿Me voy? ¿Me quedo?, me preguntaba mientras veía la hora en mi reloj y siendo cada vez más consciente de la sensación de vació en mi estómago.

Un hombre se me acercó intentando platicar conmigo, pero al cabo de unos intentos en vano, me di por vencida y opté solamente por sonreírle. Los gestos era la única plática posible bajo el ritmo de la música.

 Tengo hambre, pensé al mismo tiempo en que ponía una mano sobre mi abdomen. Noté que… ¿cómo me dijo que se llamaba?… Se me quedaba viendo, probablemente espera una respuesta.

“¡Qué padre!”, le dije intentando parecer interesada, no muy segura si mi respuesta era coherente con el tema.

Él solamente sonrió. Mi respuesta no tenía nada que ver con lo que me platicaba.

Captando la indirecta, el hombre se alejó de mí mientras se despedía torpemente con la mano. No me importó.

Tal vez debería irme. Es tarde. Sí, debería irme. ¡Ah! Los Tacos El Güero o los Laredo, ahí puedo cenar, pensé mientras me abría paso por el lugar para ir al tocador, entonces lo vi. No pensaba que lo encontraría ahí. “Fulanito” se veía relajado y un poco distraído, sus ojos castaños iban de persona en persona sin realmente a detenerse a observarlas, con una mano sostenía una botella de cerveza y con la otra acarició su barba.

Al verme su gesto despreocupado cambio por una sonrisa y sin darme cuenta mi cara y silencio intercambiaron el disgusto del hambre por una risita nerviosa. Se me acercó y platicamos un buen rato. Así, las horas pasaban.

La noche nos invitaba a bailar y a beber, pero nosotros nos quedamos ahí, parados, platicando, olvidando la gente a nuestros alrededor. ¿Y yo? Yo intercambié la sensación de hambre por mariposas en el estómago.

Fin.

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