Historias del desempleo: La etapa de los rituales

La etapa de los rituales

Creo que en el desempleo uno pasa por varias etapas, casi todas son de estados de ánimo, pero yo a mis ocho meses de desempleada llegué al punto en que hice una que otra cosa que personajes de la televisión nacional –entiéndase Mizada Mohamed– aconsejan día con día a las 9:30 de la mañana para “lograr alcanzar tus metas”.

Primer intento: El listón de los milagros.

Después de que volteé al San Antonio amenazándolo con que se quedaría así hasta que me ayudará a conseguir trabajo debí dame cuenta de lo que me estaba sucediendo, pero no fue así y una mañana mientras me arreglaba escuché su voz:

“Para lograr y obtener todo lo que quieres hay que escribirlo todo, con mucha fe, en un listón rojo y atarlo en tu puerta. Esto lo tienes que hacer antes de medianoche y verás como todo lo que quieres y necesitas llega”.

Se me prendió el foco –o tal vez cedió ante la presión, no lo sé– e instantáneamente pensé “¿En dónde consigo un pedacito de listón rojo?”

Así, me di a la aventura de conseguir el famoso listón rojo y como a mi mamá se le ocurrió –sí, mi mamá es mi cómplice. Temo que ya le pasé mi nivel de desesperación– que fuera con la señora “de los regalos” (así le decimos), fui a probar suerte:

“Hola”, le dije mientras me acercaba al mostrador.

Y lo vi. Resplandeciente y rojo vibrante, primero en cámara lenta y luego rápido, como pasa en las películas: Un listón rojo.

(Pausa para un “ahhh” de asombro)

Pero me dio pena pedirlo tan “así”: tan segura de mí misma, como si tuviera un plan para ese pedacito de listón rojo. Quería despistarle tantito, entonces:

“¿Tiene listón rojo?”

Ella volteó hacia atrás, para donde estaban todos los listones. Los listones que yo tenía de frente, a mi nivel… Nada de subir o bajar tantito la mirada, no. No más de frente… Desde que entra uno al local se ven los listones.

“Sí…”, me dijo un poco extrañada, “tengo como este, ¿o de cuál necesitas?”

“Ese, ese está bien”, le contesté poniendo mis manos tímidamente sobre el mostrador.

“¿Cuánto necesitas?”, me dijo mientas agarraba el listón para empezar a medirlo.

Pues… Algo así como lo que está agarrando, pensé.

“Mmm… necesito nada más como un pedacito”.

“Pues, ¿cómo cuánto?, ¿qué vas a hacer?, ¿un moño?”.

No. Quiero hacer lo que Mizada me dijo que si hacia hoy por la posición de la luna en no sé qué planeta afectaba a no sé qué signo y por ende… A mí, Mimi Castillo, me ayuda a conseguir trabajo.

“Pues… Algo así, como ese pedacito”, le dije ya muy apenada.

Para no hacer el cuento largo: Ella me dio lo que necesitaba sin cobrármelo, porque la verdad ni a un cuarto de metro llegaba.

(Nota para mí misma: Tan pronto tenga trabajo conseguir un detalle para la señora de los regalos).

Y llegué a mi casa decidida y optimista.

  • Veladora prendida.   Check!
  • Listón rojo.                Check!

Entonces me puse a escribir “Trabajo bien remunerado, con prestaciones por encima de la ley. Ir a Noruega. Terminar una novela. Publicarla….”

Fuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuck!!!!!

La maldición de las personas zurdas se hizo presente y manche el listón, pues arrastré la tinta con mi mano haciendo que algunas palabras estuvieran ilegibles.

Empecé a remarcar ciertas letras para que se entendiera mejor…. #epicfail, no solucioné nada, solo lo hice peor.

Casi, casi igual como en mi vida amorosa.

¡Uh! ¡Mi vida amorosa! ¡Tengo que poner cosas de mi vida amorosa!

Necesitaba más listón para eso, pero bueno. Notando el desastre de listón que tenía en mis manos, me pregunté: ¿Quién va a leer esto?

Entonces pensé: El destino, el universo, un ángel, Buda, un poder supremo o como sea que lo conozcan. Yo lo conozco como Dios. Y Dios… Él conoce mis necesidades e intenciones, le entiende a mi letra.

Y lo colgué en mi puerta, para luego darme cuenta que Mizada no dio más instrucciones: ¿esa cosa se deja hasta que se cumplan?, ¿hasta mañana?, ¿hasta medianoche?

Y corrí a mi laptop para escribirle un tweet a Mizada  –sí, le escribí a Mizada–cCon la esperanza de que me dijera hasta cuándo dejar el listón.

(Hasta el momento no he tenido respuesta, pero quité el listón de mi puerta después de 24 horas #porsiacaso y #porsiestabanconelpendiente).

Segundo intento: Las velas comunicadoras.

Entonces empecé a sentir como un cambio de viento. Así como pasa en la rosa de Guadalupe, pero aquí no fue por una flor, no hubo una luz intensa ni chispitas saliendo de algún lugar ni una corriente de aire… No, solamente sentí que mi suerte empezó a cambiar. ¿Será por el listón? ¿O será porque me puse a aplicar vacantes a lo bestia?

Mmmm…

Otro día a las  9:30 am, ya sabía lo que estaba esperando. Prendí el televisor mientras terminaba de arreglarme. La sección de horóscopos comenzó y Mizada me saludó y comenzó a explicarme que como la luna y Saturno, Mercurio o algún otro planeta estaba en Géminis, Leo o algún otro signo; hoy, sí, hoy era un excelente día para decretar, pedir y concentrarse en lo que quería conseguir.

