Yo vs. La faja

 Yo vs. La Faja

¡Auch! ¡Auch!, pensé mientras intentaba mover mis brazos.
¡No veo! ¡No salgo!, gritaba en mi mente mientras intentaba sacar la cabeza por encima de la faja.
¡Estoy atorada!
Fuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuck!!!!
Ok… Ok, pensé intentando tranquilizarme, esto sale como entró.
Movía mis manos solamente para intentar lograr liberar mis brazos y poder… Salir.
“¡¡¡Maaaamiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!!!!!, grité dándome por vencida, “¡help!”
¿Cómo es que te metes en este tipo de situaciones? ¿Cómo Mimi Castillo?

Bueno, así es como:

Un día mi mamá llegó a la casa con la noticia de que fue a Liverpool y que mientras pasaba por los pasillos decidió ir a la sección de ropa interior para damas -ahí, en donde también tienen fajas de todo tipo, estilo y colores… Bueno, colores no, normalmente vienen en tres: negro, blanco y beige- y que había una faja nueva con una tela que “no se notaba”, que hace maravillas y no se siente…

“Va a haber un especial en unos días, quiero llevarte a verlas”, me dijo mi mamá muy entusiasmadamente.

“¡Ah! ¡Bueno!”, fue mi respuesta, muy entusiasmadamente.

Y llegó el día. Mi mamá y yo hicimos el plan de hacer pagos en Liverpool y aprovechar la vuelta para ir a ver las fajas: Un nuevo intento por controlar mis carnes.

Así, dimos directamente con aquellas prendas que le habían recomendado a mi mamá: de cuerpo completo y cinturillas, shorts, entre otros.

“Mira, son estas”, me dijo mi mamá, “¿qué talla crees que eres?”

¡Ja!, de nueva cuenta, me rehúso a publicar esa clase de información en Internet… Es privada.

Regresando al tema: Entonces escogí dos piezas del mismo estilo, pero de diferente color porque ¡duh! es necesario tener opciones.

OK, entonces ya en el probador fue cuando comenzó la aventura: Si una –o uno– se intenta probar una faja que es como una blusa de tirantes, te la pones como una blusa, ¿no?

*Esperando a que digan que sí*.

¡EXACTO! ¡Gracias! Yo pensé lo mismo, bueno… Estaba equivocada.

Me encontraba en el probador, sola, encerrada –obviamente, pones el pasador, no quieres que nadie (aunque sea otra mujer) te vea en ropa interior– entonces empecé a intentar ponerme la faja tal cual como una blusa, pero en el momento de hacerla bajar de mis brazos y cubrir mi torso:

No baja, pensé sintiendo el primer rastro de pánico, Ok… A ver…

Intentaba hacer que la faja bajara, primero con mis brazos cruzados –así como pasa cuando te pones una blusa– intenté maniobrar el pedazo de tela que podía tocar. Nada.

Ok, me dije de nuevo intentado mantenerme en calma.

Ahora trataba de –con todas mis fuerzas– hacer que la tela bajara a mi torso. Nada.

Y después no solo moviendo mis manos, sino también los brazos, lo más que podía. Nada.

Ok, ya en el segundo nivel de pánico.

Empecé a moverme más apresuradamente: mis manos, los brazos, los hombros.

¡Auch! ¡Auch! ¡Auch!, algo hice mal, y aunque logré mover parte de la faja, la tela terminó por enrollarse y ese rollo “maldito del mal” se estaba encajando en mis hombros.

¡Auch! ¡Auch! ¡Auch!, ahora no solamente movía mis brazos, sino también doblaba una y otra vez mis rodillas, porque –en mi lógica del momento– eso al parecer me iba a ayudar a zafarme.

Así lo intenté por unos segundos, sintiendo intensamente como la faja mal enrollada se encajaba en mis hombros.

Ok, para este punto parece un intento fallido de bailar el Harlem Shake. Bueno no, en mi lógica del momento como el doblar mis rodillas no funcionaba, tal vez hacer eso al mismo tiempo en que movía mi cadera… Sí, porque eso me iba a ayudar.

Entonces mientras parecía que bailaba esa que dice “pajaritos a volar, cuando acabas de nacer, tu colita has de mover”:

Éee-xito.

¡Veo! ¡Veo!, logré bajar un poco la faja y si estiraba el cuello podía ver parte de mi reflejo, ¡Sí! ¡Ya casi! ¡Ya casi!, pensé totalmente emocionada.

Así, parada de puntitas –porque al parecer eso me ayudaba a estirar más el cuello– vi mi reflejo y…

Santa. Madre. De Dios, ¿así andaba peinada por Liverpool? Necesito una liga, pensé mientras con mis manos atoradas intentaba controlar mis rizos. Lo cual es MUY peligroso cuando estás atorada, porque por alguna razón eso afecta en tu equilibrio.

Ok, primero, lo primero Mimi, y volví a ser consciente del dolor que me provocaba la faja –y del golpe que me di al chocar contra la pared por intentar peinarme– y de que no podía librarme de la faja. Al parecer la faja quería ser una sola conmigo. Así de fuerte estaba el asunto.

Ahora ya estaba más desesperada. Ver el éxito tan cerca y tan lejos suele provocarme eso, ya no pude más.

“¡¡¡Maaaamiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!!!!!, grité dándome por vencida, “¡help!”

Mi mamá entró al pequeño probador.

¿Cómo? ¡¿Estuvo sin seguro todo este tiempo?!

“¿Qué pasó?”, me preguntó mi mamá intentando no reírse.

“No puedo salir”, le dije con cara de perrito regañado. Sinceramente creo que contuve unas lagrimitas de desesperación.

Después de ayudarme a salir: “¿Necesitarás una talla más grande?”

*Pausa para momento dramático*

Excuse me?!?!?!?!?

WHAT?!?!?!?!

“¡NO!”, dije indignada, “es esta cosa horrible que no sirve, o sea, ¿cómo se pone uno eso? ¡No se puede!”

“M’hijita, ¿qué no se pone por abajo? Como si fuera un vestido…”, me dijo mi mamá mientras estiraba los tirantes, “mira, si estira”.

“Ah….”, le contesté intercalando mi mirada entre la faja y ella, “bueno, pero quédate aquí afuerita”, le dije claramente ya con miedo.

Para no hacer el post tan largo… Después de ponerme la faja y vestirme de nuevo me vi al espejo antes de que entrara mi mamá. Sí, casi no se sentía. Sí, casi no se notaba. Pero realmente no vi mucha diferencia… Más que en mis bubis, al parecer esa parte si la controlaba bien, y esa parte NO necesita tanto control…

Mi mamá me vio, ella sí notó diferencia y decidió comprarme la famosa faja en dos colores. Esperando a ser usadas diariamente por el resto de mis días para intentar –milagrosamente– mantener mis carnes en su lugar.

Actualmente las fajas pasan sus días tranquilamente en el cuarto cajón de mi clóset.

Fin.

2 thoughts on “Yo vs. La faja

  1. Pingback: El ritual de los chones rojos | Elva N. González castillo

  2. Pingback: El regreso de la faja | Leva Mimi

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