Entonces dijo: “Prende una veladora, cierra los ojos y con mucha fe, visualiza y cree que tienes todo lo que quieres conseguir y verás cómo las cosas suceden. Entonces para el trabajo una vela dorada o naranja; para el amor una roja o rosa…” y así nos explicó las velas para cada cosa.

“¡Mamiiiiiiiiiiiiiiiiii!, ¿dónde consigo velas de colores?”, grite tan pronto se acabó la sección de horóscopos.

Mis opciones: Soriana, H-E-B, Mercado de Abastos, ¿Farmacias Guadalajara? Mmm… Maybe.

Entonces salí a mi aventura del día: Conseguir velas de colores.

Farmacias de Guadalajara. Nada.

Soriana. Nada.

Mercado de Abastos. Flojera, calor, mejor no.

H-E-B. Éee-xito.

Con miedo a terminar con mi cuarto como una escena romántica de película americana, decidí regresar unas cuantas velas y solamente compré dos; después de todo “es calidad no cantidad” y “la intención es lo que cuenta”.

Entonces llegué a mi casa, me encerré en mi cuarto y prendí las velas aromatizadas –sí, las dos, de diferentes aromas, al mismo tiempo encendidas en mi cuarto–, las alejé de mí porque inclusive en el momento de encenderlas el olor fue bastante fuerte, me senté en la cama, respiré profundamente y cerré los ojos. Estaba lista para concentrarme y decretar:

Trabajo. Trabajo bien remunerado. Trabajo retador. Trabajo cerca de mi casa. Trabajo que me dé una buena calidad de vida.

Empecé a sentir la mezcla de aromas impregnarse en mi nariz. Sacudí la cabeza intentando no ponerle atención.

Terminar mi novela. Publicarla. Empezar una segunda novela.

Empecé a mover mi cabeza con los ojos cerrados, como si el movimiento evitara que los olores me alcanzaran. Respiré profundamente de nuevo.

Error.

La mezcla de olores era cada vez más intensa y con los ojos cerrados me hacía para atrás  –porque claramente así el olor no me podía alcanzar- hasta que topé con el respaldo de la cama.

Ok, concentración. Mimi, concéntrate.

Respiré profundo de nuevo. Error. ¿Por qué sigo haciendo eso?

Encontrar un trabajo en el que pueda mezclar mi crecimiento profesional: tener dinero, crear antigüedad, Afore, IMSS y todo eso, al mismo tiempo que uso, practico y perfecciono mi vocación.

Abrí mi ojo izquierdo, como no queriendo hacer trampa y vi las mechas de las velas, moviéndose intensamente por el abanico dándome cuenta que tal vez prenderlo fue un error.

Me levanté a apagarlo. Volví a sentarme en la cama, cerré los ojos y respiré profundo.

Escribir. Escribir mucho. Publicar. Entretener a la gente a través de la lectura.

Nop. Apagar el abanico fue un error. Ahora aparte de estar impregnada tengo calor.

¿Se impregnará mi pelo?, pensé mientras agarraba un mechón para olerlo. Nada. O no me puse suficiente shampoo o mi olfato ya no funcionaba de tanto aroma.

Abrí los ojos dándome por vencida y volví a encender el abanico. Me senté, cerré los ojos… Lo mismo de hace rato.

Ser autora. Publicar. Publicar novelas. Entretener a la gente a través de la lectura.

Y luego,  como si fuera auto sabotaje, empecé a sentir martillazos en mi cabeza. El olor era demasiado intenso, tanto que un comienzo de náuseas y mareos no se hicieron esperar.

Intenté concentrarme y decretar mientras apretaba con mi mano mi cabeza para detener los martillazos.

#epicfail , el olor y el dolor me impedían concentrarme.

Terminé por apagar las velas y corriendo para conseguir una pastilla para el dolor de cabeza. Abrí todas las ventanas y prendí todos –ok, son nada más dos– los abanicos de mi cuarto. Todo por querer disipar los olores.

Final activo.

Entonces reaccioné.

De repente, después de mi segundo intento extraño de hacerle caso a Mizada, me di cuenta que tanto ritual  –¿eso es lo que son?– me hacían solo perder tiempo, dinero y esfuerzo en desear y decretar algo que –sin necesidad de listones y velas– he venido decretando y deseando desde hace ocho meses.

Y lo peor, que si seguía así poco a poco perdería mi juicio y sentido común por creer que una vela encendida o un listón en la puerta me ayudarían a conseguir mis metas.

Entrando en pánico me visualicé –para que el sentimiento amarrara–, y me vi sentada en la cama, decretando cosas, pero a mis 40 años… Aún viviendo con el apoyo de mi papá.

¡NOOOO!

Si quiero conseguir algo, más que desearlo debo moverme para lograrlo. Entonces hice lo que una persona sensata haría durante el desempleo:

En mi motivación del momento compré libros y un corcho con el poco dinero que tenía –para quedarme en ceros– porque los libros me ayudarían a mejorar en mi vocación y el corcho por si necesito poner aquellos pendientes o la planeación de las cosas que quiero lograr.

Y después –ya al final, porque al parecer era el paso menos importante– Abrí las bolsas de trabajo en las que me encuentro activa y empecé a aplicar a más vacantes con la esperanza de así, sí conseguir trabajo.

Desde ese día, las velas son encendidas solo para fines aromatizantes y no para decretar o desear el éxito profesional.

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